lunes, 8 de febrero de 2010

TRIANA PUNTO Y APARTE: MI ABUELO (1)

Esta página, y las que le seguirán de su recuerdo, es para leerla tranquilos, sin prisas. Si la tienen, pasen a otro tema. Siempre habrá un tiempo para volver serenamente a la lectura de este relato para mesa de camilla de este invierno que quiere quedarse con nosotros por mucho tiempo. Relato para la lectura pastueña, serena, del que no se podrá sacar conclusiones hasta el final. Es para encontrarse uno como en casa, tal como dice la bloguera Caty León.
En él no sólo se habla de mi abuelo paterno, sino de las muchas cosas que a mí me ocurrió en los pocos años, solamente nueve, que tuve la gran suerte de quererlo y disfrutarlo.

Era mi abuelo, Ramón Jiménez Vázquez, un personaje singular por lo que les contaré de él en estos renglones. Tenía cuatro "cuarterones" que quería disimular muy bien, natural de la localidad onubense de Villanueva de los Castillejos (antes, de la Concepción) -localidad natal, también, de mi padre y del gran escritor y ensayista Víctor Márquez Reviriego- y, según cuentan los papeles que de él conservo, nacido un 4 de febrero de 1895.

Para mí, en mi más tierna infancia -mis padres con mi única hermana en el Hospital Central-, lo fue todo: el que me lavaba y peinaba; el que me ponía a hacer caca en la escupidera de porcelana y me limpiaba con esmero -¡vaya mojoncito, Emilito, bien anda la cosa!-; el que me acurrucaba en su cama y me contaba historias que me dejaban dormido lentamente, pero en las que pensaba y le preguntaba día tras día; el que me llevaba en su pesada silla de ruedas a visitar los lejanos confines de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, los frutales de Gambogaz, el Charco de la Pava y la Vega, donde se trabajaba la sirga de la arena del río y donde unos amigos de mi abuelo, con la misma afición al vino que él, nos subían en una barca hasta dejarnos en el camino viejo de Tomares, en el que mi abuelo encontraba singular cobijo en una venta de su gusto, en la que no faltaba ni la conversación ni los caldos, más que abundantes, de los cercanos lugares aljarafeños.

Mientras en casa se preocupaban porque la tarde avanzada iba entoldando la ciudad, mi abuelo, desde antes del mediodía, seguía en el mismo tabanco, con la misma gente, y con más porciones en el cuerpo. La vuelta hasta Triana había que hacerla por el oscuro camino de las Erillas -donde docenas de hornos de ladrillos humeaban sin parar-, hasta llegar a La Pañoleta. Allí, una nueva parada en los soportales de Gaviño, nuevamente amigos parroquianos de toda la vida y, entre charla y charla, copas y más copas. Entre tercio y tercio, mi abuelo sacaba su rancia pitillera de piel gastada, removía las hebras del cuarterón en su seno, sacaba su librillo de papel, ofrecía dadivosamente a los demás y, en un huye que te alcanzo, liaba y sellaba con destreza sin igual aquel tabaco que mi padre le regalaba casi todas las semanas. Cuando le apetecía, cuando me sabía dormido profundamente, mi espalda con su espalda, otra vez el ejercicio de los acerados músculos, en una perfecta circunferencia de poderío, para echar a andar, por medio de la engrasada y larga cadena, aquel armatoste pesado, de la firma Gaytán, al que Dios quiso anclarlo por mor de una gangrena de mal fario.

Casi todos los recuerdos de mis primeros y más queridos años, se remontan a la imagen de mi abuelo. No es una imagen que haya podido sepiar el paso del tiempo, no es una bruma, algo borroso en la memoria. Ni siquiera algo pasado. Me lo pienso vivo, igual que entonces. Es como si yo me hubiese ido a un largo viaje, cuya vuelta estaría él esperando día a día; que me despedí de él con un montón de besos y abrazos, que nos escribimos, que nos llamamos, y que le prometo llevarle excelente tabaco de Cuba y una buena reserva de vino, en la seguridad de que ambos obsequios no le durarían más de un par de semanas.

El corral en el que nací estaba a muy pocos metros de la iglesia de Señá Sant'Ana. Mis padres, aunque con las muchas estrecheces de 1949, quisieron celebrar con la vecindad y amigos más íntimos la ceremonia de mi bautizo en la célebre Pila de los Gitanos, oficiada por el cura párroco José María Arroyo Cera, cura de mucha retranca y bien aquilata gracia. Mi abuelo -al decir de mi padre cuando yo era un mocetón-, no acudió al bautismo, con la excusa de erigirse en preparador y organizador de la fiesta posterior, ayudado por varios amigos de collera, para que todo estuviese a punto cuando los invitados volviesen de la real iglesia. Acabado el sacramento, y antes de entrar la comitiva en el corral, ya se oían voces y cantes, guitarras y juerga. Mi abuelo, con sus colegas, entre ellos los de las ventas derredor de Triana, había dado cuenta de lo que era una cata señera y bien cumplida, ya que dos arrobas de vino era el regalo que alguien, cercano a la familia, puso para el convite. Cuando vio la cara de su hijo, dando tumbos, pero con mucha dignidad, despidió a sus amigos, tan volcados como él, pidió perdón a mi padre y se fue a dormir la gran jumera, mientras mi progenitor, con la ayuda de unos amigos, tuvieron que salir a buscar vino de una taberna cercana.

Fue una de tantas, y a pesar de eso, mi padre lo quería con locura, con la misma que ahora yo lo evoco y lo quise siempre.

Entre sus profesiones primeras consta que fue jornalero, y que se ocupaba de comerciante allá por 1916, cuando no tuvo más remedio que alistarse en el ejército como soldado de sanidad, licencia absoluta que le concedió el Coronel Jefe del Centro de Movilización y Reserva número 3 de Sevilla, don José Bernal García, dieciocho años más tarde, el último día de Julio de 1934. Lo cierto es que, el 1 de Marzo 1929, el célebre año de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, cuando varios arquitectos habían transformados la ciudad a las órdenes del cordobés Cruz Conde, mi abuelo, nunca supe cómo se las ingenió, ingresó, con un jornal diario de seis pesetas con cincuenta céntimos, como guardia municipal, en virtud de examen, siendo alcalde don Nicolás Díaz Molero. Por lo que por mi constancia en saber de mi abuelo pude sacar a mi padre, en este cuerpo tan serio también la lió, con lo que su hoja de expediente, número 3965, quedó manchada para siempre, mácula que, me calculo, le importó un pito a mi abuelo, que sabía salir airoso, con dignidad, porte y señorío, de todas las pedradas de la vida.

(Y mañana, si Dios quiere, más...)


No hay comentarios:

Publicar un comentario