
Ayer fui al cementerio. Oscurecía.
El sol se iba apagando entre cipreses
y un silencio de luces y de preces
entre las viejas tumbas se escondía.
La tarde declinó. Se murió el día.
La luna derramó sus palideces
y en mis labios un nombre varias veces
tembló asustado de la tierra fría.
Y nadie contestó más que el lamento
de mi pecho angustiado. Muy lejano
en las cumbres oscuras aulló el viento.
Yo dije al corazón: -Lloremos juntos.
Y ahogando sus latidos con mi mano
abandoné el jardín de los difuntos.
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