LA GRAN MUERTE
Le crecieron colores a la vida
cuando iba Juan jugando con la suerte
y ponía barreras a la muerte
ante un toro de brava acometida
que removía el albero en la encendida
acción suicida de su paso fuerte
hasta caer después su mole, inerte
de pelo negro y de escarlata herida.
Parar, templar, mandar, ese es mi sino
-se recitaba Juan por el camino
de los sueños que surca el horizonte-.
Paró, templó y mandó, mas nunca pudo
con esa soledad que le entretuvo…
¡El morlaco más fiero de Belmonte!
Emilio Jiménez Díaz

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