miércoles, 16 de mayo de 2012

MIS MEMORIAS DEL FLAMENCO (6)


Decía ayer que a raíz de que se le entregó la Distinción "Compás del Cante" a Pilar López, surgió entre nosotros una entrañable, profunda y sincera amistad. Al día siguiente de que se le entregara la Distinción, apareció por mi casa de la calle Alfarería su sempiterno secretario, que parecía hijo de Alfonso XIII -yo creo que lo era- y que aparece en esta fotografía tras nosotros. Yo estaba acostado, y Loli se llevó un susto de muerte al ver a aquel hombre que se parecía como dos gotas de agua al abuelo de don Juan Carlos y que en nombre de doña PIlar traía dos regalos. Cuando me levanté y Lola me contó lo pasado, le dije que era su secretario particular, una excelente persona, sacada  de otro siglo, que era quien organizaba todo el gran archivo de la bailaora y de su hermana Encarnación "La Argentinita". El regalo era un echarpe precioso para Loli y una bufanda de firma para mí, con una postal agradeciéndonos que tanto mi mujer como yo hubiésemos compartido la noche anterior con ella. ¡Cosas de doña Pilar!

Ya lo escribí en otra ocasión, hará dos años, en las páginas de este blog. Pilar era una gran señora en toda la extensión de la palabra: sencilla, a pesar de tanta grandeza en ella contenida, cortés, simpática a rabiar, con una inteligencia y cultura fuera de lo común y una memoria envidiable. Aunque vasca de nacimiento, parecía una andaluza más. ¡Qué le gustaba nuestra tierra, nuestras costumbres y nuestro humor espontáneo! Me lo dijo una vez en uno de los tarjetones que me enviaba en la mucha y habitual correspondencia que mantuvimos: -¡Qué pueblo maravilloso y qué maravillosos sevillanos!


Al año siguiente de la entrega de su Distinción,tuve la suerte de que aceptara ser miembro del Jurado durante seis años consecutivos, desde 1989 a 1994. Ella se lo pasaba en grande los dos o tres días que permanecía en nuestra ciudad. El día de su llegada, siempre almorzábamos con Enrique Osborne y con los miembros del Jurado que iban llegando de uno y otro sitio en el transcurso de la mañana. Se reía, como una niña, con las ocurrencias, con los chistes y con el revival de las muchas anécdotas que siempre se han dado en el mundo del flamenco de todos los tiempos. Ya por la noche, cuando votábamos durante la cena, siempre celebrada en el restaurante "La Albahaca" de la Plaza de Santa Cruz, y compartíamos un rato con los medios de comunicación, me decía: -Emilio, ¿dónde nos va a llevar usted? Pilar, a la que nosotros nombrábamos siempre como doña Pilar, hablaba a todo el mundo de usted, incluyendo a los artistas de sus compañías y como solía también hacer Pepe Marchena, y por más que me empeñaba en que me hablase de tú, como buena vasca era terca y siempre ponía el usted por delante, que jamás significaba distanciamiento. Acompañados por algunos miembros del Jurado, unas veces aterrizábamos en el tablao del trianero Curro Vélez, allá por El Arenal; otras en "Los Gallos", pared con pared del restaurante, donde todos los artistas la agasajaban y le dedicaban sus actuaciones. Le encantaba ir al "Polinesio Bai-Bai" que tenía "Garbancito" en la avenida Blas Infante, porque allí se reía mucho tanto con el ambiente, siempre grato, como con las más raras y diversas actuaciones que se ofrecían en el local. También pasaba un rato genial en "Portada de Feria", en la calle Castilla de Triana, un lugar exquisito y muy bien decorado al lado justo de mi casa, propiedad de mi amigo Reyes, tristemente desaparecido muy joven. Le encantaba que yo le contase chistes verdes, y cuantos más verdes mejor, y se reía a mandíbula batiente pidiéndome otro y otro. No se cansaba.



Don Enrique Osborne y yo teníamos que estar atentos porque ella siempre se empeñaba a pagar el hotel. No había forma de convencerle de que eso no podía ser, que la organización de Cruzcampo lo pagaba y, además, muy a gusto. Y lo peor para mí era cuando se negaba a coger el dinero que se le daba a todos los miembros del Jurado por los gastos de viajes, etc. ¡Era una batalla perdida en la que ella siempre jugaba a ganar! Como en la cena siempre se nos daba un regalo por parte de la entidad organizadora: una estatuilla, una reproducción de algún elemento representativo de la ciudad, una jarra cervecera de colección o cualquier otra cosa de valor, urdimos el plan de decirle que nosotros le enviaríamos el regalo a su casa de Madrid, en la calle General Arrando, 40, del barrio de Salamanca. Dentro de la caja de regalo es donde metíamos un sobre con el dinero de los gastos. A los pocos días, siempre me llamaba Enrique Osborne lo que yo ya me imaginaba: que doña Pilar había devuelto el dinero con una simpatiquísima tarjeta en tinta verde. También recibía yo una, con su letra peculiarísima, dándome las gracias por las atenciones y por lo bien que se lo había pasado. ¡Qué gran señora doña Pilar!


Muchas veces, cuando yo me acercaba al Alfonso XIII -que era donde la hospedaba la Cruzcampo, aunque con la imposible aventura de pagar-, nos sentábamos ella y yo solos en sus amplias galerías de cara al patio central para tomar un café o un aperitivo. No era la hora de los chistes verdes, sino la de la profundidad. Se interesaba por todo lo mío, pero era yo quien me interesaba muy profundamente, como a ella le gustaba, de las cosas de su amplia vida de emociones, de la alegría de haber compartido tiempos de su vida con Lorca y Alberti, con Ignacio Sánchez Mejías, con Luis Rosales, qué sentía al ser hermana de "La Argentinita", sus mejores recuerdos, sus mayores desgracias... Doña Pilar no tenía secretos para mí, ni pelos en la lengua, ni se cortaba por algunas cosas incómodas que pudiera preguntarle. Las revivía con pasión, moviendo sus manos como si estuviera bailando en "Las calles de Cádiz" junto a su hermana...

Por hoy, creo que está bien. Mañana seguiremos, si Dios quiere.

TOCADA CON CHAPELA BAILANDO CON "FARRUCO"


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