miércoles, 10 de diciembre de 2014

DESDE MI TORRE: GRACIAS, PETER


Estimado Peter Angelina: Me he enterado por los medios de comunicación que andabas por mi antiguo barrio trianero del Tardón vendiendo pañuelos de papel y haciendo mucho bien a los mayores que necesitaban de tu ayuda para subir los carritos de la compra a sus casas o ayudarles a cruzar esa esquina en la que tú te afincas: la calle Juan Díaz de Solís con la confluencia de Rubén Darío, un navegante y explorador junto a un poeta nicaragüense padre del modernismo. Y me he enterado de tu gesta: la de devolver un maletín con 3.000 euros y seis cheques por valor de 13.000 que su propietario había dejado por descuido en el techo de su coche. Te lo podías haber quedado, pero se nota que ni tú eres un ministro de España, ni alguien perteneciente al gobierno, ni banquero, ni concejal, ni alguien cercano a la realeza.

No es el primer caso de un inmigrante como tú que devuelve el dinero encontrado. Cito de memoria un caso muy parecido hace algunos años en la carretera de la Esclusa. Los vecinos a los que ves cada día te han tildado de tonto, ya que saben la falta que te hace a ti el dinero y con la facilidad que se lo llevan los gobernantes de nuestro país.

Lo que tú has hecho no es una hazaña, sino lo que todos deberíamos hacer. Tus claras palabras las han recogido los medios: "Me dicen que podía haber cogido el dinero y tirar el maletín a un contenedor, pero yo no soy así y, además, a Dios no le hubiese gustado. El dinero no era mío. Si yo tengo un céntimo, un dólar, es lo que tengo, pero robar...."

Has saltado a todas las páginas de los periódicos, a las ondas y a los programas de la tele por algo que debería ser normalísimo: devolver a la sociedad lo que no es de uno. Pero hoy en día, y tal como están las cosas, tu gesto es una heroicidad. Espero que Triana -y desde aquí envío mi mensaje a Ángel Vela y a la Comisión de la Velá del próximo año- te nombre como Hijo Adoptivo de este arrabal.

Si ese dinero lo trinca Montoro, Urdangarín -que a lo mejor no sabes quién es, su mujer, o los cientos de miles de trincadores que aparecen cada día en escena-, desaparece, por arte de magia, como los trucos del gran mago húngaro Houdini. Aquí, en este país en el que resides, terminando tus estudios de medicina y vendiendo pañuelos por mi entrañable Tardón, no son cuarenta, como los de Alí Babá, sino cuatrocientos mil los que se hacen sus leyes para dejarnos totalmente en pelotas.

Yo, a la vera del San Martín de Porres, negrito como tú, en el altar que tiene en la iglesia conventual de San Jacinto, te erigiría el mejor retablo de Juan Borrero, con adornos de plata de Armenta y con el pan de oro de Jiménez, en cuya cartela rece en grandes letras que eres santo, santo y santo, el único hombre que ha devuelto a su dueño el dinero que no le pertenece. ¿Tomará ejemplo Hacienda?

lunes, 8 de diciembre de 2014

¿POR QUÉ Y PARA QUÉ ESCRIBIR?


No, no he cerrado mi blog, y han sido más de cien páginas las que he borrado después de que en ellas estuvieran impresos mis sentimientos diarios. Pero, una vez terminada mi labor, me preguntaba que para qué, que a quiénes podían interesar si aquí, en nuestro país, el personal se mueve menos que el aire en la calima, que hay un silencio encanallado, que la juventud está más parada que un reloj de caramelo, que el total de la población tiene menos fuerza para chillar que las burbujas de la gaseosa "La Pitusa".

Me da pena esta generación en la que me muevo: la juventud porque va a su aire y gracias a los abuelos tienen lo suficiente para un cubata y unos cigarrillos; los abuelos porque tienen (tenemos) miedo a que desaparezcan las pobres pensiones; los matrimonios mal avenidos porque siguen viviendo y matándose juntos por no tener ni un duro para la separación posible; la sociedad, casi en su totalidad, porque tiene comida el coco de los ecos de una guerra civil en la que siempre ganan los dictadores. Y todos, absolutamente todos, porque vemos crecer y crecer la corrupción sin que nuestros dirigentes muevan el dedo meñique -ya no el índice- para pararla.

Mal está España cuando se parece a la de 1931. Mal se le está poniendo el ojo a la yegua cuando todos le temen a un partido que va tan "in crescendo", como una partitura de Mozart, y que ofrece en su nombre la posibilidad de "Podemos". Mal está cuando quiere salvar a una antigua infanta -yuyu judicial para imputarla- mientras las cárceles están llenas de pobres chavales que han caído en el menudeo de la droga. Mal, muy mal está este país cuando se pasa la mano sobre los grandes ladrones de guante blanco -y a todos los conocemos- que están en la calle y amenazando que si de un árbol se caen unas ramas chiquitas pueden caer otras más grandes. Mal cuando se atosiga, por parte de la Junta de Andalucía, a una jueza que está llevando a cabo una labor ejemplar que no quieren que se cierre con un balance negativo para el PSOE. Mal cuando tenemos en Andalucía a una auténtica analfabeta del Poder, pero más lista que el hambre. Mal cuando un Monago no sabe -después de seis veces queriendo explicar el tema- esos viajes para acariciar a una chavala que está del diez..., pero a cargo de los presupuestos del estado. Está mal España, muy mal, para entrar en la UCI, porque los ciudadanos ya no aguantan más. El hilo está tan tenso que puede romperse en cualquier momento. Lo peor es que cuando pase lo que va a pasar, lo que se presiente que va a pasar, los malos seremos todos los españoles que hemos querido una justicia social, y nos llamarán radicales, antisistemas, la resistencia, y todo aquello que se les ocurra a los aprendices de políticos y a los periodistas políticos del ABC y La Razón -sinrazón- ayudados por sus compañeros adláteres.

Nos están tomando el pelo. Todos. Se cachondean de nosotros, desde el PP, el PSOE, la nadadora IU, la trufa invisible de UPYD, y hasta los futuribles de PODEMOS -Dios nos coja confesados- que van a intentar llevarse lo poquito que queda en la Carrera de San Jerónimo y en el cercano Banco de España.

No sé para qué, por qué y para quiénes escribo. Pero me quedo a gusto. Al menos, me siento honrado, denunciando en un lenguaje coloquial la realidad de un país cuyos gobernantes nos están llevando a la ruina. Bueno, ya estamos en la ruina desde hace una década. ¡Lo malo es que nadie ha encendido la mecha de este polvorín!