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lunes, 19 de octubre de 2015

DESDE MI TORRE COBALTO: CUANDO EL ARTE NO VALE UN DURO O MUCHOS MILLONES


Fue hace unos días, cuando octubre iniciaba su presencia en el almanaque de otro año. En Córdoba -donde resido, mis amigos vinieron a alegrarme la vida por unas horas, y eso no tiene precio, o el precio de muchos millones que no tengo para pagar. En la taberna de mi hermano Juan, se presentaron mi compadre con su mujer, Elisa, loreña pero más trianera que el puente; Cristina Hoyos con Juan Antonio; Pepa Montes con su marido Ricardo Miño; Juan Cembrano -más rociero que el puente del Ajolí-; Ángel Vela -el nuevo Justino Matute de esta Triana universal-; Manuel Melado, el barbero, letrista, gran poeta y mejor amigo, aparte de bético, que ese sí que es un gran título nobiliario; mi vecino y gran artista Manuel Luque "Pechete"; el gran guitarrista y cruzcampero Pepe Sacristán, con su esposa Inés; y un servidor, al que, en los postres, le acompañó su compañera Elena.

Tras el suculento almuerzo que nos ofreció Juan Peña, empezó el arte, arte de verdad, del que no hay dinero para pagar. Con la guitarra que hace poco me regaló José Luis Postigo, a cambio de un amigable truque, flamenquísima según los expertos Ricardo y Pepe, con la más absoluta normalidad comenzó la fiesta, esa fiesta que no se puede meter en un libro sobre flamencología y que normalmente suele darse de muy tarde en tarde.


Un rasgueo, unas falsetas invitadoras, y "Pechete", con su enorme afición por todo lo jondo, poniéndole voz a "Fosforito", y Cristina recitando -a la par que bailaba- un hermoso poema a la memoria de Carmen Amaya, y Manuel Melado  contando sus chistes más nuevos del repertorio sevillano, recitando algunos poemas eróticos preñados de humor, y cantando sus propias letras por "sevillanas". Hasta el anfitrión -mi hermano Juan- cantó por soleá de nuestro barrio, yo recité algo que siempre me piden los que me quieren, Pepa y Cristina bailaron con el mejor arte...


Atraídos por el ambiente que había en el salón adjunto al mesón, donde celebramos el almuerzo, unos grandes amigos aparecieron tras él: el también sevillano José María Redondo -cirujano maxilofacial- y el cantaor Juan de Juanes, cuya profesión es la de imitar a Marchena, con su más alta veneración y con una voz que nos hacía sentir al "maestro" como si estuviera allí con nosotros. Como es de suponer, nos lo pasamos en grande, que es para lo que sirve esta vida tan corta y tan traicionera a veces. Ricardo y Pepe Sacristán se intercambiaban la guitarra y todo salió a pedir de boca, como cada vez que nos juntamos para pasar un rato bueno y de arte. ¿Cuánto vale una fiesta íntima como esta? No tiene precio.






lunes, 22 de septiembre de 2014

DESDE MI TORRE: CON MI BUEN AMIGO JUAN PEÑA


Por estas páginas ha pasado muchas veces mi querido amigo cordobés, más que amigo hermano, Juan Peña Aguilar, uno de los mejores hombres que he conocido en mi vida y uno de los mejores restauradores de Córdoba, que no en balde tiene el sello de ser uno de los más caros pero con más exquisita cocina. Por su local, agradablemente decorado con multitud de piezas antiguas: cuadros, terracotas, esculturas íberas y romanas, dibujos de personajes flamencos, candiles, sombreros, bastones para todos los usos, cerámicas, relojes de dos siglos y otros extraños artilugios, han pasado ministros/as, muy importantes personajes de la política nacional e internacional, doctores de fama mundial, toreros de consumada historia -como "El Cordobés", que es cliente habitual"- y hasta los llamados genios de la nueva cocina española, que han llegado para conocer sus treinta y tantas versiones del salmorejo y que incluso lo invitaron a compartir una serie de charlas sobre el tema gastronómico.

Juan ha pasado, afortunadamente que con muy buen pie, por el bache de una operación para acabar con ese "bichito" del cáncer. Su operación, por manos de uno de los cirujanos más prestigiosos de Córdoba, Francisco Sánchez de Puerta, fue un éxito, aunque ha tenido que pasar por un año de auténtica agonía por aquello de la quimioterapia. Ha vuelto de la playa, y me llamó para invitarme a almorzar. Su aspecto ya era el de siempre, y su humor sensacional, y sus ganas de comer -signo en él- la de la vitalidad de los años gozosos. No hay que decir que almorzamos de lo lindo, pero sí hay que significar que charlamos de todo: de la vida y de la muerte, de la importancia de la amistad, de los tontos y los listos, de los mangantes de la política, de los hijos y los nietos, y, por supuesto, del flamenco, la gran pasión que nos une aún más firmemente. Por eso, para celebrar el año de su delicada intervención quirúrgica, el próximo sábado nos vamos a Sevilla a disfrutar de un espectáculo de la Bienal que promete mucho: la intervención de "El Pele", ese gitano bohemio y muy buena gente -que también las ha pasado canutas el pasado año con otro cáncer de colon del que por fortuna ha salido con más fuerzas y bríos que nunca-, que lleva un título genial: "Peleando y punto". A mal tiempo, buena cara. Y eso es lo que tanto "El Pele" como mi amigo Juan Peña han hecho con la vida: plantarle cara. En el escenario del Maestranza estará Manuel Moreno Maya, el cantaor de más rasgo que existe ahora mismo. Lo acompañarán "Farruquito", Dorantes al piano para sus versiones caracoleras y Fuensanta "La Moneta". Creo que vamos a pasar un par de horas geniales, colofón de las que viviremos por la mañana con todos los contertulios de "El Ancla": José Luis Jiménez, Ángel Vela, Manuel Melado, Juan Cembrano y cuantos lleguen a ese santuario del arte de la Cava de los Civiles. 

