martes, 11 de octubre de 2011

GALERÍA DE PERSONAJES POPULARES DE SEVILLA: UN HUECO PARA UNA ANÉCDOTA


Hoy me he tomado un espacio para la anécdota que viví al lado de mi inolvidable padre, y que quiero compartirla con todos vosotros, a pesar de que seáis tan tacaños en la aportación de datos, anécdotas y fotografías del tema que emprendí con mucha ilusión en este blog, pero que, observo, no tiene apenas ningún interés para los seguidores de esta página. Lo que pasa es que yo soy más duro y constante que el dentista, amigo de mi progenitor, Gámiz Bañales, con consulta en la calle San Miguel esquina a Jesús del Gran Poder, al que no se le resistía una muela aunque estuviese soldada con acero al maxilar. Es decir: sí o sí, la piedra de pedernal de la que hablaba la copla flamenca.

Bueno. ¿Y qué tiene qué ver ésto con la imagen del bacalao de la calle Placentines, aquella tan estrecha que cantase el padre Cué, haciendo llorar a nuestras madres, al paso del Cristo de la Buena Muerte?...

Recuerdo que cuando mi padre estuvo como funcionario y tomador de datos del célebre juez don Juan de Torres -al que Sevilla debe una biografía excelsa-, en la Audiencia de Sevilla, anteayer sede de la Caja San Fernando de grato recuerdo cultural y, hoy, Cajasol, yo me iba con él cuando me anunciaba que mañana, o pasado, había un juicio interesante. Y allá que me iba yo, en mi época de estudiante. ¡Audiencia pública! Y allí en esa sala frontal al precioso patio -la quinta me parece que se llamaba- me sentaba yo, con mis hermosas 15 primaveras, no perdiéndome detalle de los juicios y de las ocurrencias -muchas de ellas las tengo anotadas de la pluma de mi padre- del célebre juez.

Pero antes de empezar el día judicial, mi padre me llevaba a un pequeño bar de la calle Sierpes, frontero al callejón de la célebre Casa Damas, en la que mi padre me compró la primera bandurria de mi vida. En ese bar había sólo un camarero, muy fuerte, alto y ancho como un ropero de cuatro puertas, llamado Pepe, con su impecable camisa blanca y pantalón negro, pero con una nariz aplastada como el sillón de una "Lambretta". Cada día, cuando yo tomaba el café con mi padre, aparecía un tipo, vestido totalmente de negro, con camisa impecable de cuello y puños, y corbata negra -decía mi tutor que era notario-, bajito, delgado, con cara de moyatoso por sus venas carismales, y con más guasa que la murga de Manolín y Escalera en El Altozano, pero serio, muy serio en su porte y modales. Lo malo era que, mientras se tomaba el exquisito café que allí se servía, hacía compás con sus dedos de la mano derecha sobre el reluciente mostrador y tarareaba por lo bajini, a su forma y sin mirar a nadie, adaptada la letra, la música de aquel célebre chotis madrileño: -¡"Nariz, nariz, nariz... / ¡vaya nariz! / vaya nariz!... Pagaba, religiosamente, y se iba..., y así hasta el día siguiente. Y una vez más, y otra. Mi padre, que picaba más que los pollos en campo libre, y que tenía bastante amistad con el "chato", le decía cuando se ausentaba el individuo: -Pepe, yo no sé cómo lo aguantas. Es que el tío viene a darte la tabarra todos los días, porque lo de la nariz..., creo que es por ti. Si a mí me hace eso...

Y aquí viene la gracia y el por qué de la foto de portada. Pepe, sudando como si hubiese visto al diablo, lavando los vasos sin parar y atendiendo a la clientela entre su mal humor, le espetó a mi padre: ¡No, no,  don Ramón, si usté lo va a vé cuarquier día, a ese tío, cuando me jarte una mijita má, le voy a dá en toa la cara con el bacalao de la calle Placentines! ¡Viva la gracia!

Por eso no recuerdo tanto al "Bacalao" -antiguo "El Brillante"- por el negocio del traspaso que hizo de él su encargado Jesús Sanz Fernández, ni por los versos del padre Cué, sino por la imagen, tan enorme del bacalao, hecha por un carpintero de la calle Don Remondo, quitándole los dientes y las muelas a un notario tan gracioso como impertinente.

¡Muy bien por Pepe "El Chato", del que jamás se me borró su nombre ni su imagen ni su ocurrencia!

4 comentarios:

  1. José Luis Tirado Fernández11 de octubre de 2011, 22:37

    Para los seguidores de estas páginas sí que tienen interés todas estas fabulosas entradas sobre estos personajes y recuerdos sevillanos que con tan magistral regusto está usted regalándonos. Lo que hacemos, al menos yo, es recordar con especial cariño a Vicente, con su mano sobre la frente asomándose a la ventanilla de un ochocientos cincuenta que yo tenía, o al tío del pollito en los autobuses azules del Ayuntamiento al que revolucionó, todo el mundo buscando el dichoso pollito hasta que enseñaba una caja de zapatos en la que decía lo que llevaba, la gente se partía de risa. Esto del bacalao lo conocíamos en mis tiempos por la cuesta, la célebre de Argote de Molina, a la que todo el mundo llamaba la cuesta del bacalao. Como soy de alma cofrade, he visto allí dar la revirá a muchos pasos. La anécdota de la nariz es muy buena, mu buen amigo Paco y yo también llamamos chatos a los muy nasones, también les decimos: "Ahí viene el cornisa".
    Saludos, Emilio.

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  2. Recuerdo al célebre "Chato" del bar antiguo del antiguo mercado de Triana, bajando por la puerta del Altozano a la derecha. Tenía dos metros de napia, pero..., la guasa, todo el mundo le decía "El Chato".
    En este caso que cuento de la anécdota es que era chato de verdad. Claro, un tío tan grandote y corpulento, con esa nariz que parecía una "pringá", se prestaba un poco al cachondeo, pero no al de este notario, tan bajito y tan negro, que parecía una cucaracha.

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  3. Emilio: La serie, como afirma José Luis Tirado, tiene un enorme atractivo, lo que ocurre es que, como te pasa a ti, nada se sabe de estos personajes y muy poco se puede aportar, salvo ocasión providencial lo que no es fácil que ocurra.
    Y mira, este "Chato" auténtico, no como el nuestro, era absolutamente desconocido y ya no lo es. Y, además, nos hemos reído.

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  4. Es una pena que no podamos recordar más cosas de estos personajes.
    Lo de "El Chato" de la calle Sierpes no tiene desperdicio. Recuerdo con nostalgia la cantidad de veces que sobre Pepe "El Chato" hablaba con mi padre recordando aquel día.

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