
Ya era hora de que un día
le pasaran la revista
a aquellos motociclistas
que corren con alegría.
No respetan ni a su tía,
van encima de un ruido
y te pegan un bufido
que parece un terremoto,
más que bufido, berrido,
que te deja los oídos
de tal guisa malheridos
para que te compres otros.
La policía local,
harta de tanto mocoso,
una campaña de acoso
se ve que ha iniciado ya.
Velando por la ciudad,
para que no haya alboroto,
se van a enterar las motos
que corren a libre gas;
las motos no, los moteros
que a escape vertiginoso
te dan un susto horroroso
que te saca de tus fueros.
Anteayer, para más señas
-y no soy un delator-
casi salgo yo a las greñas
con el de un ciclomotor,
que son los que más aprietan
el vil acelerador,
cual si fueran conduciendo
un flamante reactor.
Tal susto me dio el niñato
y me causó tal fastidio
que casi hago un moticidio,
es decir, casi lo mato.
Pues ya se acaba la hazaña
de pegar tanto rugido,
que es de todos bien sabido
el que nuestro ayuntamiento
-el mejor de toda España-,
con sabiduría y talento
con premura y sin tardanza,
cumpliendo lo prometido,
ha sacado una ordenanza:
la ordenanza del ruido,
para que exista bonanza
y cesen los resoplidos.
Más claro que el evangelio
se tomó la decisión:
quien pase los decibelios
se encontrará con sanción.
Para mí, creo que es muy blanda
esta ordenanza en cuestión,
porque a quien hace ruido,
porque es un golfo mayor,
se le da una zurripanda
-que es siempre buena educanda-.
Si se pone chulo, dos.
Verá cómo se lo piensa
el nuevo Alex Crivillé
cuando le quiten la moto
y le quiten el carné
y le peguen seis guantazos
sin explicarle por qué.
-¿Querías ruido, no, nene?
ruido vas a tener,
un día escuchando al Fary
por ser la primera vez;
como lo hagas la segunda
el Bolero de Ravel.
Este sí que es un castigo
máximo y de gran rigor
para aquellos que no entienden
de orden pacificador,
para aquellos que berrean,
con un sonido de horror,
montados en una cosa
que llaman ciclomotor,
para aquellos que se burlan
con aire provocador
y te dejan los oídos
como un viejo receptor.
Pero por algo se empieza
y la función empezó
gracias a la gentileza
de una experta comisión
-área de seguridad-
que es quien lleva con firmeza
la circulación vial.
¡Ánimo a la policía,
a la policía local,
para que emplee su destreza
en una buena limpieza
para bien de la ciudad!
Lo del casco es otra historia
que no me preocupa tanto,
es una cosa accesoria
que no me coge de espanto.
Si se rompe el chilindrón,
pues después de muerto el llanto
y al infierno o a la gloria,
una esquela mortuoria,
tres suspiros y un quebranto,
que el tío se lo buscó
por no cubrir su melón
y correr como un espanto.
Ahora bien, lo del ruido
infernal, que es un aullido,
una hecatombe, un bramido,
una herejía, un chirrido,
un pánico, un estampido,
un estertor, un gruñido,
un dolor, un resoplido,
un gigantesco ronquido…
que hacen las motocicletas,
de inmediato hay que atajarlo
y al gamberro sancionarlo
y mandarlo a hacer puñetas.
le pasaran la revista
a aquellos motociclistas
que corren con alegría.
No respetan ni a su tía,
van encima de un ruido
y te pegan un bufido
que parece un terremoto,
más que bufido, berrido,
que te deja los oídos
de tal guisa malheridos
para que te compres otros.
La policía local,
harta de tanto mocoso,
una campaña de acoso
se ve que ha iniciado ya.
Velando por la ciudad,
para que no haya alboroto,
se van a enterar las motos
que corren a libre gas;
las motos no, los moteros
que a escape vertiginoso
te dan un susto horroroso
que te saca de tus fueros.
Anteayer, para más señas
-y no soy un delator-
casi salgo yo a las greñas
con el de un ciclomotor,
que son los que más aprietan
el vil acelerador,
cual si fueran conduciendo
un flamante reactor.
Tal susto me dio el niñato
y me causó tal fastidio
que casi hago un moticidio,
es decir, casi lo mato.
Pues ya se acaba la hazaña
de pegar tanto rugido,
que es de todos bien sabido
el que nuestro ayuntamiento
-el mejor de toda España-,
con sabiduría y talento
con premura y sin tardanza,
cumpliendo lo prometido,
ha sacado una ordenanza:
la ordenanza del ruido,
para que exista bonanza
y cesen los resoplidos.
Más claro que el evangelio
se tomó la decisión:
quien pase los decibelios
se encontrará con sanción.
Para mí, creo que es muy blanda
esta ordenanza en cuestión,
porque a quien hace ruido,
porque es un golfo mayor,
se le da una zurripanda
-que es siempre buena educanda-.
Si se pone chulo, dos.
Verá cómo se lo piensa
el nuevo Alex Crivillé
cuando le quiten la moto
y le quiten el carné
y le peguen seis guantazos
sin explicarle por qué.
-¿Querías ruido, no, nene?
ruido vas a tener,
un día escuchando al Fary
por ser la primera vez;
como lo hagas la segunda
el Bolero de Ravel.
Este sí que es un castigo
máximo y de gran rigor
para aquellos que no entienden
de orden pacificador,
para aquellos que berrean,
con un sonido de horror,
montados en una cosa
que llaman ciclomotor,
para aquellos que se burlan
con aire provocador
y te dejan los oídos
como un viejo receptor.
Pero por algo se empieza
y la función empezó
gracias a la gentileza
de una experta comisión
-área de seguridad-
que es quien lleva con firmeza
la circulación vial.
¡Ánimo a la policía,
a la policía local,
para que emplee su destreza
en una buena limpieza
para bien de la ciudad!
Lo del casco es otra historia
que no me preocupa tanto,
es una cosa accesoria
que no me coge de espanto.
Si se rompe el chilindrón,
pues después de muerto el llanto
y al infierno o a la gloria,
una esquela mortuoria,
tres suspiros y un quebranto,
que el tío se lo buscó
por no cubrir su melón
y correr como un espanto.
Ahora bien, lo del ruido
infernal, que es un aullido,
una hecatombe, un bramido,
una herejía, un chirrido,
un pánico, un estampido,
un estertor, un gruñido,
un dolor, un resoplido,
un gigantesco ronquido…
que hacen las motocicletas,
de inmediato hay que atajarlo
y al gamberro sancionarlo
y mandarlo a hacer puñetas.
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