Ante tantos problemas como nos plantean los políticos y la propia vida auspiciada por ellos, no está de mal echar un buen rato, empaparnos del amor de la amistad  y gozar del afán de cada día. Espero que el próximo sábado sea un día especial del almanaque para todos nosotros. Y, por supuesto, también para vosotros.

martes, 17 de diciembre de 2013

DESDE MI TORRE: TRES DÍAS DE AUTÉNTICO GOZO


El pasado fin de semana he disfrutado de tres días de inmensa alegría. En tan sólo cuarenta minutos -como digo siempre-, cual si viviese en una barriada madrileña, estoy en Sevilla desde Córdoba. Ese tren, llamado AVE es un milagro que espero no se carguen con el tema este nuevo de las privatizaciones, al igual que hicieron con Iberia. Me convocaba el almuerzo anual de Navidad de nuestro periódico "Triana Crónica", que está pasando por un bache económico, a pesar del desinterés de todos los colaboradores y del afán, el tiempo y el amor que le echan al tema Daniel -su director-, su compañera, Ana Díaz, y todo el gran equipo de periodistas, publicistas y administrativos. ¡Las cosas están como están! Aunque -como dice el refrán- no hay mal que cien años dure..., al que contestó sabiamente el pueblo que "ni cuerpo que lo resista". Prólogo aparte, la verdad es que lo pasamos del diez, como suele decirse. No se puede pasar mal entre gente -mucha de ella jubilada, entre la que me encuentro- con ilusiones, ganas de escribir de cosas de actualidad y de las ya perdidas y, lo que es más importante, con muchas ganas de vivir y con un sentido del humor genial. Nos divertimos de gordo en un almuerzo que, como el de todos los años, es inolvidable. Se pasaron nuestros anfitriones en la cantidad y la calidad del almuerzo en ese bar-restaurante de la calle Callao trianera que lleva el merecido nombre de "La Entrañable". Pues entrañable fue el encuentro y las jugosas y largas conversaciones, salpicadas de chistes y anécdotas.


La decoración de "La Entrañable" tiene guasa. La verdad es que salí del local tras las últimas copas -olvido imperdonable- sin preguntarle al dueño si se llamaba así el local por esa "entrañable Cruzcampo", compañera alegre de los sevillanos, que nos invitaba, cantarina, desde la vieja jaula. En mi tierra hay gracia profunda, convertida en ocurrencias en no pocas ocasiones. A las siete de la tarde -buena hora para ni haberte quedado corto ni haberte pasado de largo-, mi hija Myriam vino a recogerme para llevarme a su casa y disfrutar en ella de mis nietos. ¡Vaya día más hermoso entre mi paseo por el barrio, mis amigos y mi familia! Primer día de gozo.


El sábado, aunque algo frío por aquello de un leve viento, amaneció con un sol luminoso y sin una sola nube. Mi hijo Pablo, su mujer, y mis otros nietos fueron incrementando la familia, además de mi hermana. Mediodía en el parque cercano y visita al centro de la ciudad para contemplar la decoración navideña y gozar del ambiente. No se cabía en las calles. Los seises en la Catedral, bandas musicales callejeras de todos los estilos, mimos, actuaciones varias por todos los rincones, y llenos todos los puestos de la Feria del Belén, en los que el abuelo pasó por taquilla para comprarle a cada uno un recortable de un bello "portal".



Abundantes tapas por los bares de los aledaños, un rato de paseo hasta llegar al parking de la Plaza de Cuba y vuelta a casa para iniciar el concurso de recortables. Segundo día de gozo.


Se pasa el tiempo pronto cuando el alma está llena de alegría. El domingo, después de una mañana genial, vuelta por la tarde a Córdoba recordando los gratos momentos pasados. Tercer día de gozo. Y ya, desde ayer, vuelta a la rutina: poner lavadoras, tender, guisar, hacer las compras del supermercado... Menos mal que estos días que se aproximan --aunque con el pensamiento puesto en las imborrables ausencias-, de nuevo volveremos a encontrarnos para disfrutar, divertirnos y olvidarnos de la crisis. ¡Al mal tiempo, buena cara!

viernes, 29 de noviembre de 2013

DESDE MI TORRE: UNA FAMILIA GENIAL


Si de algo he podido vacilar siempre con legítimo orgullo, es el de tener una familia sensacional en la que todos sus miembros, mi desaparecida mujer, yo mismo, mis hijos, nietos, cuñados/as y sobrinos/as, nueras y yernos -¡que adjetivaciones más horrorosas!- tienen  un sentido del humor que aprendieron desde nacencia y que suelen poner a gala en cada ocasión en la que tenemos la oportunidad de encontrarnos. Cuando todos nos reunimos, por cualquier circunstancia, hay un peligro inmenso de por medio, un cachondeo que estalla, una chispa que le da inmensa alegría a las viejas y nuevas generaciones.

Ayer, fue una de esas ocasiones en las que la familia Jiménez-Moreno nos reímos como hacía tiempo que no lo hacíamos, es decir, hace dos semanas, cuando el séptimo cumpleaños de mi nieto Pablete. Si todos logramos convocarnos, la risa y la guasa adobada de sal gorda están garantizadas. Teníamos ayer la cita con el notario -no voy a decir su nombre-, para la repartición de la herencia de mi suegra Lola. Este acontecimiento ya llevaba preparándose hace más de un mes, porque, en principio, el notario, demasiado tiquismiquis no dejaba de pedir papeles y más papeles: que si faltan las partidas de nacimiento, los libros de familias, los originales de los DNIs, las antiguas testamentarías... Entre todos, ya llevábamos un cachondeo metido en el cuerpo. Yo me reía porque creía que no tendría que asistir al acto notarial por aquello de que la herencia de la abuela pertenecía sólo a mis hijos. Ninguno de los tres quería llamarme para decirme que sí, que tenía que estar, que no podía faltar por aquello de que mi suegro -como hicieron casi todos los antiguos- no le dio la real gana de testar y, al fin y al cabo, yo tenía una parte.

Cada día era un tropiezo porque el notario pedía papeles y más papeles, y todo para un piso en "El Tardón" que no van a pagar por él más de 60.000 euros. Cuando nos dimos cita en una calle casi tocando a la Plaza Nueva sevillana, donde radica su ayuntamiento, niños y cuñados ya fueron tirando sus perdigones: ¡Papá, ¿has traído el bonobús y el recibo de la comunidad de vecinos, por si te lo pide el notario? ! ¡Espero, cuñao, que te hayas acordado de traerte el carnet de el Betis, antes de que baje a Segunda! ¡Emilito: ¿seguro que traes la tarjeta de descuento del Carrefour?... La preparación para la lectura del acta notarial ya tenía su morbo, pero aún más lo tuvo cuando nos citaron a las 9'50 de la mañana -con lo que mi hijo Emilio y yo tuvimos que salir de noche de Córdoba, con un frío glacial, para tener tiempo de llegar y aparcar- y el notario hizo su entrada triunfal en el despacho de amplísima mesa -como todas las notariales- a las once y algo; él, casi seguro que desayunado; nosotros, sin haber tomado ni un descafeinado y media tostada. ¡Y eso que lo cobran de oro!

