domingo, 4 de diciembre de 2011

DESDE MI TORRE: LA NOSTÁLGICA PREPARACIÓN DE LA NAVIDAD


Normalmente suelo estrenar la decoración navideña de mi casa el día de la Inmaculada, que es día grande en muchos pueblos andaluces, que es cuando se prueba el primer mosto por las cercanías del Aljarafe, y que es cuando las ciudades ya tienen encendidas su alumbrado, un poco más cortito este año por aquello de la crisis. Es una paliza, pero muy gustosa, sacar de los altillos los belenes, las bolas, las cintas, los paños aterciopelados y toda la parafernalia que se emplea en estos días para darnos a nosotros mismos un poco de vidilla.

Este año he adelantado la cita puntual, en contra de mis propias normas, porque recibo visita mañana y quería que la casa estuviese ya un poco adornada, preparadas las bandejas de nueces, bombones y turrones y precavido el congelador. No todos los años tengo el mismo ánimo para volver a desembalar el antiguo San José, La Virgen y el Niño. Como, además, pongo dos belenes: uno hermosísimo de Ortiga (1940) en la entrada y otro al fondo del distribuidor, tengo dos sanjosés, dos vírgenes, dos mulas y dos bueyes y, por supuesto, dos niñosjesús, ah, y el doble de trabajo. Esta vez, lutos familiares me han hecho más penosa la labor del desembalaje, con la que tanto gozo siempre. Y es que me he acordado de los que este año ya no están conmigo compartiendo las mismas alegrías y las mismas cosas que marcan estas fechas singulares. Me acuerdo de amigos desaparecidos, de gentes a las que quería, y sigo queriendo mucho, con las que ya no puedo hablar y, muy principalmente, de mi sobrino Francisco Javier, que el pasado octubre terminó su carrera vital a la edad de 17 años. Y pienso y no paro de pensar en el martirio navideño de esos padres, mis cuñados, en estas navidades. Ayer era el santo de los dos, y no quise llamarlo, no pude llamarlo. ¿De qué y para que lo iba a felicitar? ¿Para recordarle el nombre de su hijo? ¿Para llorar juntos una ausencia que no podemos cambiar...?

Hoy, cuando me disponía a colocar a mis figuras, sentí un no sé qué especial... Son fiestas de uniones familiares, de tener la felicidad suprema de ver cómo va creciendo la familia entre nueras -¡qué mal nombre le pusieron a esta familia de segundas!-, yernos -que tampoco es sujeto sublime, y eso que va sin adjetivación-, e hijos, padres -ya pocos-, nietos y sobrinos...

Cuando ayer noche salí de mi estudio, tan desordenado como ordenado a mi gusto, me encontré con ese San José gigante y con esa Virgen María que, una vez más, abrazaba de nuevo a su Niño. Cuando me dirigí a coger una cerveza del frigorífico, de nuevo me los encontré repetidos en distintas iconografías. Cuando intento buscar en esa representación anual a mis amigos de siempre, me encuentro con que falta alguno, con que alguien se ha ido a comprar tabaco y se me ha despistado, que faltan en ese mueble de mis recuerdos muchos detalles imborrables de mi vida.

Cuando pienso en sus ausencias, en vez de tomarme una Cruzcampo, y contraviniendo mis normas, me tomo una copa del recién comprado aguardiente, alzo la copa por ellos, y aunque sé que me sienta francamente mal, le digo al Destino: ¡Va por vosotros, y que sea lo que Dios quiera!

Algún día, que tarde mucho, algunos amigos se tomarán ese aguardiente recordándome.


2 comentarios:

  1. Las Pascuas han de notarse siempre en nuestros hogares porque nunca fuimos tan felices de chico como en esos días. Mitad por agradecimiento, mitad para que nuestros hijos y nietos continúen disfrutando de la tradición, merece la pena tu trabajera y que yo haya plantado la botella de aguardiente de Carmona en el trono de mi casa. Todo el mundo está con nosotros en Navidad; hasta vienen -nunca fallan- los niños que fuimos.

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  2. La verdad es que son unas fiestas preciosas, a la par que muy tristes si tiramos la vista atrás.

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