jueves, 6 de octubre de 2011

PÁRESE, POR FAVOR, A PENSAR (40)


Holgado es un andarrío por los aledaños de la Puerta de Triana, Marqués de Paradas y Reyes Católicos, en la que tomó esta imagen, tan habitual en esta Sevilla que parece una ciudad de la posguerra: con idénticos personajes, con los mismos dramas, la misma hambruna y la misma soledad. El objetivo encaró a esta puerta de una agencia de viajes, en la que una mujer de edad indefinida parece que ha instalado su piso para siempre. Sus pertenencias, tapadas por una toalla grande de playa, sus colchonetas apiladas, sus mantas para recostarse durante el día, su sábana como púdico elemento para tapar sus piernas ante las miradas ajenas, sus cubos para no sé qué limpieza, sus botellas -me imagino que de agua- para su hidratación, y su perro, amarrado a la reja, dormitando a patas sueltas bajo el rigor de la canícula. Recuerdo, no sé si al pie de la letra, porque cito de memoria, los versos del poeta: "Se murió la esperanza/ y siguieron viviendo,/ sólo los perros mueren/ al morirse sus dueños". Hasta los perros son, como en esta instántanea, de primera, de segunda o de tercera. Para que este portal con vistas a la calle sea un apartamento de verdad, sólo falta la alfombra con el título de "Bienvenido" antes de subir el escalón del dintel...

Frente a su mirada, un reclamo a London, París, New York, Milán, Tokyo y Montecarlo. ¡Qué sarcasmo! Los coches se reflejan con sus prisas en los cristales de las puertas, ajenos sus conductores a esta imagen mil veces repetida en la ciudad. ¿No será que esta misma imagen de la pobreza absoluta también se refleja cada día en estas ciudades internacionales...? ¿No será que hiere la vista del observador? ¿No será que no queremos verla porque nos vemos reflejados en ella...?

Presiento que esta agencia de viajes está cerrada por la crisis. Si no, de qué esta mujer, perdida su visión por los ríos de los adentros, en este atrio de los grandes sueños.

Lástima de esta Humanidad descarriada en el laberinto de sus grandes errores y codicias. Desgraciados los hombres y mujeres a los que la vida les ha llevado a vivir sin techo, sin familia, con el hambre al filo de la boca y marcado en las entrañas, sin la más mínima atención sanitaria y de higiene, cargando siempre el macuto de la soledad y el hastío, esperando que llegue pronto el día para entrar en el llamado reino de la justicia que se nos tiene prometido. ¡Menos mal que siempre hay un perro para llorar nuestra ausencia!


Fotografía: José Manuel Holgado Brenes
Texto: Emilio Jiménez Díaz

3 comentarios:

  1. Emilio, me pararé a pensar un poco, como ordenas, que nunca viene mal. Qué poco se puede decir y añadir de esta espléndida fotografía y del bello texto que la acompaña Lo realmente doloroso es que el centro de la instantánea es, en una primera visión, el perro, “La siesta del perro” podría titularse la escena en una aproximación precipitada (o, ¿y si el perro está muerto y acaba de "estirar la pata", en cuyo caso la soledad y el extravío son ya realmente insostenibles, toda vez que este perro parece ser mejor que muchas personas?), con su estirado sueño a pata suelta, pues queda la anciana como empequeñecida, casi invisible, con la mirada abstraída y ausente, mientras la vida real, la de primera, la que va sobre ruedas, se refleja en los cristales como una triste ironía, pero la fotografía hace reflexionar ¿cuál es la vida real y dónde habita la verdadera miseria? Triste ironía, igualmente, la opulencia de los destinos turísticos cazados y retenidos en la fotografía, con Montecarlo entre ellos, es de suponer que con su afamado Casino, como reclamo. La fotografía me ha traído a la cabeza y me ha servido para releer los versos de Luis Rosales que bien conocerás::

    Tienen nombre, Señor, son los que quieren
    soñar de noche y los despierta el hambre,
    los que te duelen tanto que no puedes
    mirarlos sin quemarles.
    Tú sí los llamarás. Son los que sufren,
    los semovientes náufragos que saben
    que el roce irá gastando día tras día
    su cuerpo y su dolor,
    la nieve fácil
    de los muertos que viven porque nunca
    acaban de caer. ¡Vuelve a nombrarles!
    nadie sabe su nombre entre nosotros,
    son los muertos que nacen,
    son los muertos que enferman de los vivos,
    los muertos naturales.

    Nadie sabe su nombre entre nosotros, me parece una buena forma de resumir esta fotografía, tan honda e hirientemente humana, que compartes con nosotros. Qué razón tienes, lástima de esta Humanidad descarriada en el laberinto de sus grandes errores y codicias. Un abrazo.

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  2. Excelente comentario, Enrique.
    José Manuel Holgado me pone muchas veces en esta tesitura del abandono y la tristeza.

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  3. José Manuel Holgado Brenes7 de octubre de 2011, 1:10

    Pero es que, como bien sabéis los que nos seguís, es mi obsesión, perdonadme por mi reticencia.
    Menos mal que mis reiteraciones fotográficas son rectificadas por un gran poeta, llamado Emilio.

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