Bueno, digamos que es lo de menos. Lo demás es que el notario tampoco parecía que, a pesar de haber desayunado, estuviese muy activo, porque no daba una sobre los informes que tenía en la mesa, y cuando empezó a leer, con una parsimonia de ejercicios espirituales, no acertaba nada en la tómbola. De mi suegro, nacido en 1909, dijo que se había casado en el año 1988, con lo de que ninguna manera cuadraba con mi boda con su hija en 1972 y con el nacimiento de mis tres hijos y cinco nietos. ¡Comenzaron las risas sordas de esta canalla familia! No acertaba con el pueblo vallisoletano en el que nació; le puso tres apellidos a mi suegra; no dio ni una en ninguno de los nueve DNI; siguió en su tema..., y yo miraba a mis hijos, que se estaban descojonando de risas para estallar, hacía lo propio para no pegar yo una carcajada, y el colmo fue cuando ya dijo que mi mujer -tristemente desaparecida el 30 de enero de 2012- dejaba como herederos a sus tres hijos y a aquellos que pudiera tener en el futuro. No yo, como viudo, sino mi mujer. Mi hija Myriam lloraba a lágrimas vivas por contener la risa y no tuvo más remedio que salir de la sala e ir al cuarto de baño; mi hijo Pablo, al que yo no quería ni mirar, porque iba a hacer lo mismo que su hermana, sollozaba de risas a mi lado; yo me tapé con mi clásico sombrero de invierno; y a mi hijo Emilio, a mi vera, casi ni quise mirarlo porque sabía que, como buen carnavalero, podía formar el taco. Firmamos, al final, con la decencia de estos actos, pero, cuando bajamos a la calle, no tuvimos más remedio que llorar de risa, de soltar ese torrente que nos había embargado mientras que el notario -le puede pasar a cualquiera-, totalmente despistado, no daba una a derecho después de cerca de un mes pidiéndonos hasta un análisis de las cerillas del oído.

Sólo hay que conocer a esta familia, a mi familia, para entender lo que nos ha pasado a todos. Lo que hemos vivido hoy se añadirá, sin duda, a la "gracioteca" de esta familia singular que siempre sabe poner una carcajada a su vida. ¡Ayer, ganamos por K.O. al notario más pesado y olvidadizo del mundo!

lunes, 18 de noviembre de 2013

DESDE MI TORRE: DOS EMOCIONANTES CUMPLEAÑOS


Este fin de semana, dos cumpleaños me convocaban, dos hermosos y emocionantes cumpleaños: los siete de mi nieto Pablo -oro de lujo en su pelo y sonrisa eterna en su rostro- y el de mi queridísimo amigo Juan Cembrano, que ya reunía, gracias a Dios, setenta años de almanaque. Lástima que los dos coincidieran en el mismo día de celebración, aunque el de mi nieto fuese el viernes, día 15, y el de mi admirado Juan, el día 13. Pero ya se sabe que siempre es mejor un fin de semana para que familiares y amigos puedan asistir a una fiesta común en la que siempre reina la alegría.

La variante está en que mientras mi Pablete sabía y esperaba la presencia de sus abuelos, de sus tíos y primos, y del gran montón de regalos que iba a recibir -sin faltar la nave de "Star Warts", Juan Cembrano no tenía ni idea de la encerrona que le tenían preparada, a las ocho y media de la tarde, en la hospitalaria casa que tiene en la aldea de El Rocío, a la que se escapa siempre que tiene dos minutos libres. Su deliciosa hija Ester -o Esther, que ambos nombres son válidos-, me llamó hace unos días para invitarme sabiendo de la gran amistad que nos une, cuya generosa invitación decliné por coincidir con la de mi nieto. Aunque buscando un punto intermedio -que siempre existe- llegué al acuerdo con ella de hacerle un soneto de mi cuño a su padre, que lo imprimiese, lo enmarcase y que alguien lo leyese en mi nombre. Y así se hizo. Juan no sabía nada de nada, y a la hora prevista, con muchas docenas de familiares y amigos esperando con las luces apagadas, a la vuelta de su paseo se encontró con la tremenda e inesperada sorpresa cuando su nieta pulsaba el interruptor de la luz y todos le aplaudían cantándole a compás el célebre cumpleaños feliz... Miren la cara de asombro que se le quedó al bueno de Juan: la que se le queda siempre a todos los hombres de buena voluntad cuando reciben la lluvia del amor.


Ante una señal telefónica de nuestro común amigo José Luis Jiménez -autor de la fotografía-, tuve la gran satisfacción de felicitarlo, mientras me daba las gracias por ese sencillo soneto macarrónico, a mi modo, que dice así:

Setenta años, Juan, que son setenta
los que has dado a una vida tan lozana
sobre el valle bendito de Triana
con una Estrella al lado que te alienta.

De tus amigos siempre te alimenta;
de tu familia, tu pasión se ufana,
y conviertes el gozo en filigrana
haciendo mucho bien sin darte cuenta.

Hoy te rodean aquellos que te aman,
que te quieren y miman, que te adoran
porque es tu bonhomía su sostén.

Todos te piden, todos te reclaman
y hasta en sueños el día conmemoran
cuando en ese Rocío cumplas cien.



A no muchos kilómetros de El Rocío, en Valencina de la Concepción, nuestra fiesta seguía tras una paella extraordinaria que le salió a mi hijo Pablo, aún siendo para tantas personas. Se encontraba ufano y orgulloso de tantas felicitaciones. Es verdad que le salió de lujo. A ella se sumaron las múltiples tapas, el salmorejo, las gambas de Huelva traídas por mi hermana Esperanza, los postres... Son unos genios preparando fiestas al por mayor. Y digo al por mayor porque entre abuelos, cuñados, titos, primos y agregados, al final formamos un montón, menos mal que muy bien avenidos y con un envidiable sentido del humor, al que hay que sumar el arte musical de todos. Ahí tienen  en la foto a tío y sobrina interpretando una pieza clásica al piano y la guitarra -mi hijo Emilio y mi nieta Irene-, tras la que siguió el concierto, los chistes, el cachondeo y la guasa gorda que nos traemos cuando estamos juntos.

Y como al arbolito hay que enderezarlo desde chiquitito -según reza el refrán-, ahí tienen a mi pequeña Lola no perdiéndole la melodía al piano de su prima. Con cuatro meses, no se puede esperar más.


