martes, 1 de noviembre de 2011

DESDE MI TORRE: DÍA PARA LA NOSTALGIA Y LA MEMORIA


Siempre nos han querido hacer sentir que este Día de los Difuntos es uno de esos que hay que teñir de morado en el almanaque de la vida. Son muchos seres queridos los que ya no están físicamente con nosotros, compartiendo nuestras tristezas, alegrías y esperanzas, arropándonos en la vejez cercana y compartiendo las mismas cosas que nos unieron hasta que Dios quiso arrancarlos de nuestro lado. Son muchas las orfandades, lágrimas y lutos, pero siempre nos queda la alegría de haber compartido con ellos parte de nuestra fugaz historia, la de habernos sentido amados y reconfortados por ellos, las de haber vividos juntos momentos tan inolvidables como irrepetibles.

Desde que apenas tenía uso de razón sentí la muerte de una hermana a mí abrazada. Poco tiempo tuve de disfrutarla, apenas tres años, pero siempre sigue viva en mi memoria. Y, después, lo que a todos nos ha pasado: abuelos, padres, amigos en plena juventud, primos, sobrinos, compañeros de trabajo y copas... Pero todos, absolutamente todos, tienen un hueco especial en nuestros corazones, y sus memorias siempre las nostalgiamos en las distintas fechas en las que nos llegaron las ausencias. Para mí serían muchos los "días de difuntos", tantos como los de las pérdidas, siempre profundas. Pero serían muchos porque no pasa ni un solo día en el que no recuerde sus risas, sus gestos, sus palabras, sus miradas, sus labios nombrándome...

Si por algo hoy es un día que se nos tiñe con el velo de la tristeza, es porque todos los recuerdos se nos vuelcan de golpe en la mente, todos los nombres y todos los perfiles. Pero, por lo demás, es un día para reavivar aún más la memoria y para sentirlos siempre vivos. Hasta las hojas fertilizan cuando abandonan las ramas de los árboles.

Son muchos años los que separan mi edad con esta sepiada fotografía, pero cuando la observo, una y otra vez, me convierto en el niño que siempre fui y, una vez más, me siento arropado por las manos de mi madre y cubierto por su sonrisa amorosa, jamás marchita.

2 comentarios:

  1. Ellos viven en nuestra alegría, Emilio; no son sombras que haya que alumbrar un día determinado. Sólo hay que acariciar sus rostros en las imágenes eternas que tenemos de ellos para sentirlos y comprobar que nunca se fueron del todo.

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  2. Afortunadamente, nunca se han ido y siempre seguirán vivos entre nosotros.

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