Mi abuelo Ramón y mi abuela Emilia
Todas las opiniones familiares me apuntan a que fue poco después de terminada la guerra incivil cuando mi abuelo le dio la espantá, es decir, que fue a por tabaco, a su mujer, mi abuela Emilia -por la que llevo tan horrible nombre de pila-. huelvana muy graciosa pero de muy fuerte carácter. Por aquel entonces, ni separación, ni divorcio, ni abogados: la célebre espantá, tú por un lado, yo por otro y Dios, si quiere, en el de los dos. Mi abuelo siguió viviendo en el corral, para mal alivio de mis tíos y mis padres, y mi abuela se empleó como ama de llaves o gobernanta en casa de un canónigo del cabildo catedralicio, llamado don Miguel Bermudo. La casa, en la calle Pureza, número 35, en cuyo piso había muerto Antonio Machado Álvarez "Demófilo", distaba poco más de ciento cincuenta metros del corralón de la calle Torrijos, y era paso obligado de mi abuelo cuando se escapaba, a lomos de su carro de inválido, camino de sus correrías de siempre o, en días serenos, a la Cartuja, donde estaba la fábrica de lozas del mismo nombre, propiedad de Pickman, para recoger algunos platos y tazones defectuosos que tiraban en la puerta, los cualen eran muy provechosos, a pesar de las taras, para la vajilla familiar de todo el corral. Con este y otros detalles me di cuenta, aun siendo muy niño, que mi abuelo tenía un corazón de oro al que sólo el vino traicionaba con frecuencia.
Era ésta de la Cartuja una de mis excursiones preferidas con él. Con mi baby de crudillo, mis piernecillas frágiles saltadas a la popa del carro, mi minúscula espalda apoyada en la ancha y gigantesca de mi abuelo, brincaba de alegría cada vez que salíamos a intensos golpes de manivela del portón del corral o, más tarde, de mi casa de El Turruñuelo. Desde el inicio de la escapada, mi abuelo, que me contaba mil y una historias de camino en voz alta para que pudiera enterarme, también estaba gozoso y se le notaba en la cara, en la risa, tan niña como la mía, y en los contínuos y alegres saludos que brindaba a unos y a otros mientras enfilaba -totalmente sobrio al alba de nuestro paseo- la calle Pureza, en la que hacía reglamentaria parada, ante los preciosos balcones de herrajes donde vivía mi abuela, para ponerse a tono con la primera bronca del día:
- ¡Emiliaaaa, Emiliaaaa...!
Y allá que mi abuela salía, el pelo siempre cano, el rodete recogido en la nuca, con las blancas carnes de la mujer que nunca sale a la calle, esperando el aleluya de su marido, mientras yo le tiraba besos alargando mis brazos, y ella a mi, y le decía que más tarde iría a verla para que me diera queso, que jamás faltaba en esa casa. Como esperando alguna barbaridad de labios de mi abuelo, preguntaba con retranca:
- ¿Qué quieres, Ramón?
Ahí mi abuelo se disparaba, se le ponía la sonrisa más ancha, los ojos más vivos y la voz más recia, como para que toda la calle se enterase bien de lo que quería decir:
- ¡Tú ahí, con el cura, y yo paseando con mi nieto. Casi ná!
En un gesto tan rápido como cuando liaba la picadura, le daba un corte de mangas rematado en un ¡toma! que hacía temblar el arrabal, echaba fuerza doble a sus músculos y salía corriendo camino del Altozano, donde ya le esperaba el soma de su primera copa de aguardiente, mientras a mi abuela la dejaba en la ventana con el eco de varias imprecaciones sonre la vergüenza y el vino. Usted, amigo, me entiende. Cosas de mi abuelo...
