
Bajo la luz de Agosto arde la arcilla
macerada de sol. El aire enciende
su penacho de llamas y lo prende
por los cuatro costados de Sevilla.
Dura la luz, hierática, acribilla
las blancas azoteas donde pende
el encanto andaluz, la gracia, el duende.
Izado entre la luz, el cielo brilla.
El calor desatado corre y gana
su carrera de fuego, y en Triana,
con lento y dulce desmadejamiento,
se desploma Sevilla sobre el río,
ebria de sol, anclada en el estío,
a la espera de un soplo azul de viento.
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