jueves, 12 de julio de 2012

LA XXVI DISTINCIÓN "COMPÁS DEL CANTE" PARA MANUEL FRANCO


Tras la reunión que celebramos ayer en la Fundación Cruzcampo para dilucidar el ganador de la presente edición de la Distinción "Compás del Cante", ha salido elegido por unanimidad el guitarrista y concertista sevillano Manuel Franco Barón, un extraordinario artista y una excelente persona, callada, sencilla y humilde, llena de bondad y cariño hacia los demás. El Jurado, que ha estado formado por el cantaor Antonio Fernández Díaz "Fosforito", al que se eligió como Presidente de la mesa, el periodista jerezano José Marín Carmona, el sacerdote y gran apasionado del Flamenco Emilio Calderón Álvarez, el musicólogo Casto Márquez Ronchel, el periodista y escritor Antonio Ortega Rubio, y un servidor, que actuó como Secretario del Jurado con voz y voto, tras una deliberación abierta y estimando que este año debería ser protagonista "El Toque", una vez barajados varios nombres, también en discusión abierta, se decidió por otorgárselo a Manolo Franco "por su creatividad y clasicismo en el toque flamenco en su doble faceta de solista y de acompañamiento al cante". También acordó conceder una Mención Especial al "Potaje Gitano de Utrera" "por su larga trayectoria y por mantener unas señas de identidad flamencas propias".

Manolo Franco, que nació en Sevilla en 1960 y se formó siendo un chaval junto a su tío Manolo Barón y Antonio Osuna, comenzó muy pronto a tocar para el baile, donde adquirió un dominio extraordinario del compás, por lo que muchos cantaores tan importantes como Antonio Mairena, Naranjito de Triana o Calixto Sánchez, aunque ha acompañado a la mayoría de los existentes. 

Recuerdo con emoción y orgullo de amigo la noche del 7 de Marzo de 2009 en la que, en el Teatro Coliseo de Palma del Río, la Peña Flamenca "La Soleá" le tributó un magno homenaje con motivo de la XXIX Semana Cultural a él dedicada, cuyo broche de honor a su persona, en una noche mágica, lo puso Miguel Poveda, y cuyo ofrecimiento del homenaje me correspondió a mí, que lo hice con estas sentidas palabras:


Si a los ofrecimientos de homenajes hubiese que ponerles títulos como a los libros, los artículos o las tesis doctorales, de seguro que hoy me resultaría casi imposible poder dar con el adecuado, porque todos los más elevados afanes: la amistad desde hace muchísimos años con el homenajeado, el seguimiento y la pasión con que he vivido y gozado su vida artística y hasta la cercanía y vivencia de su más íntimo y cercano dolor, la muerte de su hermano Guillermo –compañero de mi trabajo durante este último cuarto de siglo-, los he asumido tan intensamente que no me puedo sentir como un crítico ante su obra, ni un analista de su profunda trayectoria, ni siquiera como un propagador de sus más excelsas creaciones, que desembocaron en el mágico “Aljibe” del microsurco dejando para la historia de la guitarra flamenca los mejores veneros de virtuosismo, creatividad, armonía en la ejecución y máxima sensibilidad al tocar, como si agua llevaran los seis arroyos de las cuerdas que él hizo vibrar por los caudales profundos del diapasón.

Para sus manos, desde que era niño, había puesto Dios la guitarra en el vientre de la fecunda Andalucía: para que él la descubriera con la serenidad del músico que espera impaciente sus más hermosas vibraciones, con la intensidad de quien quiere enamorarla al primer golpe de falseta, con la hermosura de quien sabe que dentro de su bóveda de madera el gran Hacedor escondió el paraíso.

Parece que para él escribiese el gran poeta de Espartinas, José Luis Núñez, tan silenciosamente desaparecido en la plena juventud de treinta y siete años, el que es para mí su mejor soneto, incluido en su libro “Dormido Paraíso”, con el lacónico título de “Guitarra”:

Encantado matraz. Cuna ambulante
de los genios del Sur. Torre sin ley
de gravedad, rendida. Ojo de buey
sobre el mar telegráfico del cante.