Lo dicho, amigos, dos emocionantes cumpleaños que viví de distinta manera: uno desde la cercanía inmediata y, el otro, con mi corazón en El Rocío, junto al de mi amigo Juan, al que le prometo asistir cuando llegue a los cien y se celebre ante los pies de la Blanca Paloma. Con gente como la que tengo alrededor, la crisis es una anécdota que pasa de tarde en tarde. ¡Felicidades públicas a los dos!

miércoles, 13 de noviembre de 2013

DESDE MI TORRE: OTRO PASEO POR MI TIERRA


Aunque he vuelto a mi tierra varias veces seguidas, todas fueron por compromisos familiares, y necesitaba, como el pez necesita el agua, dar uno de mis clásicos paseos en solitario, sentir la luz de mi ciudad y hacer mi clásica visita adonde está su epicentro: el altar de la Virgen de los Reyes. Hacía un día de verano en Sevilla, aún caminando a las medianías de noviembre, y el sol acentuaba los perfiles de callejas, edificios y hombres. El AVE me dejó donde me debe dejar en tan sólo cuarenta minutos, y un taxis me acercó adonde van siempre mis pisadas, a los pies de la mismísima Giralda para tocar con mis manos sus sillares nobles y contemplar que no habían hecho ninguna barbaridad con ella por aquella de la modernidad. Paseo por la avenida con el horrible tranvía cuajado de publicidad, paseo a la plaza del Salvador y entrada a su templo, donde -aún siendo cristiano- se me pidió el DNI para pagar o no pagar si era sevillano o no. Ya saben, si no son sevillanos, aunque sean cristianos, pues a pagar para rezarle a tus devociones. ¡Vaya cara la de esta iglesia posconciliar! ¿Sabe algo de cómo se cuece esto en Sevilla el papa Francisco? Igual pasa en la Catedral, aunque son más finos: puedes acercarte a la Virgen de los Reyes, faltaría más, pero no al retablo mayor de la Catedral, a sus capillas, a observar, simplemente sus grandezas, so pena de aguantar una cola de dos horas y enseñar tu DNI..., y ser sevillano o no. ¿Se ha convertido la Iglesia en una sucursal de la DGS? ¡Cosas, incomprensibles, pero cosas!

Tras el breve cabreo con el clero -que ya he denunciado varias veces en estas páginas-, me dediqué a rutar con el navegador de mis sentimientos para pisar calles que hacía años no pisaba. ¡Qué pena de tantos comercios antiguos muertos en el corazón de la ciudad! No reconocí las calles Córdoba, ni Lineros, ni Puente y Pellón..., y cuando llegué a la plaza -antiguamente hermosa y romántica- de la Encarnación, me encontré con ese bodrio arquitectónico -que jamás había contemplado, sólo en fotos- de las llamadas "setas", tituladas oficialmente, por al ayuntamiento que regentaba Alfredo Monteseirín, con el nombre rimbombante de "Metrosol Parasol", una cosa tan modernísima y fuera de entorno como para ponerle una bomba. ¡Qué desastre, Dios, qué desastre esta Sevilla que ha querido parecerse a todas las ciudades más modernas del mundo para convertirse en un ridículo de sí misma cargándose a golpe de piquetas todo su patrimonio de iglesias, calles, plazas, rincones y palacios...!


Volví mis pasos tristes -recordando tiempos en los que mi padre me hacía conocer la ciudad- hacia la plaza de La Campana, que ya empezaron a cargarse a partir de los años sesenta, aún siendo alcalde de ella un paisano de mi arrabal que, además, era Catedrático de Arte; no sólo la plaza más sonora de Sevilla, sino la del Duque, la de la Gavidia, la de la Magdalena..., piezas de derribos: rejas, artesonados, puertas y esculturas que hoy están en los más exquisitas mansiones de Holliwood.

No encontré nada que no tuviese, o que fuese muy importante para mi modesta biblioteca, en la librería Beta, situada donde estaba el antiguo cine-teatro Imperial, de tan buenos recuerdos. La pasta se cargó todo. La calle Sierpes, que recorrí desde esta plaza a San Francisco, es una más de este país: las mismas tiendas de diseños, la misma ropa, los mismos rótulos... ¿Qué más da estar en Sevilla, en Córdoba, en Nueva York o en Berlín? ¿Adónde se fue el aroma de esta calle jaranera, calle de tratos, de olor a café Catunambú, de tratantes, usureros y prestamistas, de fiscales y abogados camino de la Audiencia cercana, de casa Damas y de Rubio, el de los paragüas y abanicos, de los círculos clasistas de señoritos, de los loteros mermando colas de la administración de Sagasta, de las beatas de la capillita de San José...? Sólo Maquedano -no sé qué generación- quiere ponerle sombreros a quien ya no los usa desde la República, a excepción de algún bohemio, como yo, al que tildan de locos.

Menos mal que en "Casa Moreno", con el trato amable de mi tocayo Emilio, trianero, además, para más señas, me tomé una cerveza a gusto y recibí la visita programada de mi dilecto amigo José Luis. ¡Ay, esos increíbles montaditos, marca de la casa, de esa especie de tienda de comestibles con minúscula barra trasera! Nos fuimos a la antigua carretera de Carmona para visitar el bar que nuestro amigo bloguero, mejor amigo y excelente poeta, José Luis Tirado, tiene en esa avenida con el nombre de Sevilla. Nos atendió a cuerpo de rey y hablamos de lo humano y lo divino, pero claro está que cuando digo lo que digo quiero decir que hablamos de Flamenco. José Luis regenta el bar, busca tiempo para escribir, y muy bien, toca la guitarra, tiene un coro de campanilleros de mucha solera y -¿puede tener tiempo libre este hombre?- se preocupa por asistir a conferencias, presentaciones de libros, espectáculos... ¡Gran persona, sin darle coba por su amable invitación, tantas veces aplazada por mi culpa!

Y ya sí: vuelta a mi barrio, vuelta a Triana, vuelta a mi nacencia. Pasar el puente -que puede parecer una majadería- es recobrar la salud en dos tiempos, morder el palodú de tus raíces, reencontrarte con toda tu vida en un segundo. Elisa, que nos estaba esperando desde rato muy largo, nos esperaba con su eterna sonrisa a orillas del Altozano. Para nosotros, bastaron unas chirlas riquísimas y unos boquerones pequeñitos, casi como los malagueños. Pero ese aire de la acera de San Jacinto, esa sabor a mar que aún entra desde Sanlúcar a Triana, esa serenidad, ese sentirte en tu pueblo y metértelo entero en tu piel por la epidermis, no tiene precio...

Por eso, cuando me despedí de ellos con un beso cálido de agradecimiento y cogí un taxis en la plaza de mis juegos infantiles, y volvía a mi destino, mis ojos se movían en todas las direcciones: en la torre cobalto de Santa Ana y en el río y arrabal que me dejaba atrás, en mi puente y en mi casa de crianza, en las esquinas de mis juegos, en mis padres paseando por sus calles...

