lunes, 2 de mayo de 2011

LA PRESENCIA DE LA MADRE EN EL CANCIONERO FLAMENCO (8)


Siguen la lástima y la pena en las coplas flamencas ante la muerte de la madre. Coplas desgarradoras, amarradas en el ayeo de una seguiriya o en la concisión profunda de una soleá, en la veta colérica del martinete o en la historia cantada de un fandango. La madre, siempre la madre como eje de la vida del hombre, como dueña de sus esperanzas y de sus afanes, como soporte de la familia, como ejemplo de la entrega y el sacrificio, como dadora de la única posible felicidad. Si todas las cosas de la vida están recogida en la lírica popular por la sabiduría del pueblo, la palabra madre rompe todos los esquemas y se incardinan en las coplas más profundas con los ejemplos más memorables. Nos lo decía el poeta José Cenizo en el libro "De la tierra al aire" (1992):

Se muere en el hospital
en una camita estrecha,
si Dios se lleva a mi mare
se caen toas las estrellas.

No es una hipérbole, es el sentimiento de un hijo que sabe que todo el mundo se le hunde con la muerte materna. Lo expresaba también Antonio Mairena en esta seguiriya:

Se me murió mi mare,
se me acabó el gusto,
yo voy a vestir mi corazón
de negrito luto.

La imposibilidad de encontrar otro amor como el perdido en la sentencia de esta soleá:

Se murió la madre mía,
adónde encontraré yo
madre como la perdía.

La antigua y desgarradora que todos hemos tenido ocasión de escuchar en la voz de algún cantaor:

Ayer se murió mi mare
y una camisa que tengo
no encuentro quien me la lave.

Hasta en estos quehaceres domésticos se repite la copla casi con idéntico mensaje, esta vez en métrica de seguiriya que pone José Carlos de Luna en su libro "De cante grande y cante chico" (1942):

Se me murió mi vieja,
qué solo me quedo,
ya no tengo quien planche mi ropa
ni me dé consejos.

El presentimiento atávico en esta copla del cancionero que recoge el libro "La carpeta de Pencho Cros" (1989):

Sentí una cosa mu rara,
como un tirón de la sangre
y era que en aquel momento
se me moría mi madre.

La petición de respeto hacia lo más terrible que a un hijo le puede pasar en esta copla del cancionero tradicional:

Señoras y señores,
silencio, por Dios,
que se me ha muerto la madre de mi alma
de mi corazón.

La sensación más terrible de orfandad en la copla que registra Álvarez Curiel en su "Cancionero popular andaluz" (1991):

Sola me dejó en el mundo
la mujer que más quería,
no la olvidaré un segundo
a la pobre madre mía.

La locura por dar el último beso a la madre querida en el fandango del "Bizco Amate":

Sin ver corro por las calles
y con la gente tropiezo,
sin ver corro por las calles,
se está muriendo mi mare
y yo quiero darle un beso
porque del alma a mí me sale.

De nuevo, José Cenizo se asoma a la ventana enlutada de la seguiriya:

Suspiros de muerte,
suspiritos negros
de la boca, boquita de mi mare
que cómo salieron.

Enternecedor por su dramatismo el fandango que recoge Manuel Garrido Palacios en su libro "Alosno, palabra cantada" (1992):

Una madre se moría,
sus hijos la rodeaban,
y el más chico le decía:
Madre, mírame a la cara,
no te mueras todavía.

O este otro, recogido también en el mismo volumen, e igualmente preñado de dramatismo:

Un loco en su celda un día
de su madre se acordaba,
lloraba y no la veía,
y de pena que le daba
loco otra vez se volvía.

Rematándose la trilogía con uno más del cancionero popular:

Yo reniego de aquel día
que la pena me ahogaba,
porque la muerte llevaba
a la pobre madre mía
y hasta el cielo se nublaba.

Por hoy, queridos blogueros, ya está bien. Mañana continuaremos con esta presencia de la madre en nuestro rico cancionero.

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