domingo, 18 de diciembre de 2011

DESDE MI TORRE: EL DÍA DE LA ESPERANZA


Hoy es el día de la Virgen de la Esperanza. Si he traído a portada a la de mi barrio de Triana es porque la sangre arrabalera tira, pero lo mismo hubiese dado que la de la Macarena hubiese ocupado su lugar, o la de la Trinidad, o cualquiera de cuantas así se denominan, con el favor de sus pueblos, por todas las geografías. Es decir, no soy defensor ni devoto de la iconografía, y sí del nombre hermosímo que tienen, y lo que significan. ¡Gloria, pues, a esa advocación, porque, al fin y al cabo, la Virgen es la misma en todas sus adjetivationes, aunque, en esta ocasión que nos ocupa el día, Ella es María, Madre y Esperanza nuestra! 

En estos tiempos tan difíciles, que algunos de los hombres avariciosos del mundo han propiciado, que al menos jamás nos falte la esperanza, sustentada, evidentemente, en la fe, y de cuyas virtudes no puede quedar exenta la caridad, pero la de verdad: no esa falsa que quieren demostrar los poderosos con nosotros. La de los fogones y el compartimiento de males; la de cuidar a nuestros mayores antes de meterlos en la cárcel de una residencia; la de dar algo a los que nada tienen, no de lo que nos sobra, que es bien poco, sino de lo que verdaderamente necesitamos y debemos compartir... Esa es la que hay que escribir en mayúsculas.

Quiero esperanza para este mundo oscuro. Quiero un verde sobre el negro luto. Quiero una sonrisa sobre tantas muecas de tristezas. Quiero la mano tendida de tantos cuantos se dicen cristianos y no se estiran más que la manga. Quiero que las hermandades -tan fácticas en Andalucía- dejen ya de poner varales nuevos y bordados y floreros de plata delante de María. Ante Ella, y con una caridad anónima y sin alharacas, deben hacer que su dinero llegue hecho pan a las muchas mesas que lo necesitan.

A la esperanza, a mis Esperanzas sevillanas, deposito mi oración, con el deseo de que los hombres la tengan en esta cotidianedad de una sociedad sumida en su propio yo.


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