miércoles, 25 de julio de 2012

DESDE MI TORRE: ¡SE NOS FUE JOSÉ!


Tenía que haber sido alto y espigado, pero sus muchos años inclinado sobre la banquilla de su trabajo de orfebre, más de sesenta, le habían encorvado su espalda tal como si fuese Nuestro Padre Jesús Nazareno de la calle Castilla, "El Jorobaíto". Era cordobés y tenía una gracia singular por aquello de lo mucho que había vivido. Conocía Triana a la perfección y a todos sus orfebres, y a todas sus hermandades, porque había hecho para ellas innumerables trabajos con sus artísticos buriles. Vivía en un bloque frente al mío, en un pequeño apartamento, en régimen de alquiler, que compartía con su esposa, a la que nunca tuve el gusto de conocer, y por el que de vez en cuando pasaban sus hijos, la mayoría de las veces para sacarle algún dinero con el que seguir viviendo.

José tenía 76 años y aún se levantaba a las cuatro de la madrugada para estar en Lucena, a 80 kilómetros de la ciudad, a las 6, después de tener que andar en invierno y en verano más de un kilómetro hasta la estación de autobuses. Se le había quedado una birria de pensión, con la que no tenía ni para poder pagar el precio del alquiler, y por eso, día tras día, con frío, lluvia o calor, José salía de su casa cuando aún era noche cerrada para ganarse un dinero extra, un dinero "negro", con el que mantener sus necesidades y las muchas de su mujer, enferma, de sus hijos y de sus nietos. Todos, en el bar-restaurante que hay debajo de mi casa, sabíamos que se llamaba José, pero sólo eso, y por el trato, que era educado, cordial, atento, admirable conversador y un gran artista, cuyas obras vimos alguna vez cuando nos acercaba un álbum de fotografías que bajaba como un tesoro: coronas de vírgenes, potencias, cálices, respiraderos, cruces, incensarios... ¡José el artista! Todos lo queríamos y sentíamos un profundo respeto por él.

No le hacía ascos al tabaco, que fumaba alegremente y siempre ofrecía a todos, como en los viejos tiempos, y tampoco a su par de copas de un buen Montilla-Moriles, que, curiosamente, siempre tomaba a su temperatura natural, porque decía que si lo tomaba frío se mareaba. Hace unas dos semanas tuvo que ser ingresado por culpa de una neumonía veraniega, pero en contra de la opinión médica, una vez un poco restablecido, pero no del todo ni mucho menos, pidió el alta y volvió a su casa, y a sus madrugones para acudir a su trabajo, y a su tabaco rubio y a sus copas... Se ve que su mujer le tenía cortito el dinero últimamente para que no comprase una cajetilla ni pudiera animarse con una copa. Por eso, cuando yo bajaba, ya que conmigo tenía esa amistad natural de quien comprendía su mundo artístico, me estaba esperando y me decía: -Emilio, ¿me dejas 5 euros? ¿Cinco, José, para eso no abro la cartera...? Al día siguiente, puntualmente, me los devolvía, y a los dos días volvía a repetir la petición de ese crédito mínimo...

Siempre teníamos miedo cuando desde su bloque al bar tenía que atravesar seis carriles de alta circulación por no querer andar cuarenta metros más y tomar el semáforo. Se lo advertíamos y se echaba a reír... No lo ha matado un coche, ni el tabaco, ni sus copitas de buen vino. A mi amigo José, a nuestro buen amigo José, del que no sabemos sus apellidos ni más datos que los que he ofrecido, lo ha matado una vida injusta que lo ha hecho trabajar desde los 15 a los 76 años sin poder disfrutar de una jubilación digna como tienen los paisanos de la señora Merkel. A mi amigo José, tan gran artista y persona, no le ha cerrado los ojos esa afección pulmonar, sino la tristeza de ver que mindundis sin saber hacer la O con un canuto se hacen ricos desde la política, mientras que él no ha tenido en esta vida ni siquiera el dinero necesario para haberse comprado un pisito modesto.

Lo voy a recordar mucho, lo traigo a mi memoria a cada instante, lo echo de menos cuando ya no está en la barra tomándose su "medio" ni fumando su pitillo en la puerta del bar, ni contándome con qué pieza de orfebrería estaba liado, ni esperando mi presencia, en estos meses últimos, para pedirme, casi con vergüenza, cinco euritos para sus pequeños vicios.

¡Que Dios te tenga en su gloria, amigo José!

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