domingo, 22 de mayo de 2011

EL POETA DE LA SEMANA: RAFAEL DE LEÓN (2)


ROMANCE DE LA VOZ EN LA SANGRE

Fue hacia la tercera luna 
cuando lo sintió en los centros. 
Estaba sobre la hierba, 
tumbada de cara al cielo 
-viendo la tarde morirse 
sobre sus ojos abiertos- 
cuando notó en la cintura 
como un pájaro pequeño, 
que aleteó por lo oscuro 
de su vientre unos momentos, 
y luego vino a pararse 
sobre su talle, en silencio... 

Fue hacia la tercera luna 
cuando lo sintió en los centros... 
Un ¡ay! de gozo y asombro 
y otro de duda y recelo 
salieron de su garganta. 
Las palomas de su pecho 
se erizaron de blancura, 
y un temblor de alumbramiento 
sacudió de sur a norte 
todo el mapa de su cuerpo 
e hizo crujir entre sombras 
las ramas de su esqueleto... 

En un brinco de gacela 
se ha levantado del suelo 
y ha echado a andar lentamente 
por la vereda de cedros. 
Parece tallada en tierra 
la cara de Sacramento. 
-Iré a ver a la Jacinta 
lo mismo que otras lo hicieron... 
Ella conoce las plantas 
y sabrá darme el remedio... 
-¿No te da pena matarme 
antes de nacer...? 
                    
                      ¡Qué miedo 
le dio al escuchar la voz 
que le salía al encuentro, 
envuelta en hilos de sangre 
cortando su propio aliento! 
-¿Quién eres que así me hablas...? 
-Ahora, nadie... casi un sueño; 
mañana, si tú me dejas, 
un hombre de cuerpo entero... 
-¿Y qué voy a hacer, mi niño? 
-Parirme como un almendro 
en la mitad de la cama 
con las entrañas ardiendo. 
-¿Pero y mi honra? 
-Tu honra 
la limpiaré con mis besos: 
las madres después del parto 
quedan igual que un espejo... 
-Pero me faltan seis meses, 
seis plenilunios completos 
frente a los ojos que miran 
y las bocas de veneno. 
-¿Y a ti qué te importa nadie? 
Ponte delante del pueblo 
y escúpele la belleza 
de llevar un hijo dentro. 
-¡Temo a las lenguas cobardes! 
-Y en cambio no te da miedo 
ir a buscar una planta 
de sombra -flor de silencio-, 
para derramar mi vida 
por el primer sumidero 
y que no quede del hijo 
ni una fecha ni un recuerdo... 
-¡Calla! 
-No puedo callarme. 
Una perra no haría eso: 
me lamería los ojos 
hasta que los fuera abriendo... 
Pondría mi piel süave 
lo mismo que el terciopelo 
y luego ya, sin saliva, 
con los dientes en acecho, 
se tumbaría a mi lado 
hecha un río dulce y tierno, 
para que yo la dejara 
hasta sin cal en los huesos. 
-¡Por Dios! 
-Por Él, yo te pido 
que no me dejes sin cielo. 
Corta sábanas de holanda; 
borda pañales de céfiro; 
aprende nanas azules 
y planta naranjos nuevos..., 
y cuando me hayas parido 
como a un torito pequeño, 
abre puertas y ventanas, 
que me contemplen durmiendo 
lo mismo que un patriarca 
en el valle de tus pechos... 
La voz se apagó en la sangre; 
la cara de Sacramento 
parece como de barro 
de oscura que se le ha puesto, 
y con sus manos sin pulso 
se toca el vientre moreno... 
¡Ay qué monte de alegría! 
¡Qué rosal al descubierto! 
¡Qué luna bajo la falda! 
¡Qué lirio de tallo inquieto! 
-¡Yo te juro, amor -mi niño-, 
por mis vivos y mis muertos, 
que te he de parir un día 
sonámbula de contento, 
aunque me escupan a una 
todas las lenguas del pueblo!

Rafael de León

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