sábado, 18 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (37)


EL CHURRERO

Esta fotografía que me envía José Manuel Holgado de su colección, está realizada en 1932 y nos muestra a un churrero ambulante rodeado por varias jovencitas que están comprando el rico producto. Yo en Sevilla no he alcanzado a ver esta imagen del churrero callejero, pero sí he conocido los afamados kioscos que se situaban en algunos puntos de la ciudad, de los cuales algunos todavía se mantienen en pie. Dos eran los puestos que más tengo grabados en la memoria: el célebre de la Macarena, y el que estaba -no sé si continua- junto al Puente de Triana en orilla sevillana. Después, por algunos barrios, había muchas accesorias que se dedicaban a este negocio y que tenían su habitual clientela.

Según los sitios, esta masa de harina, agua, azúcar, sal y levadura, se denomina de diferente manera: tejeringo -por la forma de jeringa de la churrera-, jeringo, churro, calentito -de rueda o de patata- y porra, una variante más gruesa del churro tardicional, siendo menos habitual llamarlos "masa frita".

Pocos productos como el churro han supervivido a lo largo de los años, siendo aún muy preciado en toda España y en los países iberoamericanos. El churro y el chocolate forman la unión perfecta, y así podemos verlo en los bares -que suelen también fabricarlos, aunque sin tanto arte como en los puestos callejeros- y muy especialmente en las madrugadas frías de ferias y verbenas populares, donde camiones preparados para tal fin son un auténtico negocio en estas jornadas.

Qué habilidad tenían aquellos artesanos antiguos con su inmensa churrera al hombro echando la masa sobre el aceite hirviendo y dominando el palo para separar los surcos. Una vez conseguida la fritura perfecta, con los dos palos tomaban la "rueda" con una destreza de malabarista y la depositaban sobre el mostrador, donde en un santiamén -sin que se les quemasen los dedos- iban cortando con unas gruesas tijeras las tiras y liando en el clásico papel de estraza. ¡Menos mal que la modernidad ha sido incapaz de aniquilar estos puestos en los que podemos probar una buena dosis de sencilla felicidad!


2 comentarios:

  1. Y en Triana, querido Emilio, en la calle Leiria, está mi amigo Velarde, que sigue el método tradicional y, además, por la tarde, sigue con las pavias de bacalao, que, mejorando las de Enrique, son un manjar que cada vez con menos frecuencia se pueden encontrar hoy día. Gracias, como siempre, por estas entradas, y espero que tu ánimo se esté recuperando. Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Lo del ánimo va de mal en peor, pero es imposible dar vueltas atrás.

    Hace mucho tiempo que no como unas buenas pavías de bacalao. Me acuerdo mucho de las de Enrique, a quien habrá que hacerle un homenaje en estas páginas. Cuando voy a Triana, las que tomo son las de Casa Diego, en Alfarería, pero son de pescadas y no están en su punto. ¡Gloria a las pavías de bacalao del gran Enrique, salvando a tu amigo Velarde! Un día me pasaré por allí.

    ResponderEliminar