domingo, 7 de febrero de 2010

LA MARAVILLOSA TEXTURA DE "EL PELE"

Fotografía de J. Albaladejo


Aunque de tarde en tarde nos encontramos por las calles cordobesas y nos damos un fuerte abrazo, hacía mucho tiempo que no veía -escuchaba- cantar a mi gran amigo Juan Moreno Maya "El Pele", la última vez fue en el teatro Coliseo de Palma en del Río en el homenaje que la "Peña La Soleá", le tributó a Vicente Amigo y que tuve yo el honor de ofrecer al insigne guitarrista de Guadalcanal por insistencia de la citada entidad que bien me quiere y de la que me hicieron Socio de Honor, hace ya de esto muchos años, en la hermosa Hospedería de San Francisco. El calendario de la memoria me lo marca, apoyado por mi cuaderno de campo, el sábado día 5 de Marzo de 2005, donde, acompañado por la sonanta magistral de Manuel Silveria -Premio Nacional de guitarra de acompañamiento de Córdoba, el mismo año que Vicente lograba el de concierto-, nos erizó a todos los cabellos por esa forma suya, tan peculiar, de arrastrarte hacia la letra antigua de aquella añeja Soleá: Dice cosas este loco/ que no suenan a verdad,/ pero a mentir tampoco...

El viernes leía con enorme alegría la crítica que mi compadre Manuel Bohórquez le había realizado en "El Correo de Andalucía" y Manuel Martín en "El Mundo" con motivo de su recital en los ciclos de Cajasol. Venían a decir lo mismo con distintas palabras: ¿Quién se resiste al duende?. "El Pele" es anárquico, genial y ciertamente imprevisible, como todos los grandes artistas. Por mor del Destino, ayer fui al Gran Teatro de Córdoba para asistir a las fases clasificatorias de las agrupaciones carnavalescas de este año, en una de cuyas chirigotas participaba mi hijo Emilio, el único que de los tres, aunque independiente, tomó la decisión de quedarse a vivir en esta ciudad aún cómoda y habitable. Mi sorpresa fue cuando casi a la mediación me encontré con el concejal delegado de Cultura, mi buen amigo Marcelino Ferrero, quien me dijo que se iba del teatro, acompañado por su esposa, para asistir a un recital que "El Pele" daba a unos cien metros de allí, en la Peña "El Rincón del Cante", que hace tantos años fundara el gran aficionado flamenco Paco Ruiz, padre, además, del célebre "Queco" del "Aserejé" o como se llame ese trabalenguas que hizo tanto furor.

Cuando terminó de actuar la chirigota en la que participa mi benjamín, me fui directo hasta allí, al callejón del Niño Perdido, en plena calle Concepción, en el corazón de la ciudad. Creo que el niño perdido del flamenco era yo, porque me encontré, de pronto, sin esperarlo, con el milagro de lo hondo, con la esencia del flamenco, con el tuétano de esas formas con las que en mi tiempo definía en prensa y radio las soleares de Fernanda. Casi quince minutos aguantó este gitano cantando por Soleá, recorriendo todos los registros, todas las comarcas, todos los rincones de este "palo" singular: de Cádiz, pasando por Jerez, Utrera, Alcalá y Triana..., y por malagueñas de un gusto exquisito, y por tarantas, y versificando con una voz natural a Rafael de León, y clavándonos un rejón por seguiriyas con el recuerdo perpetuo a Manolo Caracol, y salinándonos con esas alegrías suyas tan peculiares que tanto tienen que ver con la familia Sanlúcar, y poniendo el remate con diez muntos de bulerías imposible de definir...

Cuando bajó del escenario y vio que yo estaba allí, me dio un abrazo de los serios, de los de verdad, de los que llevan cariño y amor en los pararrayos de los dedos: -Mira que no saber yo que tú estabas aquí para haberte dedicado un cante. No hacía falta, Pele, el mejor regalo que yo he podido tener, de pura casualidad, es haberte escuchado esta noche. Sonaban, todavía, los fuertes aplausos en ese ágora difícil de "El Rincón del Cante" cuando "El Pele", sensiblemente emocionado, me abrazaba casi llorando al compás de su hijo. Y recordamos aquella tarde en El Altozano de 1996, cuando nos encontramos entre todo el gentío de la plaza grande de Triana, también por pura casualidad, y nos fuimos a comer y tomar algo en la taberna de Pepe Lérida, tan tristemente desaparecida, lugar de encuentro de toda la gitanería trianera y de la diáspora. Y recordamos que cuando El Cachorro se encontraba a pocos pasos de la Capillita del Carmen, él me dijo que si le podían parar el "paso" allí, y yo le dije que eso estaba asegurado. Me acerqué al capataz, le explique la situación, y el Cristo de la Expiración se quedó anclado en el centro de la plaza. A pie de calle, le cantó las dos saetas más prodigiosas que he escuchado cantar en mi vida, una de cuyas letras de mi autoría le fui dictando casi al compás que la cantaba: Expiras el año entero/ y nunca mueres, Señor,/ y es que el barrio trianero/ no quiere que en el madero/ se muera su Salvador. Tan gloriosa fue aquella saeta que el capataz le dio la venia para levantar el "paso" diciéndole a sus costaleros: -¡Niños, a punto, que a este gitano lo va a levantar otro gitano igualito que él... tóos por iguá valientes...! Y "El Pele" y yo llorando como niños. Cosas. Momentos que la vida te ofrece sin esperártelos. Por casualidad, como la de aquel día, como ayer, cuando me encontré con el Picasso del cante, porque aquel que ha demostrado saber dibujar y pintar, puede desdibujar y despintar cómo y lo que quiera en el panorama del cante. Ni más ni menos. Gracias de todo corazón, Juan, por esa noche de duendes de ayer. Te la debo.

"El Pele" puede ser sarga, algodón, punto, villela, pana, terciopelo, gasa o lienzo moreno. Ayer, en el callejón de El Niño Perdido, donde nos reencontramos, fue seda de la fina, seda de la cara, seda de la mejor calidad,




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