Voy siempre lleno de ilusiones nuevas, y siempre me vuelvo cargado de nostalgias y recuerdos de los tiempos idos, que jamás podré recuperar.


lunes, 4 de noviembre de 2013

DESDE MI TORRE: UN DÍA PARA RESUCITAR


Fue anteayer el Día de los Difuntos, en el que todos nos acordamos con tristeza de nuestros seres queridos, familiares y amigos, que la vida nos arrancó en muchas hojas del almanaque. Pero en este noviembre que está jugando al despiste climatológico, anteayer parecía primavera y el día nos invitaba a resucitar, a gozar y desembarazarnos de esas vendas que muchas veces no logran tapar nuestras heridas. Tenía ganas de volar un poco, cogí una vez más ese milagro que es el AVE, y en la estación sevillana me esperaba el abrazo y los besos de mi hija para llevarme a su casa, situada en ese otero de encanto que es -o fue- el Aljarafe. Mis nietos me ofrendaron sus mejores besos y sonrisas, y el día fue pasando entre juegos en el parque cercano, delicioso yantar y visionado de algunas películas de entretenimiento que sólo disfruto cuando estoy en compañía de ellos, riéndome como si fuese un chiquillo más.

Al día siguiente, el sábado, me tenían preparada una sorpresa, y nos encaminamos, con la compañía de unos vecinos a la bendita sierra de Huelva, que hacía años no visitaba. En la conocida Venta del Alto, nos esperaba mi hijo Pablo con su mujer y mis otros dos nietos. ¡Qué felicidad! Y entre paisaje de dehesas, pinares, encinas, alcornoques y robles, avasallándonos los castaños a medida que nos acercábamos a nuestro destino, llegamos a la hermosa y pequeña aldea -266 habitantes- llamada Castaño del Robledo, donde hicimos la primera parada para que el grupo se desplazase a pie por un sendero, paralelo al río, que llevaba a Galaroza, población donde, curiosamente, se fabrican las llamadas sillas y mesas "sevillanas", esas que decoran las "casetas" de nuestra feria y los tablaos flamencos. Decliné la larga caminata y me quedé en la pequeña aldea, caminando por sus angostas calles, fotografiando todos sus perfiles y visitando su iglesia parroquial de Santiago Apóstol, que data del siglo XVI.


Fue una maravilla pasear en solitario por aquellas callejas llenas de sorpresas y rodeado de fuertes robles y altos castañares que estaban cuajados de ese exquisito producto que cientos de visitantes se encargaban de recoger de las cunetas, en las que los coches formaban una especie de oruga metálica variopinta. Bajé al lugar de inicio y, tras una refrescante cerveza, comencé a bichear por entre las vitrinas de una tienda que ofrecía toda la maravilla de productos cárnicos del cerdo que gozan de fama mundial con los nombres de Jabugo, Cortegana, Aracena... No dudé en comprar algunas cosas, aunque pueda dispararse una vez el colesterol, eso a lo que le teme el personal y que no existía -que yo sepa- en los años que me tocó vivir de la posguerra. Y me llamó mucho la atención un puestecillo muy bien montado, al cargo del que estaba un hombre fuerte como un roble de la tierra, moreno de sol y con unas barbas como la de un antiguo fraile capuchino: manzanas, calabazas, castañas, almendras, nueces, avellanas, pasteles de la tierra... La vista se me hizo niña y no me pude resistir a comprar de todo un poco, apañando con antelación la despensa de frutos secos de cara a la próxima Navidad. Regateé con el barbudo -no sé comprar si no regateo- y se portó en el trato excelentemente bien. Es lo que tiene hablar entre gitanos.


De vuelta los hombres para recoger los coches, abandonamos la hermosa población -el pueblo más alto de la provincia de Huelva- y nos encaminamos a recoger a las mujeres y a los críos a Galaroza, aquella que nombraba el célebre "Mirabrás" que cantaba don Antonio Chacón. Una cervecita allí para abrir boca y rumbo a Fuenteheridos, que parecía estar de fiesta por el gran ambiente que se vivía en su plaza. No se cabía por ningún lado y tuvimos suerte de encontrar una amplia mesa para todos. En Fuenteheridos, en su misma plaza, nace el río Múrtigas, dando buena cuenta de ellos una placa cerámica y una docena de chorros que manan agua abundante. Fotos y más fotos. Buena comida. Compra de caprichos para mis nietos. Una temperatura de ensueño y un paisaje sobrecogedor. ¡Una bendición!


Y así, así, un Día de los Difuntos que me hizo resucitar junto a mis hijos y mis nietos, que me hizo entender que la vida seguía su rumbo y que muchas veces hay que buscarlo y no meterse en el caparazón de la tortuga. Di gracias a la vida por haberme dejado esa herencia y por la alegría que recibo al lado de los que me aman, que saben compartir mis tristezas y que me animan siempre, como anteayer, a ver la vida con los ojos del gozo. Ahí va una selección fotográfica de un día inolvidable que ya he marcado en el almanaque con una sonrisa. Espero que os guste.







domingo, 20 de octubre de 2013

DESDE MI TORRE: UN DÍA MUY FELIZ CON LOS MÍOS


Ayer, muy de mañana, cogí el AVE para estar en mi barrio de Triana, disfrutar andando sus calles, las de mis memorias de siempre, y asistir a la boda de mi guapísima sobrina Irene, celebrada en la recoleta capilla de la Hermandad de la Estrella, en pleno corazón de la espina dorsal del arrabal. Así de feliz estaba ella -con rostro símbolo de la "casa"- y mi cuñado José Antonio, una de las personas más buenas y sensatas con las que he podido encontrarme en la vida. Lástima que su hermana, mi mujer, ya no viva para disfrutar de estos actos familiares que a ella tanto le gustaban. Pero viendo el rostro de mis hijos, de mis nietos, y las huellas de mis muchos sobrinos, su bonita imagen siempre aparecía en el perfil de los ojos y en la sincera y franca sonrisa que todos ellos han destilado y que llega hasta nuestra actual generación.

El día amenazaba con mucha lluvia, según todos los pronósticos, pero no pasó del susto que reflejaban los de los hombres dedicados a la ciencia o estudio de la meteorología. Se equivocaron todos en este día que se hubiese convertido desdibujado. "La Valiente", Nuestra Señora de la Estrella, que tanto sabe de vendavales a los largo de 500 años, no quiso que el día se desluciera y nos regaló el premio de un día feliz sin enojantes chaparrones.