Mi gran pasión por la Navidad, por los coros de campanilleros, por los belenes, por todo lo que esta fiesta significa para el mundo cristiano, me la transmitió él, en la galería alta del corral, sobre su única pierna, cuando podría contar yo cinco o seis años de edad, y aún menos, en aquellos tiempos que mi memoria no alcanza. Tenía una virtud narrativa increíble y todo lo adornaba con tonos cambiantes de la voz y con la gesticulación de las manos. Cualquier cuento en sus labios era creíble cien por cien y sus cosas futuristas y... Tuvo siempre la visión de Núñez de Herrera y de tantos y tantos otros que quizás viesen la vida lejana a través del cristal de las botellas. Me hablaba, en aquellos helados días de Diciembre, de María y José, y de un niño como yo, Jesús, que aún era más pobre que yo. No era hombre de misas ni creo que a los curas los considerase amigos, pero jamás lo escuché blasfemar en nombre de Dios, y siempre amparaba su mínimo y humilde dormitorio una hornacina con una imagen -probablemente la Virgen del Carmen, no lo recuerdo fielmente-, con una lamparita encendida y a la que ponía flores arrancadas de los arriates del corral.
Recuerdo el patio corralero casi sin luz alguna. Olía, por aquellas fechas, a masa caliente, a ajonjolí y aguardiente. La mirada era más alegre en la gente y los saludos más cariñosos, y hasta la pobreza iba mejor vestida de sencillos abalorios. En la corredera alta, con desperdigados vecinos a lo largo de los amplios barandales, solos él y yo a la puerta de su dormitorio, arropándome del relente su fuerte brazo derecho. Se escuchaban panderos, zambombas, chinchines, alguna que otra guitarra y alpargatas de cáñamo haciendo sonidos broncos sobre el brocal de un cántaro de La Rambla. Los campanilleros, a razón de una docena, más o menos, ocupaban el coso del corral y cantaban maravillosa coplas. -¡Son los campanilleros, hijo, los campanilleros...!, me decía mi abuelo para que me emocionase con él. Y allá que aquel coro nos hablaba de María, del carpientero José y de ese Niño que mi abuelo me había dicho que aún era bastante más pobre que nosotros: San José tenía celos/ del preñao de María,/ y en el vientre de su Madre/ el Niño se sonreía... Y todo de llenaba de aromas musicales por segundos: El Guadalquiví/ a su paso le dice a Triana:/ hoy es Nochebuena/ y no se pué dormí... Yo me reía y apludía, y me creía en el reino de una mágica ilusión. Mi abuelo, conmigo en su única pierna, también. Lo veía feliz, hasta que la misma felicidad le hacía saltar una lágrima de la comisura de sus ojos vidriados; ojos, casi, como los que plasmo Ruiz de Gijón en la profunda expiración del Cachorro.
Sobre las guesas y desvencijadas losas del patio, una monedas generosas caían haciendo músicas de tilines en sus saltos. Mi abuelo, para que yo disfrutara, me hacía llegar algunas perras gordas a mis manos para que las lanzase como óbolo humilde a quienes nos habían deparado unos momentos intensos de vida. Quizás, mañana, al echar cuenta de elas, ya no tendría para su primera copa, para invitar al primer amigo, para poder escaparse con dignidad a los sitios tabernarios del Altozano. Aquella noche, su mejor y única copa era mi presencia, mi felicidad de aquella noche, mi sonrisa infantil... Dormido ya, seguro que me acostaría con sublime mimo, que me arroparía con todo el pobre ajuar a su alcance, que me besaría con la pasión de siempre, mientras el volvía a la galería semioscura a liar su penúltimo cigarro del día, a pedir su penúltima copa al vecino más cercano, a mirar a las estrellas, como siempre hacía, pensando, en sus futurismos, que un día el hombre pisaría la Luna. Meditaría sobre el bien y el mal. Pensaría cómo era él cuando tenía mi misma edad, si alguien lo acurrucó con el cuido y cariño como él lo hacía conmigo, si su abuelo le contaba historias y le abría con ellas los ojos a la vida... Tras dos, tres o cuatro copas con el vecino en el anfiteatro del corral, enfilaría su pesado carro hasta la estancia, tosería mil veces antes de entrar para no molestar mi sueño, y se echaría en el catre viejo -con un colchón de borra mal abierta- abrazándose a mí como única alianza, mientras se iría quedando pausadamente dormido exhalando los mil vapores del día, soñando, tal vez, en que otro mundo tenía que ser necesariamente posible.
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