jueves, 15 de noviembre de 2012

LA TRIANA DE ANTONIO BURGOS: ANTOÑITA COLOMÉ, UNA VENUS TRIANERA


ANTOÑITA COLOMÉ: UNA VENUS TRIANERA


Hay que desear a los buenos amigos: «A la hora de la muerte, Dios te libre de una noticia de agencia». A Antoñita Colomé la han presentado poco menos que como una Victoria Kent o una Margarita Nelken del cine. Por la noticia de agencia: «Fallece la estrella del cine de la República, Antoñita Colomé». Trianera, republicana y estrella... ¡Vamos, como el falso mito de La Valiente! No habrán sabido quién era esta estrella trianera de nuestro Hollywood quienes hayan leído el enunciado de esa caricatura tricolor republicana que le han puesto a la que no tuvo que ver más que con el arte, que ni fue republicana ni fue franquista. ¿Qué son ocho años de República en la vida de una artista que ha muerto a los 93?

Una guerra que no era la suya le cogió en 1936 en Barcelona, pero se fue a París, con Edgar Neville. Y hasta que los españoles dejaron de matarse, no volvió. No estaba ni con los rojos ni con los nacionales. Estaba con la vida. Y aquí el trianero viejo me corta, y me dice:

-Eso de la estrella del cine de la República está bien, pero no han rematado la frase: era la estrella del cine de la República...de Triana.

Triana es una patria, una religión, una ideología, y todas las profesaba Antoñita Colomé. Era una moderna de Triana. En la Triana del primer tercio del siglo XX todas las niñas querían ser artistas. Y muchas lo fueron. Los pianillos sonaban en calles de corrales, Fabié, Rodrigo de Triana, y de los patios salían las niñas bailando y cantando. Salía Paquita Rico, salía Gracia de Triana. Hasta las de Burguillos, como Marifé, acababan saliendo de Triana. Como todas las niñas de Triana que querían ser artistas, Antoñita se tuvo que ir lejos. Al ancho mundo de París, de Benito Perojo, de Edgar Neville, de los Madriles. Del pianillo al acordeón. De las sevillanas al charlestón. Una moderna que hablaba tres idiomas, que corrió el mundo del que alardeaba Imperio Argentina, pero de verdad. Demasiado moderna para quedarse en Triana. Son los milagros de los sombrereros sevillanos. De una sombrerería de Sevilla surgió la ganadería de Miura. De una sombrerería de la calle Pureza, la de Ricardo Colomé, surgió una estrella. En las sombrererías de Sevilla nacían los mitos de los toros y nacían estas Venus de bolsillo, pequeñitas, la modernidad subida en unos tacones, gastando los espejos de tanto pintarse, sin abandonar por ello un cierto feminismo militante, sufragista de las pantallas.

Antoñita Colomé, ciudadana del mundo, volvía a Triana en los rollos de sus películas. Volvía a la pantalla del Cine Rocío, del Alfarería. Con aquellas películas que los cines de verano ponían un año tras otro: «El crimen de Pepe Conde», «El negro que tenía el alma blanca». Los murguistas de Triana fueron a ver la película de Antoñita Colomé y del negro Marino Barreto, y Manolín y Escalera cantaron aquella Velá el equívoco de la duda de media Triana. Creían los murguistas que el alma del negro era el ya me entiendes, que lo tenía blanco. Y la copla terminaba con dos chicas saliendo del cine decepcionadas, diciendo: «Esta cinta es un camelo,/pero yo en mi duda insisto:/sí que la tendrá muy blanca,/pero yo no se la he visto». Triana pura para Alberto Insúa.

Murga aparte y almas de negros aparte, tanto éxito popular tuvo Antoñita Colomé que las sevillanas se arreglaban como ella. El tranvía de la Ronda iba lleno de sevillanas peinadas como Antoñita Colomé, pintadas como ella: las ondas, las sombras en los ojos, las depiladas cejas, la cinturita, los taconazos. Con Antoñita han muerto de nuevo todas aquellas trianeras modernas que soñaban amores imposibles en el tranvía. No tricolor. Con el sepia color de la nostalgia.

(Diario ABC de Sevilla. 2 de septiembre de 2005)



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