Mi amigo Ángel Vela acudió a la puerta del templo a llevarme unos libros: el suyo "Triana, la otra orilla del Flamenco (1740-1931)" y el del Pregón de la Velá de Santa Ana que ofreció este año la poeta sevillana Rosa Díaz. Yo también llevaba libros -mis regalos de siempre- para mis dos nietos mayores. A mi Daniel, el mayor, uno que me había pedido de Gerónimo Stilton; y a mi Irene -la segunda de la saga-, la "Suite Iberia" de Albéniz para que empiece a practicarla en el piano. Nunca hay que desaprovechar una visita al barrio.


La celebración no pudo ser más hermosa, con música inicial de "La Primavera" de Vivaldi y el "Aleluya" de Händel para la ceremonia nupcial. Tras la celebración, y a las puertas de la capilla, el arroz y los pétalos de rosas, las sonrisas de pequeños y mayores y la alegría de estar todos compartiendo un día feliz. En una hacienda señorial de la cercana localidad aljarafeña de Espartinas se celebró el ágape, al que no faltó ni sobró nada, y que se selló con bailes y más bailes por parte de los marchosos. A esa hora ya volvíamos nosotros para Córdoba con la pequeña Lola, comentando el hermoso día que habíamos pasado. ¡Felicidades a mis sobrinos Irene y José Daniel!


lunes, 14 de octubre de 2013

DESDE MI TORRE: LAS BENDICIONES DE UN DÍA OTOÑAL



Ayer pensaba haber viajado a mi barrio para asistir a la misa que, en la plaza del Altozano, ofrecía la bicentenaria Hermandad del Rocío de Triana con motivo de esos doscientos años de creación. Incompatibilidades con los horarios de los trenes y la hora de la ceremonia, me impidieron hacer el viaje y haber podido gozar de unas horas de asueto con mis amigos. Opté por lo que hago todas las mañanas: la llamada "Ruta de los 24", para ir a visitar a mi pequeña Lola y disfrutar de ella un buen rato. El día era hermoso e invitaba a acercarse a la cercana sierra -la que cantase Antonio Machado-, o dar una vuelta por la ciudad, que siempre es un bendito ejercicio para los ojos por sus mujeres y por sus monumentos, y para el gozo del espíritu.

Opté por lo segundo, y aunque el sábado ya estuve brujuleando por la treinta y tres edición de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, me acerqué de nuevo para espiguear por sus mesas y estantes, aunque cada vez traen más libros de saldo y menos libros interesantes de viejas ediciones. Pero siempre encuentra uno algo y a muy buen precio, que no están las cosas como para hacer gastos suntuosos. Había ambiente, mucho ambiente familiar en torno a las "casetas", y los padres se afanaban en comprar a sus hijos esos libros de cuentos y aventuras al que suelen aficionarte a la lectura con el paso de los años. Siguen siendo los libros infantiles los grandes triunfadores de estas ferias anuales que recorren todas las ciudades de nuestro país, siendo tal vez por eso que el gremio de libreros monta una gran cantidad de actividades paralelas para que los pequeños se lo pasen de lo lindo.



El día soleado y luminoso, con la temperatura ideal de este tiempo, olvidadas ya las rigurosas calores veraniegas, invitaba a pasear tranquilamente, a escuchar con atención a los músicos callejeros y a sentarse, para darle un vistazo rápido a la compra, en las muchas terrazas del bulevar. Sólo se escuchaban las voces de los niños, alegres en este domingo de paseo, las baladas musicales y el murmullo de la gran fuente del paseo. Las bendiciones de este día otoñal caían del cielo como un regalo de Dios o de los dioses.

Nada mejor que dejar llevarse en los pasos con el afán del día. La obligada cerveza tuvo su tiempo y hora en el casi recién estrenado Mercado de la Victoria que, al estilo del madrileño de San Miguel, es lugar para pasar un buen rato y encontrarse con viejos amigos al amparo de una buena tapa y una necesaria conversación. Vuelta a casa y la última "paraíta" en el "Cosso", en el hermoso recinto que ha abierto mi amigo Diego Jordano en uno de los soportales de la plaza de toros cordobesa. Lectura a la prensa del día con todas las calamidades y siniestras noticias a que nos tiene acostumbrados; reflexiones interiores en esos minutos de soledad, y a almorzar para mantenerse en pie. No hace falta más para sentirse un hombre feliz y dar gracias por cada día que la vida nos regala.


domingo, 13 de octubre de 2013

DESDE MI TORRE: ONCE AÑOS


Fue ese día del pasado año, uno de los más felices de mi vida. Mi nieto Daniel, el mayor de una dinastía que ya cuenta con cinco miembros nuevos, era feliz, muy feliz, y no digamos nada de su abuelo, al que se le caía la baba recordando el mismo día de su felicidad ante el altar de la Virgen de la O, los pocos regalos -no como ahora-, y los pastelillos con el chocolate que nos había preparado mi abuela Emilia en el domicilio de la calle Pureza 35.

Nos separaban muchos años, pero nos unían las mismas ilusiones. Él tiene toda una vida por delante, y yo, su abuelo, más pasado que futuro. La vida es así. El milagro es que nos perpetuamos en la vida de los otros y que siempre tenemos la esperanza de que sus tiempos sean mejores de los que a mi generación les tocó vivir, aunque me preocupa, y mucho, de que lo que deseo pueda hacerse realidad en un mundo tan triste y desolador como este.

Hoy, mi niño cumple once años en otro estado de la vida, junto a sus padres y su hermana, mi querida nieta Sara. Parece que fue ayer cuando, desde que me enteré del embarazo de mi nuera, mi alma se llenó de plena felicidad.

Mi primer nieto me trajo mucha ilusión y no poca inspiración. Tocaba el vientre de su madre palpando el tesoro que vino a descubrirse un 13 de octubre. Viajaba en el AVE y escribía sobre las páginas de un periódico algo dedicado a él, emborronaba cuadernos, cuartillas sueltas, servilletas... Faltaban aún muchos meses para su nacimiento cuando en un viaje de Madrid a Córdoba le escribí estos versos el 5 de marzo del 2002, versos sin pretensiones que, hermosamente enmarcados por su madre, palpitan en su habitación, y que, casualmente, he encontrado en un cajón de mi estudio.


Aún no has nacido
y ya estás en mi verbo,
derramado en mis labios,
robándome los besos
que doy al aire mismo
para estrenar mi aliento.

Aún no has nacido.
Sólo eres un mínimo centro
que se cuajó en el vientre de una madre
que te dio alojamiento
cuando el amor más bello de la vida
quiso en ella hacer crecer tu almendro.

Apenas si eres anda
y ya te has convertido en mi universo,
en la lenta esperanza de los días
y en el motivo principal del sueño
que fantaseo, soñándote que corres,
como ahora corres, nieto, por mis versos.

