EL MONTACARGAS
La conocí en un montacargas, era
rubia como la miel y de achinados
ojos que me miraban encantados
cual si naciese en flor la Primavera.
Sus pezones lucían en la higuera
de una blusa plena en tornasolados,
y en tonos blancos y aterciopelados
una falda cubría su trinchera.
Jugamos a mirar, cogió mi mano,
la rozó por sus pechos bien erguidos,
y se la llevó abajo, hacia la manta
de endrinas ramas cuajadas de rocío.
Me dio un beso y me dijo en desafío:
-¡Lástima que me quede en esta planta!
Emilio Jiménez Díaz
"Pecados veniales. Coñografías"
1999

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