Parto siamés. Caminos de bramante
por los que vaga, errático, Undivé y
sacrifican sus picos de carey
las palomas del tacto.

Sibilante,
descarnada pupila. Caja huera
donde el viento redondo se deslía
y ruge ante el serrallo, eunuco y vano,

al ver cómo da a luz la cuerda austera
y cómo se cristiana la armonía
en la concha andaluza de una mano.

¿Cuántas veces, queridos amigos, habrá visto nacer Manolo Franco en sus manos los rápidos y breves y fugaces colores de un  gigantesco arcoíris de mágica y enduendada creación dando vida y luz a primas y bordones antes silenciados? ¿Cuántas, en sus trémolos, no habrá sentido el viento desliándose entre sus dedos hábiles para convertirlo en impulsos de arte pleno? ¿Y cuántas y cuántas veces, en la profunda soledad que rodea al artista a la hora de un nuevo génesis, no habrá cristianizado la armonía, andaluzándola, convirtiéndola en espiral barrroco y sonorísimo de falsetas y arpegios, de sensaciones intensas y de acordes inolvidables para que todos nosotros nos sintamos bautismados con su toque?

Él, genio del Sur, puso sus manos, desde la niñez más próxima, para que la guitarra fuera cuna ambulante entre ellas, para que no fuera caja huera sino llena de ilusiones, para que no fuera tierra yerma y sí la más fértil de la campiña telúrica de  los sonidos.

Pero para poder contemplar alguna vez el parto de los latidos no hay más ley ni mejor devoción que la hermosísima humildad del aprendizaje, que él recibió a los doce años: primero, por la paciencia, solicitud y devoción del vecino y maestro Antonio de Osuna –que fue quién le inyectó el venenillo en la sangre-, y después, por las esporádicas apariciones extranjeras del hermano de su madre, su tío Manolo Barón, que le apuntaba cosillas y corregía con paciencia y maestría esos mínimos defectos a quien ya soñaba con ser algún día sumo sacerdote de la liturgia de la guitarra.

Y en ese duro bagaje de formación, no duda en querer aprender el compás, en doblegarse a él para después dominarlo y mudarlo a su antojo –como hizo Jesús con los vinos en las bodas de Caná-, dejando literalmente la piel de sus dedos corriendo por el diapasón y lascando uñas en el ancho pozo de la embocadura, acompañando al baile: una, dos, tres, cien bailaoras, en la academia de la gran maestra Matilde Coral…, para que sus manos no perdieran nervios, para que fueran como potrillos a los que se les da las primeras espuelas. Porque él sabía que sin el compás, sin la matemática puntual del compás, los poetas se quedaban sin versos, las orquestas desafinadas y tristes y sin ritmos las guitarras.


Nadie le ha regalado nada a nuestro homenajeado Manolo, que trazó su camino con una decidida vocación, con una fuerza interior frenética pero, lo que es aún más importante, con una bondad y humildad más que franciscana. Se hizo, poco a poco, en las largas lidias de los festivales y se fue haciendo voz entre los mejores y más grandes artistas cantaores que se disputaban su acompañamiento en las más exquisitas peñas y en los mejores teatros del mundo. Tocaba y tocaba y no paraba de tocar sin darse cuenta de su valía, hasta que un feliz día de 1984, en el Teatro “Lope de Vega” de Sevilla, sí que se dieron cuenta de tanto oro escondido los mejores concertistas flamencos de la tierra: Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Serranito, Juan Habichuela y Mario Escudero… que no dudaron en concederle, por unanimidad, el Primer Giraldillo del Toque en la noche más soñada de la Tercera Bienal.

Yo, que fui emocionado testigo junto al jurado, puedo dar fe de aquella noche grandiosa en la que, tras un prodigioso toque por “Colombianas”, el de Algeciras dijo también emocionado a su paisano: -¡Ojú, Manolo, este chaval nos retira a “tóos”!

Tenía veinticuatro años y tantas ilusiones a cuestas que, en 1986, desembocaron por fuerza en ese mágico  “Aljibe” que es, para los que nunca dejamos de escucharlo, su único disco, desgraciadamente su única obra en solitario…, pero aún tan fresca y viva como la soñó.

