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martes, 28 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (46)


LAS BICICLETAS

Esta fotografía, del fondo de la Fototeca del Archivo Municipal de Córdoba, no tiene desperdicio. ¡Qué contento está este personajillo con su mascota y su bicicleta recién estrenada! Tras el primer sueño del caballo de cartón, el deseo de un niño era tener una bicicleta. Se comenzaba con el clásico triciclo de pedales delanteros, fuerte y recio, para seguir con esta bicicleta de "más mayor", con sus frenos de varilla, sus rodines hasta cumplir el aprendizaje, y hasta su cartuchera de herramientas que iba cogida al sillón. ¡Y a volar, convirtiéndose en un peligro público por calles y parques!

En mi barrio de El Turruñuelo, en una pequeña accesoria de la calle Arnao de Flandes, un amigo de mi padre, Genaro, tenía un modesto taller de bicicletas y las alquilaba cobrando un real por media hora trotando por allí. Por aquello de la amistad paterna, a mí nunca me cobraba, con lo que tenía la oportunidad de practicar a base de bien. Después de caerme diez mil veces, por fin la aprendí a manejar con soltura y gozaba de lo lindo echándome carreras con los chavales de mi edad. ¡Qué tiempos aquellos! Un día atropellé a mi propio mecenas, al bueno de Genaro. No podré olvidarlo.

Ya mi primera bicicleta formal y en propiedad me la regaló mi padre en el año 1963. Estaba yo interno en el Seminario Menor de Pilas, y a nuestros sacerdotes formadores se les ocurrió que sería bueno que todos tuviésemos una bicicleta para hacer excursiones a las localidades cercanas. Nuestros padres seguro que se empeñaron hasta las cejas, pero aquello era una fiesta de cientos de bicicletas que nos harían pasar ratos muy felices. Los días de descanso, con los tutores por delante, viajábamos, con la mochila de bocadillo a cuestas, a Villamanrique, a Aznalcázar, Bollullos de la Mitación, Carrión, Hinojos... ¡Qué maravillosos paseos, que alegría y contento, y qué de deporte hacíamos en aquellos años en los que nos estábamos formando! Nunca se me podrán borrar de la memoria aquellos años en los que fui más feliz que nunca, cuando la vida navegaba bajo mis pies sin otra obligación que divertirme y estudiar para el futuro.

Nunca tuve por Reyes una bicicleta. Con mi amigo Genaro no me hacía falta, y tampoco estaban los tiempos para esos derroches. Tuve que esperar a crecer un poco para que mis sueño, como el de todos los niños, se viera cumplido. Hoy sigo practicando por la ciudad y con un vecino de casi mi misma edad disfruto de lo lindo haciendo paseos culturales: la ruta de las iglesias fernandinas de Córdoba, la de los parques, la del río o la de la Judería y los importantes monumentos. Dale que te pego a los pedales de mi "Trianilla" -que ese es su nombre-, me lo paso fenomenal. Una vez que se vayan los fríos, de nuevo volveremos a esa hora y media diaria de bicicleta que tan bien nos viene y tanto nos reconforta.

Para todos los niños, una bicicleta es la gran ilusión. Para los mayores -lo que son las cosas- pura necesidad.


domingo, 26 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (45)


LOS PREGONEROS

Por la España de aquellos años míseros años de la posguera, era muy habitual ver a este tipo de hombres buscándose la vida vendiendo casa por casa, acompañado por el borriquillo como ayudante de carga, que transportaba en sus serones toda clase de mercadería. En la fotografía de hoy, realizada en Sevilla por aquellos tiempos, podemos contemplar al vendedor de hortalizas con la indumentaria clásica campera, vendedor posiblemente venido de las ubérrimas y cercanas huertas de Gelves y Coria o de las muy ponderadas del Aljarafe.

En mis años de niño recuerdo fielmente cuando vendían los caracoles y cómo los serones eran a manera de un frondoso bosquecillo de hinojos repletos de este exquisito manjar tan apreciado por los sevillanos. El pregón se dejaba sentir por toda la calle: ¡Caracoleeeeeeeeeeeeeeeeees de la Isla! Otras veces, estos borriquillos venían cargados de sandías y melones palaciegos, los mejores de todos los pueblos de alrededor, y el hombre, con voz recia, también dejaba su pregonar: meloo¡Asandías y melones a calá, dulceeeees meloooooones! En otras ocasiones, el jumento estaba cargado con orzas de aceitunas de varios tipos... Recuerdo que allá por 1972, pasaba con frecuencia por nuestras calles un pregonero de aceitunas que cantaba mejor que Pepe Marchena, qué dulzura en su voz, quizás recordando el antiguo pregoncillo, cantado por tanguillos, que recogió Bonifacio Gil en su "Cancionero del campo":

Una niña en er barcón
me preguntó esta mañana
si por fortuna traía
asitunas sevillanas.
Al punto le contesté:
Yo vengo de Dos Hermanas
sólo por traer a usté
asitunas sevillanas,
manjá de pobres y ricos,
de españoles y extranjeros,
con mucho orgullo lo digo:
Aquí está el asituneeeeero.

