jueves, 3 de noviembre de 2011

DESDE MI TORRE: MI VOTO PARA EL 20-N


En el paseo que doy diariamente con mi mujer por los parques y avenidas de nuestro barrio, siempre a la hora del Ángelus -¿Esa hora qué es lo qué es?, diría cualquier estudiante del instituto cercano-, vamos observando tristemente los carteles que afloran desde hace varios años, como los níscalos de otoño, con llamativas letras, en color fluorescente, de "se vende", "se alquila" o "se traspasa" en muchísimos de los escaparates que hasta aproximadamente esas fechas eran comercios cercanos y familiares con una espléndida atención de trato humano. No hablamos de los pisos, cuyas fachadas van pareciéndose, cada vez más, a los atiborrados mupis publicitarios que invaden la ciudad.

Pero hoy, en ese paseo cotidiano, y en el tiempo que marca desde la pasada semana a la presente, esos reclamos anteriores han añadido a su oferta la lágrima añadida del por qué. Y hemos podido entristecernos con los que rezan: "Se vende o alquila por quiebra", "se cierra por crisis"..., y cuando hemos mirado para nuestros adentros los rostros de esas personas que ya eran cercanas por el roce, hemos pensado, un tanto egoístamente, si algún día esta tragedia no tocará también a nuestros pequeños ahorros y a nuestro más inmediato futuro. Y, casi a la par, los nos hemos dicho: ¡Qué pena!

Ahora, los que nos han llevado a esta bancarrota, siguen insistiendo en que les entreguemos nuestros votos para que ellos puedan seguir viviendo en plan de rey con las prebendas del Poder. No han puesto remedio antes, cuando veían, digo que como nosotros, que las persianas de los establecimientos se echaban para siempre, que muchos trabajadores pasaban a engrosar las colas del paro, que muchas familias se iban a la ruina tras años y años de trabajo conjunto... No nos decían nada, ni hacían nada, ni movían un dedo para remediarlo, cuando esos carteles de agonía se multiplicaban, cuando las huelgas reclamaban el principal derecho de la Constitución, cuando sabían que miles y miles de familias se quedaban en la más absoluta de las miserias. Y tienen el descaro, todavía, de decirnos que van a salvar al país, como si fueran el Dios que resucitó a Lázaro.

Que se lo curren, que se lo trabajen, que rueguen, que nos pidan de rodillas y con lágrimas en los ojos que arrojemos en la urna el voto con sus nombres. Yo, como soy más duro que el Alcoyano en cuanto a materia social y de justicia se refiere, seguiré metiendo mi voto en blanco para intentar que valga en disminuir el número de congresistas, para acabar con un Senado inexistente en la práctica y, cuando lleguen las elecciones andaluzas, para que desaparezcan todas las autonomías habidas y por haber, y aún más la "nuestra", en la que se han hecho millonarios nuestros representantes y sus adláteres, y pobres, pobres de solemnidad, todos los honrados trabajadores andaluces.

Me pueden decir bobo, utópico y hasta loco, pero jamás me podrán llamar tonto, ni negarme que soy un hombre cargado de honestidad y sinceridad conmigo mismo.

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