miércoles, 11 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (11)


EL LABRADOR

En comparación con los tiempos de la invención del arado -dicen que en Mesopotamia allá por el 3500 a.C. este arado que vemos tirado por mulas puede considerarse relativamente moderno, ya que de seguro todos lo hemos conocido y visto por nuestras tierras, aunque desde hace bastante, con la llegada de los modernos tractores, la imagen está casi obsoleta y sólo podremos encontrarla en algunos minifundios de Galicia, Andalucía y Extremadura. Lo malo de este instrumento era cuando había que arar a mano, tirado por personas y no por animales, costumbre que empezó a utilizarse en Roma, que era la gran avanzada de aquellos años. De todas formas, y aunque la cosa mejoró con el acoplo de las mulas para tirar de aparejo tan pesado: la esteva y la reja, siempre ha sido un oficio difícil, mal pagado e insalubre.

Hoy, con los tractores, que ya llevan aire acondicionado, radio, y hasta GPS para que los surcos salgan perfectos, el trabajo, aunque aburrido, es menos agotador, pudiéndose hacer con ellos trabajos que antes costaban mucho trabajo montar en el arado tradicional, como las herramientas de cultivo, las vertederas, las cuchillas para labores superficiales, la volteadora o la fresadora, artilugios que en nuestros días se incorporan al tractor en sólo unos minutos. Antes de los mulos se acostumbraban a utilizar también bueyes, aunque por aquello de que eran muy lentos eran menos preciados que los equinos.

Hay verdaderas antologías sobre los trabajos del campo, muy especialmente de Julio Caro Baroja. La verdad es que estos hombres eran una especie de héroes anónimos y los únicos que trabajaban de sol a sol, desde el alba al ocaso. Han existido, incluso, cancioneros específicos, sobre las diversas labores y trabajos que ellos desarrollaban. En tierras de León, por ejemplo, se solía cantar esta copilla:

Levantaos, gañanes,
para la arada;
ya se posa en los campos
la luz del alba.

Al paso de los bueyes
van los gañanes;
van cantando y arando
los surcos grandes.

Difícil, muy difícil y sufrida la profesión del campo, y más en lo antiguo, que ya hoy es otra cosa: el arado, la siembra, la escarda, las rogativas de por medio, la siega, la trilla, el volteo, el acarreo... En mi familia tuve a mi tío José, que murió a los 95 años, y que era el que se ocupaba de una pequeña finca familiar en Constantina. No podría sumar las horas diarias que ese tío mío le echaba al campo, y con qué cariño. Sin duda fue él quien me enseñaba -como a un niño se enseña el alfabeto- las partes del arado: Clavijero, timón, vilorta, cama, mancera, esteva, pescuño, orejera, garganta, telera, dental y reja. Pero por muchos nombres que hayan tenido las piezas del arado, el principal ha sido el sudor, el sudor sobre ellos de estos gañanes que se tragaban a sorbos todo el sol del día a cambio, muchas veces, de un cacho de pan y de un trozo de tocino rancio. Los versos de Miguel Hernández y de Gabriel y Galán quisieron redimir una parte de este sufrimiento callado, pero jamás pudieron aplacar las necesidades de estos explotados por esos terratenientes que, de siempre, han tenido más dinero que vergüenza.

Estos eran los mandamientos del labrador:

El primero.- Buenos novillos y mal aradero.
Segundo.- Tengo el amo más malo del mundo.
Tercero.- Pocas migas en el caldero.
Cuarto.- Nunca me jarto.
Quinto.- Poca merienda sin mataquinto.
Sexto.- Mucho trabajo hasta el exceso,
Siete.- Cuernos grandes y sin aceites.

Estos mandamientos se cierran en dos:

En cogiendo la manta,
quede usté con Dios.

El agricultor, el arador, el aperador, hombres de ayer, de hoy y de siempre que son los pocos que conocen la belleza de cada amanecida, el violeta del Poniente, y las mayores penalidades.


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