jueves, 26 de mayo de 2011

MI PREGÓN TAURINO DE LA FERIA DE CÓRDOBA (2)


Anteriormente nombraba a mi Capillita del Carmen, faro marinero y mariano de mi Triana natal. Y ahora, cuando en verdad voy a recibir a portagayola al toro de este pregón, me acuerdo de aquella coplilla que mi maestro, Manuel Barrios, incluyó en una hermosa y breve antología en homenaje a Fernando Villalón: aquel apuesto garrochista, ganadero que soñaba en conseguir toros de ojos verdes, y temperamental poeta de rutas contrabandistas, palos de majuagüa y marismeños atardeceres:

¡Ay, Madrecita del Carmen,
qué pena tan grande es
que me salga un toro bravo
y yo no pueda con él!

Porque la verdad, queridos amigos, es que gran valor hay que tener, si no se acompaña uno del Custodio de vuestra ciudad, adosado en las esquinas de vuestras calles, en los rincones de vuestras plazas, en las piedras de vuestros puentes, en la recoleta intimidad en flor de vuestros patios, y en ese otro intimismo de vuestras almas, para dar un pregón taurino en tierra de tan grandes entendidos, tantísimas tertulias -¡qué pena la de la calle Gondomar, cerrada por las llaves del luto!- y no pocas plumas expertas en estos menesteres que con amor, y muchísimo humor, dejaron colgados en las páginas -sepiadas ya por el tiempo-, apodos tan entrañables como "Triquitraque", "Don Canuto", "Selarom", "Julifer", "Paco Pica Poco", "El Pico" o "Tío Caniyitas", entre otros muchos especialistas del tema que desde tiempos inmemoriales hasta los nuestros, como le pasa a José Luis Sánchez Garrido, el sdempiterno "José Luis de Córdoba", son los que verdaderamente han hecho, natural a natural, quiebro a quiebro, minuto a minuto, tras una serie de muletazos intensos y faroleados de lápiz y papel sobre sus manos, el pregón vivo de una ciudad viva que siempre se ha espejeado en la torería para mirarse en sus tesoros del Arte, del Valor y del Duende.

¡Quién sabe si ya en aquella primera y legendaria corrida del año 1492, que en el Alcázar de los Reyes Cristianos se celebró en honor y divertimento del Príncipe Don Juan, o allá por algún balcón de la espaciosa Plaza de la Corredera, o por la Feria, o por la Magdalena, o por el sitio taurino al que siempre habéis nombrado con el bendito nombre de Campo de la Merced, y en las antiguas calendas que van del siglo XV a principios del XIX, no había por entre sus quicios los ojos avizores de algunos cronistas que llevaban en sus lenguas y ademanes el sublime pregón de una Córdoba que cantaba las gestas más que bravas de la fiera sobre el hombre, canto del valor más que del Arte, voz engrandecida y pregonera en corrillos de la temeridad sometida al temple de una muleta que inventó -serrano tenía que ser- el maestro Francisco Romero, fundador de toda una dinastía y el primer valiente que mató a un toro cuerpo a cuerpo, y a pie firme, marcando sobre los lanceadores los inicios de ese toreo que, con sus distintas suertes, gozamos en nuestros días!

El apellido Romero
me huele a lentizco y jara,
a toro, sierra y torero.

A torero, sierra y toro
y a mantillas de diez blondas.
¡Ay, qué bien le sienta a Ronda
un Romero sobre el oro!

Hoy, para esbozar la esplendidez de esa gran parcela taurina en la que Córdoba tiene tan alta voz y voto por lo hombres, triunfos y muertes que ha dado a la historia sublime: esa que quieren cargarse con banderillas negras los falsos ecologistas y gran parte de los mal llamados "pueblos cívicos de Europa", que no han dudado nunca en integrar la corrupción, la inmoralidad y la droga, el miedo y el hambre, cuando no el genocidio como sistema encubierto en el recuerdo del mundo, ha venido desde la misma margen de la orilla derecha del Río Grande, donde están situadas en sus burladeros de agua Triana y Córdoba, a cantar a un puñado de valientes que se jugaron la muerte, o mejor, la vida en el envite; hombres a los que les temblaron las piernas y el corazón cuando se abrían, de par en par, el negro portalón de los chiqueros..., y veían, o no querían ver, al enemigo de frente, a dos puñales buscando pelea en el mágico círculo de la lidia, aunque el torero rezase por lo bajini entre sus miedos:

Nadie se lleve ese toro,
aunque la gente se espante,
que no hay un torito malo
con un torero delante.

Pues aquí me tienes, Córdoba, como único espada frente al toro lírico de este pregón taurino al que quisiera recibir con mi capote en una tanda de verónicas lentas. No esperéis la brega de fechas, datos o listas..., que ya para eso está el "Cossío". El pregón es un canto sencillo, aunque adornado, a veces, de humildes y cadenciosas melodías. Y por estos aires, matizando las suertes como Dios me dé a entender, intentaré lidiar a ese torito al que voy a lancear, llevándolo encelado a punta de capa, por el húmedo burladero que va desde Córdoba a Sevilla.

Habría que preguntarse antes de que se abran los toriles del miedo: ¿Qué es la fiesta? Que no todo es oro y aplauso y triunfo en ese encuentro de la vida y la muerte. Que no todo son marquesas, folklóricas y señoritas de la alta sociedad por entre los perfiles casamenteros o caprichosos del torero. Que no todo son los ríos caudalosos del dinero. Hay mucho sudor y mucha lágrima detrás de muchas tardes. Y mucho escalofrío cuando llega la hora mágica y se escucha el primer toque de clarín. Y muchas palpitaciones bajo el oro de los alamares pensando en las sombras lúgubres de los chiqueros.

Ni hay tanta verdad ni tanta mentira. A la gran tragedia que es el Toreo en sí, le sobran gentes que todo lo quieren saber desde la cómoda posición de los tendidos, y son incapaces de ser peones de brega o simples auxiliadores, en tardes complicadas, echando al menos sobre el ruedo el capote fortuito de la comprensión, la crítica amable o el aplauso estimativo, aún en tardes en las que el diestro tiene la suerte de espaldas a su pundonor, la lidia regular de sus subalternos y dos pitones asesinos de un manso con clara querencia a hacer clavel de sangre, sobre el amarillo albero, de un hombre joven al que sólo anima, desde el palco real de su camarín, la Virgen de los Dolores.


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