viernes, 27 de mayo de 2011

MI PREGÓN TAURINO DE LA FERIA DE CÓRDOBA (3)


Un silbido desgraciado sobre el redondel duele más que la cogida de un Miura de los que pastan en Zahariche. Un grito a destiempo es una puñalada viva en el quiebro ceñido de la chicuelina en el que va prendido el alma del torero. Un insulto desde las gradas es cornada mortal, aviso de cloroformo sobre la piel sensible de quien se la deja, desde que hace el paseillo, para deleite y disfrute de aquellos que dicen gozar de paladar.

Confieso que soy "currista" y del Betis, y aguanto con estoicismo y humor las chanzas de mis amigos cuando me dicen: -¿Entonces, Emilio, cuándo te diviertes? Quizás no sepan ellos que mientras el fútbol sí que es pura y cara diversión, el toreo es otra cosa, demasiado seria: la lucha, poder a poder, de la fiera y el hombre, de la bravura con la inteligencia, del garbo y el señorío contra una noble mole que lleva la gloria y la muerte en sus dos velas alzadas y astifinas. En el fútbol existen técnicas, pizarras, entrenamientos, y son once hombres al frente de otros once. En el teatro se ensaya y sólo existe el miedo de no responder a la réplica del personaje cuando alza el maquinista el portalón del telón de embocadura. En el flamenco, Arte en el que he dejado media vida, cuentan las facultades, el rasgo del intérprete y el eco..., pero nos hay más riesgos que unos "guisquis" de más, la rozadura de una cuerda vocal o el mal acople con la sonanta de turno. En el toreo no, seguro que no. Cuando suenan los clarines nadie sabe con qué mala uva, o con qué honor de su divisa, atraviesa el portón la vida del triunfo o el luto de la historia. Todo es tempestad en ese momento cumbre..., porque el toro no es un simulacro, sino sangre viva y alterada. Porque el toro no es un tercio del cante que se lleva y abaniquea con mayor o menor poder, sino cumbre altiva, espadaña de codicias, torrentera de dehesas. Porque el toro no es un balón que, con más o menos habilidad, y con franquicia, entra o no dentro de unas fronteras físicas. El toro, queridos aficionados, es mucho más: astro y rey del anillo dorado, genio vivo, nervioso y descarado que lleva en sus puñales afilados facas contrabandistas que nada perdonan, el laurel y la esquela, el hombro y el mármol, el dinero y la miseria, el piropo más encendido y la primera estrofa del Padre Nuestro...

Que pregunten en Hinojosa del Duque por "Panchón", o por José Cándido en el salinero Puerto de Santa María, o por Pepe-Hillo en Madrid, o a las piedras maestrantes del coso de Ronda por el gran utrerano que fue Curro Guillén. Que anden las huellas de la antigua plaza de la calle de Alcalá y registren los últimos ayes de Manuel Parra y de "Pepete" -el primer torero muerto por las astas de un Miura-, de "El Espartero" y de Florentino Ballesteros, de Manuel Granero y del gran rey de la verónica que fue mi paisano Curro Puya. Que se imaginen la sangre de Pascual Márquez y aprendan lo que era por entonces la divisa de Concha y Sierra. Que rebusquen en los anales de la Maestranza sevillana el agónico suspiro del picador Marcos Sáez, o en el cercana Baeza el de Manuel Fuentes Rodríguez "Bocanegra", o en la campera y tristemente desaparecida Plaza de los Tejares el último y sangrante adiós de "Manene". O en la marinera Cartago por la valentía, hecha añicos, de Fermín Muñoz "Corchaíto". Que se acerquen los agnósticos más reacios de la fiesta a la olivarera Jae´n y apresen en sus memorias el hielo hecho sudor de "Parejito"; o a Barcelona, donde caía en la Plaza de las Arenas, por un miureño llamado "Desertor", Domingo del Campo "Dominguín". Que se empapen de Antonio Montes, de Manuel Lara "El Jerezano"; de José Claro, el "Pepete" sevillano que dejó su sangre en Murcia por querer salvar la vida de su picaor..., o vayan a la mediterránea Málaga por ver si aún se encuentra el último aliento de Manuel Báez "Litri"...

Si todavía le gritan a la hermosa composición estética del hombre frente al toro, por creer que hay engaños de por medio, que no duden en acudir al hermoso y cerámico coso de Linares y que pregunten por vuestro califal Manuel Rodríguez Sánchez "Manolete"; o a Talavera para recoger entre sus dudas la trágica expresión de "Joselito", o a Manzanares para guardar la penúltima lágrima de Ignacio, cuya sangre no quería ver Federico sobre la arena; o busquen por las esquinas de la lejana Barceloneta la flor puntillera de Rafael Bejarano "La Pasera", o vayan a la verde Cantabria y pregunten en Santander por el gran varilarguero que fue Rafael Moreno "Pica", o que se acerquen por Vista Alegre y la muerte les traiga la tristeza doloridamente jonda de Luis Rivas Servián.

Pero, si con todo, tampoco creen en esta historia por anciana ya en nuestros tiempos, que echen sus miradas denunciadoras por Pozoblanco y busquen la otra mirada, velada y agónica, en plena juventud, de Francisco Rivera "Paquirri"; o aún más, que se acerquen a una Maestranza vestida de luto entre tantas vales y alberados arcos el pasado año, y metan sus manos, como santo Tomás, en las heridas de dos cuerpos de plata perdidos en los pitones de la fiesta, y se empapen con la sangre todavía fresca en la trágica memoria de "Montoliú" y de Soto Vargas...

-¡Toro, que vengo por ti!
-¡Yo por ti vengo, torero!
-¡Toro, que no me das miedo,
aunque un gran respeto sí!

Y entre percal y franela,
y con la tela embebida
al envite de las suertes
dos verdades van medidas:
la que te alza en la vida
o te desangra en la muerte.

-¡Torito..., venía por ti!
-¡Yo por ti venía, torero,
y mira que te advertí.
Lástima que en este albero
y por el pitón del miedo
me tocó la gloria a mí!

Y es verdad que siempre se canta a los toreros que sufrieron esa especie de gloria de la muerte en el mágico círculo donde la esperanza en la vida y el infinito de las sombras se dan la mano a cada instante. ¿Y por qué no al toro, si al final, cuando a uno se le trunca el triunfo y el otro va a una verdad cierta que lleva entre sus astas, pasan para siempre, y juntos, a esas dehesas simbólicas de la eternidad?


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