domingo, 19 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (38)


LAS TELEFONISTAS

Si hay un mundo que ha avanzado de una forma especial e imposible de imaginar hace algunos años cercanos, ha sido el de las telecomunicaciones. Casi de pronto, sin darnos cuenta, hemos pasado de aquel teléfono negro de baquelita de los años sesenta, colgado en el pasillo o en el salón de la estancia de la casa familiar, o en el despacho paterno, a las cabinas familiares de monedas que poblaban nuestras calles, y de éstas a los pesados móviles de mediados de los noventa y -¡milagro, milagro!- a un teléfono desde el que te puedes conectar a internet, a las redes sociales, saber del tiempo, leer la prensa, intercambiar fotografías y miles de cosas más que -inútil de mí para estos temas- no sé aprovechar como al contrario les pasa a mis hijos y a todos los de su generación.

Estaba yo interno en el seminario de Pilas cuando mis padres pusieron su primer teléfono: era el 331582, no se me olvidará mientras viva. Ya, al menos, podía comunicarme con ellos y ellos conmigo. Pero no era tan fácil. Para hacer una llamada, o recibirla, había que pasar por centralita: -¡Oiga, señorita, es usted tan amable de ponerme con este número de...! Y allá que clavijas que entran y clavijas que salen, con una habilidad suprema, al cabo de media hora, o una hora, y a veces más, podías conectarte por "conferencia" desde Pilas a Sevilla, equidistantes ambas unos 30 kilómetros.

Recuerdo que en el año 1974 fui a veranear a Constantina, el pueblo natal de mi madre, alquilando la casa en la que ella misma nació, casa que había pertenecido, hermosa y gigantesca, a mis abuelos Pepe y Teresa. Tenía yo por aquel entonces sólo dos niños: mi Myriam y mi Pablo, y normalmente llamaba a mi suegra para decirle que estábamos todos bien. La central telefónica estaba situada en la principal calle de Mesones, donde mi bisabuelo, don Pedro, había tenido su botica. Para que me pasaran al número de mi suegra -336219- había que esperar una eternidad. Tan era así que en muchas ocasiones le decía a la gentil operadora: -Robledito -en Constantina todas se llaman Robledo, como la Patrona-, me siento en el bar de al lado y cuando la tengas, avísame. Puede que cayesen dos o tres cervezas tomadas con lentitud. Eso fue casi anteayer, ayer mismo...

Cuando me destinaron a Córdoba, a finales del año 1995, empezaron en España a surgir los teléfonos móviles, pero aquel aparato era el equivalente a seis barras de turrón una tras otra. Pesaba un quintal y había que cargarlo cada pocos minutos. Me acuerdo de mi director por aquel entonces, el zamorano Antonio Villamor Sogo, con ese ladrillo en la mano y, además, loco de contento porque al menos se podía comunicar con los maestros de obras, peritos, decoradores, dirección de la empresa, etc. Como digo, fue ayer mismo, casi hace un rato, cuando, de pronto, la pandemia de los móviles se extiende y no hay ser humano en todo el mundo que no lo tenga, y que, por esta causa, tenga también al mundo a su alcance.

Poco a poco, y gracias a la tecnología, hay cacharros de estos que hasta te dan miedo de cómo pueden actuar en la mente del género humano. Todo el mundo parece que se ha evadido de su problemas gracias al móvil. Todo el mundo está enganchado a estos artilugios desde los que se envían correos, se reciben al instante, te alertan de cualquier noticia, juegas con ellos, puedes apostar a la lotería, echarte un ligue, ves todo tipo de páginas que corren por la red...

Súbete al AVE y verás que no existe el paisaje que cantaba Machado al paso del tren. Nadie mira ya a su paso si es primavera o invierno, si está en el páramo o en una campiña fértil, si está llegando a Madrid o a Barcelona. ¿Había vida antes del móvil? Al parecer, no. Todos los psicólogos tratan el mundo de la droga y las diversas adicciones, pero pocos estudios he leído sobre la drogodependencia de la comunicación. Salvando la parte positiva -que la tiene-, como en caso de accidente en un coche, el aviso de una avería en carretera, o la comunicación rápida, y a veces necesaria, de una llamada urgente, creo que los móviles de nuestra generación -y eso que estamos en el principio de su desarrollo- ha creado, y va haciéndolo diariamente, una sociedad triste que se ampara en un aparato comercial; una sociedad huidiza de problemas exteriores que no quiere ser molestada en absoluto. El móvil es su Dios.

Nuestro común amigo, José Manuel Holgado Brenes, que ha ejercido como abogado de Telefónica durante muchas décadas, y que ha escrito el reciente libro "Aquí Sevilla... Oiga Fregenal" (Albores de la telefonía en Sevilla), podría contarnos muchas historias interesantes del desarrollo del mundo de la telecomunicación, ese que hoy nos tiene asfixiados con la oferta de unos "enanos de plástico y chips" con los que se puede vivir mejor, es decir, sin los que no se puede vivir.


2 comentarios:

  1. Sin embargo, amigo Emilio, en otras cosas parece que el tiempo se hay detenido. Por ejemplo, no conocemos ni una mínima biografía de muchos de nuestros flamencos, incluso relativamente recientes. Te nombro algunos: Antonio El Escobero, La Perla de Triana, Antonio Villanueva (o Niño de Villanueva). Si supieras algo de ellos te agradecería que me lo comunicaras. Un abrazo

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  2. Querido Andrés: De los tres sé un poquito, de unos más que otros. Antonio "El Escobero" era de la Macarena. Su hijo y yo fuimos compañeros de empresa y me regaló algún disco de su padre. "La Perla de Triana" está bien biografía por su hijo Eugenio Carrasco "El Perlo", a cuya madre dedicó varios poemas. A Antonio Villanueva tuve el placer de conocerlo personalmente y hacerme algunas fotografías con él en las Bodegas Góngora de Villanueva del Ariscal. En el momento que tenga un poco de tiempo, te amplío datos y te aporto lo que me encuentre en los ficheros.

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