EL GLOBERO
Contra viento y marea, a pesar de las diversas crisis, y en todos los países, se ha mantenido puntualmente el gremio callejero de los globeros, esos hombres y mujeres que acuden con su gran fardo a las grandes celebraciones de fiestas, cabalgatas, ferias y celebraciones patronales, y los fines de semana, aunque en menor cantidad, a los parques que se extienden por las grandes ciudades. Pocas cosas hacen más ilusión a los pequeños que el mantener un globo en sus manos y, si es de gas, mejor que mejor. Lo malo es cuando el globo estalla, o se escapa, al compás de sus juegos, y la llantina se hace irremediable. O los padres le compran uno nuevo, o hay llanto para rato.
Los globeros no se pierden por Navidad buscar el mejor sitio en las puertas de los grandes almacenes, paso obligado de la grey infantil acompañando a sus progenitores. Se les ve -no pueden fallar- por las cabalgatas de Reyes. Piñas y piñas inmensas de variopintos colores se elevan por el paisaje de una muchedumbre que espera con ilusión las carrozas. No fallan en ninguna feria o romería, y algo de beneficio tiene que dar el negocio cuando vuelven año tras año a sus sitios comunes. Los globos, que tan de moda se han puesto ahora en los cumpleaños de los peques, y cuya presencia tanto decora, son un auténtico estorbo cuando los lleva un niño en la mano entre tanta algarabía. Milagro es, a veces, que un globo pueda durar más de diez minutos sin estallar o escaparse, o ser incendiado, sin querer, por algún fumador incansable.
En mis años de niño no existían esos globos con formas de peces, pájaros o escudos de equipos de fútbol, ni siquiera los atractivos de gas. El globo, más grande o pequeño, según el dinero que tuviese el padre en la cartera, era liso y normal, atado a la punta de un junco curtido, pero eso nos hacía felices, aunque la felicidad durase el tiempo que su efímera vida.
Dentro de poco, una vez pasado el Carnaval, los globeros volverán a ocupar las calles y plazas en el mismo momento que llegue el Domingo de Ramos, y las pupilas se nos iluminarán viendo esos fardos volar sobre el caserío, quizás recordando aquellos tiempos idos del "trapero" que nos regalaba un globo a cambio de las prendas viejas de la casa o las botellas inservibles. ¡Ojalá que nunca falten niños prestos a llevar un globo en la mano, señal de que algunas señas de identidad de la infancia no han desaparecido!
Muchas gracias por la aclaración de ayer sobre la soleá.
ResponderEliminarComo hoy habla del globero como anécdota añado está noticia del 2008. Cuando era pequeña y veía a estos hombres con tantos globos no entendía como no salían volando.
Un sacerdote de Brasil con sus globos.
http://internacional.elpais.com/internacional/2008/04/22/actualidad/1208815212_850215.html
Saludos,
Ia
¡Qué barbaridad la de este cura! Desconocía totalmente esa terrible anécdota. ¡Mira que querer subir al cielo de esa forma...!
ResponderEliminarGracias.
Bueno, en realidad sabía dos historias sobre globos: Una desastrosa y la otra muy bonita pero esta última no la encontré. A ver si otro día encuentro cosas más bonitas y no tan horrorosas. Lo siento, intentaré aportar algo más bonito la próxima vez.
ResponderEliminarPero esta historia del cura es genial, totalmente surrealista. Da para escribir un cuento sobre ella. A mí me ha llamado mucho la atención.
ResponderEliminarEl primer globero parece sacado de una calle de Nueva Delhi.
ResponderEliminarEsto de los globos es un arma de doble filo; mi nietecillo desde que le explotó uno a un palmo de su nariz sólo le gusta verlo de lejos. Y no sé por qué, Emilio, a mi siempre me han dado lástima los globeros... hasta los que se ponen por delante cuando estás viendo -o intentando ver- la entrada o salida de una cofradía.
(Vamos a ver la desventura de ese cura...).
A mí, como a Ramoncito, siempre me han dado miedo los globos desde que me explotó el primero. Se ve que es una cuestión generacional. También a mí me dan cierta pena los globeros: ¿Dónde guardan la mercancía sobrante? ¿Cuánto sacan de beneficios después de ir cargados con esa mole, aunque no pese, que no lo sé? ¿Dónde y cómo viven?
ResponderEliminarOtro gremio que me ha dado siempre un tanto de lástima es el de los "turroneros" de ferias. No veo a nadie comprando. ¿Merece la pena? Cuando vuelven una y otra vez, pude parecer que sí.
Lo del cura que nos ha enviado Ia, es genial. Al cielo, evidentemente, sí es verdad que subió.
Quide decir "puede parecer que sí". Final del penúltimo párrafo.
ResponderEliminar