Pero a nuestro querido Manolo –que ya ganase en 1979 el Premio de Concierto de Radio Sevilla-, y que hoy podría ser uno de los palos del sota, caballo y rey de los mejores concertistas, le arrastraba más el acompañamiento, y la guitarra como medio de expresión didáctica, cuyos ejemplos encontramos en la magna obra que realizó junto a Manuel Salado; en el magisterio limpio, riguroso y curiosamente ancestral –que jamás se perderá en el tiempo ni en la memoria- de su guitarra como compañera del cante, premiado en dos ocasiones, 2002 y 2004, en la propia Bienal sevillana; en la formación constante en la Fundación Cristina Heeren o como profesor –volviendo a las azoteas de su infancia- en el Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco de Córdoba, ciudad donde nos encontramos de vez en cuando, con Paquito Serrano, David Pino o el Niño de Pura, haciendo una parada obligatoria en el fielato del Bar Correos para milagrearnos un poco con una cruzcampo bien fresquita.

Se hace camino al andar –dijo el gran Antonio-, y esa ha sido desde siempre la gran meta de Manuel: abrir caminos, trochas y dereceras, surcos y besanas desde la bocana en flor de la guitarra: en solitario, acompañando al cante o al baile, desvelando sus sonidos a los que empiezan…, pero siempre con un virtuosismo ejemplarizante que jamás ha roto la tradición sonora de los antiguos maestros, con recatado clasicismo y hermosas armonías, con pasión creativa perfecta sustentada por una técnica admirable que prologa con las más excelsas vibraciones para llevarnos, sin darnos casi cuenta, a las explosiones más intensas de sus prodigiosas falsetas.

Nuestro homenajeado Manolo, que en el año 2003 recibió el importantísimo Premio de la Cátedra de Flamencología de Jerez, que es insignia de oro de numerosas peñas y entidades flamencas, y que ya recibió el calor y el fervor de otras dos semanas culturales: la de Dos Hermanas y Paradas, aún siendo de los más granado de la guitarra de nuestro tiempo, es superado, sin duda alguna, por su bondad innata, por sus cualidades como persona –tan difícil en nuestros días- y por su serena y ejemplar humanidad, gozando de un soporte de amigos verdaderos allá por donde vaya.

Recuerdo cuando su padre, al que apodaban cariñosamente “El Tarugo” y que era más bético que la corona del escudo de las trece barras, venía a verme a Radio Popular y me decía: -¡Emilio, haber si le echa una manita al niño!, a lo que yo le contestaba con el gran respeto y amistad que le profesaba: -Pero hombre, si yo le echo una mano lo más seguro es que le estropee la guitarra, Manolito tiene unas manos que darán mucha gloria al Arte Flamenco.

Y así ha sido, Manolo. Y por eso hoy estamos todos aquí congregados, en el hermoso escenario del Coliseo de Palma: para darte las gracias por tu ejemplar trayectoria; para poner de manifiesto, una vez más, que la Peña Flamenca la Soleá es agradecida con los mejores artistas de la tierra; para que te enteres, con legítimo orgullo, de que eres un lujo tenerte a nuestro lado; para que compartas el sacrificio de tu vocación –hoy convertido en gozo- con tu mujer Mari Carmen y con tus hijos Manuel Antonio y Cristina, que tantas veces estuvieron huérfanos de tu presencia.

Por mor del señorío de “La Soleá”, y haciendo justicia a tu nombre, esta semana han dejado en tu honor lo mejor de sí mismos los compañeros de la crítica especializada, los compañeros del cante, el baile y la guitarra, horas intensas a las que va a poner el broche  un cantaor de tanta enjundia y sabiduría como Miguel Poveda.

Jamás Palma del Río y los hombres de su Peña se han sentido tan orgullosos de una semana tan claramente merecida.

            Jamás un amigo como yo se ha sentido tan legítimamente orgulloso de poner colofón a tan merecido homenaje.

            Gracias, hermano.
            Un fuerte abrazo, Manolo.
            ¡Va por Guille!


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