lunes, 21 de noviembre de 2011

PÁRESE, POR FAVOR, A PENSAR (50)


Todas las desgracias suelen superarse en la vida, según dicen, a excepción de la muerte de un hijo. Lo supe desde hace mucho tiempo, en la Primavera de 1955, cundo mis padres no supieron sobreponerse a la pérdida de una hija; lo he sabido en en las carnes de algunos amigos; y lo he sentido, como un puñal, cuando el pasado octubre mi sobrino Javi, con sólo 17 años de edad, nos dejaba con su muerte descolocados a todos. No he visto más dolor y angustia e impotencia en mi vida que los que la muerte puso en los ojos de sus padres, dolor que se desparramaba, como un torrente, por todos los que tuvimos la gran suerte de amarlo y disfrutarlo. No escribí sobre él ni una sola línea en mi blog. No podía, sencillamente.

Hoy, cuando la imagen tétrica de Holgado me golpea de frente con la muerte de esa niña, rodeada de flores de plástico en dos horteras ramos, en un bajo húmedo de cualquier calle del cementerio de San Fernando, vuelvo a pensar en lo terrible de la muerte en edades tempranas. Para el género humano, que siempre ha ansiado la eternidad, cualquier muerte es tempranera, aunque goce uno de 96 años de vida y experiencia. Pero, terrible si ésta ocurre en edad infantil; desgarradora si es en la juventud cuando se produce.

Se observa que esta niña era amante del cuento que a todos nos contaron, y con el que nos durmieron muchas veces,  de "Blancanieves y los  7 enanitos", y se ve, en el recuerdo que quisieron dejarle sus padres, que la niña Remedios jamás quería estar sin sus personajes, pensando, sin haberlo conocido, en un castillo muy parecido al de la ciudad alemana de Lorh. Quisieron sus progenitores dejarle al pie de la tumba a sus más estimado amigos: Doc, Tontín, Dormilón, Gruñón, Estornudo, Feliz y Tímido, para que siempre se creyese protegida...

No me va a suceder, porque quiero que me incineren y lancen lo que de mí quede a orillas de la zapata de la calle Betís -allí el último suspiro, donde la primera nana-, pero si pudiera pedir mi altar, como el que estos padres desconsolados han puesto ante su hija perdida para siempre, me gustaría que sobre un Puente de Triana, en plata, colocasen una efigie de Curro Romero, un escudo del Betis, y las fotografías de Tomás Pavón y Antonio Machado. Ni yo con esto, ni esta niña con sus enanitos, vamos a volver. Pero, ¿y si de verdad existiese la resurrección?

7 comentarios:

  1. No concibo la muerte de un niño; me hace dudar de tantas cosas...
    Conociendo la sensibilidad de José Manuel Holgado, le costaría hacer esta foto.

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  2. Yo la sentí tan de cerca con lo de mi hermana que aún no me he repuesto de aquello, y muchas veces viene a mi mente. Vi a mis padres desalmados años y años, sin casi poder remontar sus vidas.
    Creo que sí, que a José Manuel le habrá costado un sacrificio terrible hacer esta fotografía.

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  3. José Manuel Holgado Brenes22 de noviembre de 2011, 0:38

    Queridos míos, os recuerdo aquella frase que decía que mientras más grande es el ataúd, más grande es la pena, o lo que lo mismo que se sufre más cuando los hijos son mayores. Yo también -¿quien no?- he tenido una triste experiencia, el hermano de la que hoy es mi esposa, murió con 24 baños de una enfermedad que hoy se cura, nefritis crónica. Éramos novios aún, pero fue terrible porque era un ser excepcional y lo supimos a su muerte; prioste de Montesión, no os podéis imaginar la cantidad de obras de caridad que venía realizando a su costa, no con fondos de la hermandad en la que él con otras personas fundó la Bolsa de Caridad. Sus padres se volvieron locos, el padre se trastornó y su madre le guardó luto toda su vida; se iba al cementerio antes que abriera y se quedaba allí hasta que la echaban materialmente, sentada el día entero en su tumba y "hablando con él". Y muchas, muchas cosas más, ¡cuánto lo lloramos! Fue en 1964.
    Y sí que es verdad, que me dolió bastante realizar esta foto, considerad que tengo siete nietos entre 19 y 2 años.

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  4. José Manuel Holgado Brenes22 de noviembre de 2011, 0:57

    Continúo mi mensaje, ya que he advertido un error que habréis detectado, quise decir "años" y no "baños", pero el Señor me conduce para no dejarme un aspecto que se me escapaba de vuestros comentarios.
    Ese muchacho, mi cuñado, Manolito para todo el mundo aunque tuviera 24 años, nos dió muchísimas razones para creer en la resurrección, incluso cuando estaba muriendo, desangrándose vivo por la naríz, nos animaba a los que le rodeábamos con sus palabras y sus oraciones a su Señor en el Huerto, donde Él sudó sangre, y a su Rosarito, su Virgen del Rosario, con el mismo nombre que su madre. Con veneración guardamos un pañuelo manchado por él.
    Perdonadme tanto detalle y no dudéis jamás de la redención y de la vida en el Paraiso, porque Él nos perdonará a todos y allí nos reuniremos con los que tanto quisímos.

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  5. ... pero, José Manuel, los niños son ángeles y los necesitamos cerca parea seguir creyendo en lo Supremo; tan dulces tan inocentes, tan indefensos. Tampoco soporto -como todo el mundo, claro- que se les haga daño, y no es de ahora que soy abuelo; con los niños me pasa igual que con los ancianos. En la simetría de la vida se vuelve a ser ángeles, inocentes e indefensos, aunque con un puntito de amargura por todo lo perdido, que no es poco.

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  6. ¡Pobre muchacho!También nos llegan santos con urgencia de regreso. Es difícil imaginar la pena de los padres. Y qué lástima de la nenita de Ramón Jiménez Tenor, hombre tan lleno de sensibilidad...
    En fin...

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  7. La muerte de un hijo jamás la superan los padres.

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