viernes, 9 de diciembre de 2011

DESDE MI TORRE: ¡VIVA EUROPA!


La triste y repetida imagen con la que abro, aunque retocada con las herramientas que hoy día nos ofrece el célebre "Photoshop", bien pudiera haberla hecho en cualquier calle de Sevilla nuestro genial colaborador, José Manuel Holgado Brenes. Pero no es de su autoría. La he cazado, al azar, dentro de las páginas que navegan por internet ofreciéndonos la otra cara del mundo llamado "civilizado", el mundo que nada en la miseria y que ni siquiera espera ya, no la limosna de los políticos, sino, desgraciadamente, la mirada de Dios: ese último clavo al que suele agarrarse, para su supervivencia, el género humano.

Que no me cuenten cuentos ni en la prensa, ni en la televisión, ni en las ondas radiofónicas. Ya hace tiempo lo decía el zamorano León Felipe. Por favor, que no me cuenten historias para dormir, que son ya muchos los años que tengo y no es justo haber nacido en la más triste de las miserias para volver a ella al cabo de la vida. Todos mis amigos pueden decir que he sido un hombre muy alegre. No podía haber pena a mi alrededor y no quería que nadie la tuviese y, si se asomaba, siempre la combatía con las armas posibles: una anécdota, una ocurrencia, un chiste, un abrazo o una lágrima fervorosa de alegría. Hoy, sin embargo, estoy triste. Me lo notan mis hijos, mis familiares y los pocos que me conocen. Triste de aguantar tantas mentiras, tantas dictaduras encubiertas, de encontrarme que hay más pobres que cuando mi corral de nacencia estaba lleno de ratas y los vecinos se apoyaban para poner un perol común. Triste de ver la pasividad del pueblo, ese pueblo que llena los estadios de fútbol pero que no se rebela ante el robo diario al que está siendo sometido por decreto de los poderosos. Triste por una juventud valiosísima en paro, que se divide entre los que aguantan y los que cogen los extraños senderos de la droga para llegar a ninguna parte. Triste porque, en la representación del circo que tenemos que cumplir, sólo nos ha tocado el papel de obligados payasos. Triste porque con nadie puedes hablar. ..

Esa tristeza tan profunda que hoy tengo por diversos motivos, y que tanto quiero disfrazar cuando hay personas que creo lo están pasando peor que yo, me hacen recordar los versos del poeta mexicano del XIX, Juan de Dios Peza, cuando decía:

¡Cuántos hay que cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida
sin encontrar para su mal remedio!

Las emisoras lanzan sus consignadas llamaradas; los periódicos nos abren sus portadas con lo que el poder del dinero -que son sus dueños editorialistas- nos quieren comunicar; las televisiones hacen lo propio. Los hombres y mujeres y los niños de Europa, llenos de harapos, de mugre y piojos, vuelven a las puertas de los templos, de los grandes almacenes, de las estaciones de trenes y autobuses, a las calles céntricas, a los semáforos de la diáspora... Se mueren, literalmente, de hambre, mientras que los ricos cambian de yates, de villas fastuosas y de queridas despampanantes; mientras la Iglesia les da la espalda; mientras los poderes fácticos sólo cumplen con su deber dejándose ver en las fiestas; mientras los políticos quieren seguir gobernándonos,  tras haber demostrado una y mil veces su ineficacia...

¿Este era el eje de la globalización? Ha subido en estos años de crisis, hasta a un 60%, el dinero de los potentados. ¡Viva Europa! El llamado "Tratado de Roma" de 1957, inicio de esta barbarie económica, sólo terminó beneficiando a los de siempre. Si en la época feudal, y de los reyes que dictaban tratados de amistad, las tierras se repartieron entre sus favoritos, creando esos latifundios que aún pueden verse por Andalucía, Extremadura y Castilla, miren qué ha ido ocurriendo con los de Bruselas, Groenlandia, Maastricht, Amsterdam, Niza, Lisboa..., o los de los distintas adhesiones.

Hitler, con sus bombas y ejércitos, dejó a Europa como un páramo. Y menos mal que perdió aquella guerra inolvidable para todo el mundo. Su casi paisana Merkel, el ínclito Sarkozy, sus directores de bancos, sus asesores, y cuatro locos más, van a dejarnos en un desierto mayor que el de Sahara: sin comida, sin agua y, sin ni siquiera, un oasis que pueda cubrir nuestros sueños. ¿Por qué no dicen con claridad todo lo que quieren decir? Me explico: ¿Por qué no nos comunican los medios que los ricos quieren que trabajemos 12 horas con salarios tercermundistas? 

Hace unos días me contaron un chiste tétrico. Un hijo llama por teléfono a su madre y le dice: -Mamá, he tenido mucha suerte, he llegado a España y ya he encontrado trabajo. Lo malo es que sólo me han ofrecido media jornada, de ocho de la mañana a ocho de la noche. ¿Nos reímos o nos embargamos de tristeza?

El carnaval del mundo engaña tanto
que las vidas son breves mascaradas,
aquí aprendimos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.

Hoy me río, me río de esta gente, mientras profundamente lloro porque no podemos hacer nada contra ellos, sólo quejarnos. No tenemos sus guardaespaldas, ni sus medios para poder cambiar algo, ni el poder que los legitima para acobardarnos y robarnos a cara descubierta. ¡Y eso es lo que me da pena, mucha pena ajena y propia, aparte del silencio de la gente!


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