Aún no has nacido
y ya entrenan mis manos
formas de seda para abrazar tu cuerpo,
y mi cara se pliega en carantoñas
para hacerte reír, y ahora, mi niño,
se ríe de mi la luna del espejo.


Que seas muy feliz, mi rey, y que la vida siempre te sonría. Que nadie venga a amargarte el aire que respiras.

martes, 8 de octubre de 2013

DESDE MI TORRE: ¡QUÉ HERMOSO PASEÍTO!


La verdad es que no me gusta salir mucho desde que murió mi mujer, y que sólo lo hago por necesidades de viajes, alguna charla cercana y poco más. Me encuentro a gusto en casa, solamente rota la paz cuando llega el mensaje de alguna persona que quiere amargarte la vida en dos segundos. Y, algunas veces, lo consiguen. Hoy me animé, bajé a la parada de autobús que está junto a mi portal y me fui para el centro de la ciudad. En ninguna de las dos grandes librerías de Córdoba conseguí hacerme del recién impreso libro de Manuel Chaves Nogales. Se observa que se hace una crítica previa y una presentación en los medios antes de llegar a los lectores. Vale, bien, aunque no esté muy de acuerdo con el sistema. Calientan las editoriales el ambiente -en este caso Almuzara-,  y cuando vas a comprarlo te encuentras que los títulos no están en las librerías, después de esperar más de veinte minutos para que una chica con mucha voluntad, y multiplicada en sus funciones, te atienda tarde para decirte que no, que el libro que estabas buscando aún no ha entrado.

Al menos, esa huida hacia el centro de la ciudad me sirvió para distraerme; para seguir contemplando que la gente está más tiesa que una lagartija en un espejo; que una familia con un refresco puede durar más en la mesa del restaurante-terraza que la momia de Tuntankamom; que en las puertas de las iglesias y de los grandes almacenes, hay más pobres que en  la posguerra española..., y la mayoría de ellos -antes rumanos o magrebíes- son españoles. ¡Una pena, sean de una raza u otra! ¡Viva la UE!

Bueno, me distraje un poco y disfruté, de lo lindo, viendo la imagen de una niña, de apenas tres años, contemplando con una sonrisa hermosa los chorros que adornan la fuente de la Avenida del Gran Capitán, aquel prohombre que hacía las cuentas y jamás le salían. Más o menos como a Griñán en nuestros días o a Rajoy con Bárcenas. Un payaso hacía perritos con globos de colores; un torpe acordeonista nos recordaba algunas viejas canciones de Julio Iglesias y manejaba mal su mano izquierda para dejarnos un tango de recuerdo; un saxofonista, muy viejo, pero muy acorde en su limpieza, pedía para comer y para que alguien le ofreciese un lugar en una orquesta; los mostradores acartonados de las nuevas tarifas de móviles -con guapísimas muchachas de azafatas- adornaban todas las esquinas. La noria de la vida seguía girando, mientras que yo, como un niño, estrenaba de nuevo mi mirada. Desde que me jubilé, en ese mismo sitio de tanto movimiento diario, volvía de nuevo al centro, al corazón de la ciudad, al latir de la gente: más apagada y triste y desmejorada en sus ojeras que cuando dejé de verlas, allí, en el meollo de la ciudad, hace casi cinco años.

Hermoso fue el "paseito". Aprendí mucho, anoté mucho en mis pupilas, escribí mucho en mi alma. Compré tabaco en el estanco de otros días. Me tomé una cerveza en el bar de otros tiempos, donde todos los camareros me creían muerto y me aplaudieron con abrazos y saludos de manos. Volví a aquella fuente cercana que tantas veces decoré con las creaciones navideñas de mi empresa. Vi correr a los niños. Mi visita, sin duda, me devolvió a la vida...

Mañana, mañana mismo, dentro de unas horas, el alba amanecerá por el Este, pero de seguro que vendrá algún malaje para joderte la creación de un nuevo día. 


viernes, 20 de septiembre de 2013

DESDE MI TORRE: LA MUERTE DE RAFAEL DEL ESTAD



Tomo esta imagen del año pasado, cuando a Rafael se le concedió la Medalla de Oro de la Ciudad, antes de tirar de fotos de archivo en la que los dos éramos jóvenes y nos tragábamos la vida a sorbos, a grandes golpes de latidos. Lo conocí hace muchos años, muchos, cuando también éramos muchos los que luchábamos por una Andalucía libre de ataduras y confiábamos en ella misma y en sus hombres. Luego, el pulso soberbio entre Rojas Marcos y Pacheco, nos dejó a todos sin esperanzas. Se murió la enseña blanquiverde, las teorías -abiertas siempre al análisis- de Blas Infante. Falleció el andalucismo cuando apenas si había comenzado la epidemia de su sarampión. Éramos muchos, entre ellos, Rafael, los que creíamos en el despertar de Andalucía, aunque ese despertar se nos quedó, y hasta ahora, en una cabezada incomoda sobre el cojín de nuestros mediocres políticos, a los que, después de la dictadura, los habíamos considerados como héroes.

Me estoy enrollando demasiado, ¿verdad? Bueno, voy a la yema: Lo cierto es que al volver de Barcelona, y meterme en las noticias de mi tierra, me encuentro con este fatal desenlace de mi buen amigo. Ya he dicho que lo conocí hace muchos años, cuando con su compadre Paco Lira nos bebíamos enteras las noches de "La Carbonería" y amanecíamos con algún bohemio pintor, como Ripollet, con sus crestas y barbas llenas de flores, comiendo churros en el "Bar Duque", hasta darnos las horas del Ángelus para pedir la primera copa de manzanilla de Sanlúcar. ¡Viva la juventud!

Y la juventud se nos fue a paso de minutero, y la belleza, y el amor, y todo se fue perdiendo lentamente, sin apenas darnos cuenta. Rafael era guapo, esbelto, delgado, con una figura que atraía como un imán a todas las mujeres; tenía un habla andaluza serena y bella, una matización que dominaba a gusto y una sonrisa que hacía claudicar a las personas serias. Y cuando arrancaba a cantar -cosa que hizo en una etapa tardía, y animado por Paco Lira-, Rafael nos dejó temas inolvidables por "sevillanas": Sevilla es Triana y el Guadalquivir..., aunque, cuando le daba la gana, cantaba por soleá  y por fandangos mejor que el que inventó estos "palos" del Flamenco. Pero me acuerdo más de su generosidad. Su familia era propietaria del Teatro-Cine Nervión, en la Gran Plaza, y ese teatro fue habilitado en muchas ocasiones, totalmente gratis,  pagando él los gastos devenidos, para homenajes a viejos artistas flamencos, como a Antonio "El Sevillano" y "Manolo Fregenal", que tuve el honor de presentar en una mañana de un domingo de los años ochenta. Sus manos siempre las tenía abiertas para el Arte.

