miércoles, 18 de mayo de 2011

OJOS Y MIRADAS EN LA LÍRICA FLAMENCA (7)


No hay que decir que es mujer, y que se llama Macarena, y que sus lágrimas en los ojos hacen llorar a todos los sevillanos. El llanto forma una parte principalísima de los ojos y de las miradas que produce ese sentimiento. Jamás le faltó una copla al llanto de la Esperanza de San Gil, tampoco a la Esperanza de mi barrio de Triana. En este caso es el llanto de una madre dolorosa -dicen- por su hijo crucificado y muerto para la salvación de los hombres. En la lírica flamenca popular, el llanto obedece a otras razones, normalmente a las del amor carnal. Pero hay llantos de querencias imposibles y llantos de alegrías por haber conseguido ese amor que se creía perdido. Llantos de amor y desamor, de cercanías y ausencias, de celos y esperanzas. Llantos de juventud y de ancianidad, auténticos y fingidos, menores como una brizna y mayores como un templo. Pero llantos al fin. ¿Por qué se llora en el amor? ¿Y quién no ha llorado alguna vez por causa de ese amor? El llanto desconsuela, pero reconforta a veces. El llanto puede ser mezquino, pero ennoblece en muchas ocasiones. Dicen que el llanto es un síntoma de debilidad, pero en ocasiones tiene la consistencia del hierro. El llanto no se puede definir, quizás las lágrimas -a las que los poetas románticos y los cancioneros llaman perlas- sean la demostración definitiva de algo que nace y brota del interior. Por eso, nunca hay que avergonzarse por llorar. Nos lo decía el poeta Juan Peña en esta hermosa letra de su libro "Nuevas letras flamencas" (2000):

De llorar no te avergüences,
para atreverse a sufrir
también hay que ser valiente.

Lo decía en un precioso fandango mi gran amigo, ya desaparecido, Fernando Lastra, refiriéndose a los hombres que lloran ante la Virgen del Rocío:

No te avergüence llorar
delante de la Señora,
que los hombres cuando lloran
es que lloran de verdad
y con el llanto mejoran.

Es que el llanto a veces es una necesidad perentoria, una auténtica necesidad. El cancionero "El pueblo andaluz" lo decía así:

Con lágrimas en los ojos
al cielo me encomendé,
que el que no pasa fatigas
no sabe lo que es querer.

¿Quién no ha llorado en la intimidad ante la ausencia de la persona amada? Esta situación la recoge en una copla Gabriel María Vergara en su libro citado:

Cuando me acuerdo de ti
yo no sé lo que me pasa,
pero se enturbian mis ojos
y se me llenan de lágrimas.

Decíamos que se llora también ante la alegría. Manuel Machado era un maestro para dejar en el justo fiel el mundo de las sensaciones. Su copla está publicada en su libro "Cante hondo" (1912), y dice así:

Cuando me pongo a cantar,
me salen, en vez de coplas,
las lágrimas de los ojos,
los suspiros de la boca.

Hay llantos continuos, y seguro que son consecuencia de los desamores. El cancionero popular así nos lo recuerda:

Cuando sale el sol me lloras,
cuando se esconde, también,
y cuando la luna sale
tus ojitos no la ven.

Muy grande tuvo que ser el desamor que nos canta esta copla que anota Álvarez Curiel en su "Cancionero popular andaluz" (1991):

Lágrimas pedí a una fuente
para llorar mi tormento,
porque es tan grande mi pena
que ya ni lágrimas tengo.

Hay lágrimas que quieren ocultar una auténtica venganza. Lo registra el cancionero popular:

Los ojitos con que lloro
me los quisiera arrancar
por no darte la alegría
de que me veas llorar.

Y lágrimas demasiado exageradas como las que nos cuenta esta copla anotada por Manuel Garrido Palacio en su excepcional libro "Alosno, palabra cantada" (1992):

Mis lágrimas voy echando
en un vaso de cristal,
ahora las echo en el suelo
porque de tanto llorar
el vaso lo tengo lleno.

¡Una barbaridad! Como esta otra que también registra el cancionero popular:

Mis ojitos lloran canales
por lo mucho que to te camelo,
gitana mía, tú no lo sabes.

Dolorosísimo es llorar, pero más doloroso no poder expresar los sentimientos. Lo anota Álvarez Curiel:

Es doloroso llorar,
es doloroso sufrir,
pero es más doloroso
querer sin poder decir.

Y malísimo es llorar por un amor no correspondido. Lo dice el fandango:

Tengo el cristal de mis ojos
triste de tanto llorar,
he perdido mi alegría,
no la puedo recobrar.
¡Pa qué la conocería!

Siempre hay una explicación para que no llore la amada. En el monte de Aras, en la bendita tierra cordobesa lucentina, el nombre de una Virgen puede explicarlo todo:

Porque te llamas Araceli
no llores ni tengas pena,
porque Araceli se llama 
la patrona de Lucena.

¿Sentencia para el llanto? Pues ahí llevan una soleá de esas que apuñalan, escrita por mi querido amigo Juan Peña, quizás el mejor coplero, después de Manuel Machado:

Se muere del todo un hombre
cuando en el mundo no quedan
unos ojos que lo lloren.

Después de esta copla, no tengo más remedio que cerrar el negocio hasta mañana.

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