Recuerdo que en el año 1983 se cumplía el 15 Aniversario de la instauración de mi empresa en Sevilla, y que mis jefes me encargaron, con algunos miembros de mi equipo, el diseño de los diez escaparates gigantescos que daban a la plaza del Duque, y que dedicamos monográficamente a temas andaluces. En uno de ellos, se nos había ocurrido fabricar un mapa de Andalucía de tamaño gigantesco, realizado en fieltro y tallado en chapa de cobre. Cuando se desmantelaron esos escaparates tras pasar el aniversario, Rafael del Estad, con su inseparable Paco Lira, vinieron a buscarme y con suma timidez me propusieron comprar aquel gigantesco mapa. Los miré fijo y con seriedad en el rostro. Me indicaron que iría a parar al mejor sitio de "La Carbonería": al escenario interior -donde no sé si aún está, o si dicho centro bohemio ha desaparecido en la Judería sevillana-. Les dije que tomásemos café, y así lo hicimos en una nave del Polígono en el que teníamos el taller de decoración. Charlamos de mil cosas y volvimos a la nave donde ellos, extasiados, contemplaban una y otra vez aquel mapa. -¡Bueno, Emilio, qué pasa! -¿Tenéis una furgoneta? -No, pero está aquí en dos minutos. Varias cervezas costó que ellos tuvieran la posesión de lo que tanto querían, pero yo le pedí a Rafael, casi en juramento, que le tenía que dar un concierto a mi gente cuando yo se lo pidiera.

Por aquel entonces, nuestro grupo de empresa tenía en alquiler la sede de un palacio en la calle Santiago de Sevilla, en la collación de Santa Catalina, con un escenario que también había decorado nuestro equipo, y donde los sábados, con llenos absolutos, hacíamos conciertos de flamenco, sevillanas, piano, teatro, tunas, magia... ¡Lo pasábamos genial! Tan genial que casi todas las noches nos daba el amanecer en los rostros. Por él pasaron, entre otros, la bailaora Pepa Montes, su marido Ricardo Miño, y su hijo -pianista- Pedro Ricardo; Ayako Sakamoto; "El Mago Víctor"; "El Turronero"; Enrique Montoya y sus hijos; la Agrupación Teatral "Álvarez Quintero"; María del Monte; Manuel Molina..., y todos sin cobrar ni un solo duro. Las noches eran deliciosas, noches que jamás se irán del recuerdo. El pago era el regalo de una preciosa paloma en bronce dorado, y mucha cerveza, mucha manzanilla y mucho "güisqui"..., y un gran reconocimiento.

Una de estas la llenó Rafael del Estad tras mi llamada, y duró hasta más de las diez de la mañana. Rafael ya era famoso por sus discos y muchas composiciones. Es noche que no se puede narrar. En aquella ocasión, como siempre -ya que era el organizador de aquellos fines de semanas culturales-, tuve el honor y gusto de hacerle la presentación. Curiosamente, ya que tantas veces borro cosas que he escrito de este orden, me he topado con una página en la que se recoge la presentación de esa noche inolvidable. Valgan estos versos macarrónicos y de urgencia para recordar a tan excelente y viejo amigo, al gran trovador de una Sevilla que siempre hemos soñado los bohemios, al gran artista y compositor. Su noticia, al llegar de Barcelona, me ha dejado mudo, y estas son sólo las palabras que han podido salir de mis labios. Rafael del Estad se merece algo más que estos pobres versos antiguos y, por supuesto, la admiración de todos aquellos que aún creemos en una Andalucía  que sólo levantan las fuertes columnas de sus hombres.

A RAFAEL DEL ESTAD, SEVILLANERO MAYOR


 Nació la sevillana como copla
fresca y juncal de antigua seguidilla,
para hacerse la reina de Sevilla
y de los cielos que sus aires sopla.

¿Quién no baila al lamento de un aroma
que nos habla de amor, mujer y cante...?
¿Y qué hombre o mujer no hace un desplante
si una guitarra en flor los aprisiona?

¿Quién en la madrugada no ha llorado
ante la copla llana y verdadera
que un juglar del amor le ha recordado?

¿Y quién cuando la copla se hace río,
marisma y valle y sierra y altamar,
no sueña con amores perdíos, muy perdíos,
no recuerda la esquina de aquel sí
o el perdido rincón de aquel por qué,
o el adiós de la lágrima amorosa
que nos deja en sus labios Rafael?


(26 de septiembre de 1987)

viernes, 13 de septiembre de 2013

DESDE MI TORRE: MI LOLA CUMPLIRÍA HOY LOS 65


Era casi una niña cuando yo la conocí. Tenía catorce años y era una muñeca de fina y bonita. Casi medio siglo nos llevamos juntos sorteando los vaivenes de la vida y dejando en ella a tres hijos sensacionales. Hoy podría haber cumplido los sesenta y cinco y hubiese disfrutado como nadie de sus cinco nietos. Como cuando cumplió los sesenta, le hubiésemos preparado una fiesta de lujo, llena del cachondeo propio de la "estirpe" Jiménez-Moreno. Pocas anfitrionas como ella en días tan señalados como estos. Se volcaba, literalmente, poniendo sobre la mesa aquello que sabía más gustaba a sus hijos, yernos, nueras y nietos. Todos pasábamos una tarde de almuerzo que jamás podrían imaginar los reyes del mundo. Dios no me la quiso ceder unos años más, los suficientes para que yo hubiese desaparecido sin tener que arrastrar esta orfandad y el trago de tan terrible soledad. Aquel día del redondo sesenta, le regalé un soneto enmarcado, aparte de cosas de más valía, un soneto macarrónico y cachondo con el que deseo quedarme hoy en el recuerdo cuando ya sé que es imposible de que vuelva a mi lado.

CUMPLEAÑOS FELIZ

¡Benditas sean loladas de la Lola!
¡Bendita sea la fuerza a su tormenta!
¡Bendito sea el ánimo que afrenta
y bendito el cocido en su perola!

¡Benditas sean las broncas al marido
y a los hijos que están emancipados,
benditos sus despistes controlados,
benditos sus consejos al oído!

Que sean benditas sus sesenta rosas,
sus sesenta sonrisas cada día,
sus sesenta recuerdos y sermones...

Que si todos, al fin, somos felices
es porque de ella somos aprendices
en un huérfano mundo de emociones.