Por aquello de que la vida sigue y la modernidad, los mercadonas e hipercores y los grandes supermercados de barrio, ya desaparecieron estos entrañables hombres de nuestras calles y se ha quedado mudo el hermoso pregonar de sus mercaderías. Junto a ellos, también se perdieron los pregoneros que compraban ropa vieja, lana, chatarras, botellas y papel. Eran otros tiempos, ni mejores ni peores que los actuales, distintos. Hace muchos años, y cuando ya se estaba echando en falta su presencia, dejé el testimonio de ellos en un soneto sin otra pretensión literaria que el fijarlos para siempre.

Se acabaron las voces aflautadas
que cantaban por plazas y callejas
el cambio, compro y vendo de las viejas
mercancías pulidas y gastadas.

Las aceitunas, verdes y aliñadas,
no son tan ricas ya ni tan añejas
como, desmadejando sus madejas,
las ofrecía un hombre pregonadas.

La lana, las chatarras, las botellas,
el papel viejo y todas aquellas
cosas que ya le sobran a estos valles,

antes tenían su voz que las cantaba
y en rito de pregones salmodiaba.
¡Qué tristes sin pregones estas calles!


sábado, 25 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (44)


LAS NIÑERAS

En mis años de chaval era muy fácil ver por las calles y plazas, por los bulevares y parques de la ciudad, a unas mozas muy relimpias y bien cuidadas, con impolutos delantales blancos, rodeadas de una abundante grey infantil. Eran las niñeras, chicas jóvenes que ante las pocas expectativas de sus pueblos cogían la maleta y, siempre recomendadas por algún paisano, se colocaban en las casas burguesas, a cambio de cama, comida y un mísero salario, para hacer las labores habituales del hogar y, por las tardes, sacar a pasear a los niños de la familia.

En esta fotografía vemos que niños y doncellas se están divirtiendo de lo lindo tocando las palmas mientras una de las niñas baila y el resto de niños permanecen atentos -hasta la niña del bocadillo-, viendo las evoluciones de la cría. Las niñeras siempre dejaron muchas huellas en los niños que tenían a su cargo, eran las que los mimaban, las que los aseaban para salir a la calle, las que los divertían con cuentos, y hasta las que les enseñaban los juegos de corro y esas cancioncillas del folklore infantil que, probablemente, gracias a ellas no se perdieron para siempre: "Quisiera ser tan alta como la luna", "El patio de mi casa", "Cómo planta usted las flores", "El corro de la patata", "¿Dónde está la llave?", "Pasemisí-pasemisá", "La señora Juana"...

Las sirvientas o niñeras, en sus pocos ratos libres, siempre estaban asociadas a la compañia de los "quintos", la mayoría de pueblos como ellas, con los que paseaban tranquilamente por los jardines tomando un helado y charlaban animadamente ligándose el uno al otro. En las familias en las que no había "posibles" para contratar a una niñera, se recurría siempre a las "tatas", que eran vecinas del corral o de la casa cercana que le habían tomado a uno cariño desde el nacimiento. Algunas de estas personas, como a mí me ocurrió con mis "tatas" Ana y Gertrudis, eran más que familiares y verdaderamente nos cuidaban como si fuésemos sus hijos, nos quitaban las liendres y piojillos a la vuelta del colegio, nos daban de merendar, nos curaban las heridas de las muchas caídas jugando a la pelota, perfeccionaban nuestra torpe lectura y hasta nos bañaban los sábados en aquellos lebrillos inmensos de barro, cuya agua se calentaba con el sol que daba en el patio.

Ya de mayor, y conociendo a personas que tuvieron en casa una niñera, o que disfrutaron de una "tata", me he dado cuenta de que jamás la abandonaron de sus corazones, tal la huella que ellas dejaron en aquellos años infantiles en los que se absorbe todo cuanto nos pasa alrededor.


viernes, 24 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (43)


EL GLOBERO

Contra viento y marea, a pesar de las diversas crisis, y en todos los países, se ha mantenido puntualmente el gremio callejero de los globeros, esos hombres y mujeres que acuden con su gran fardo a las grandes celebraciones de fiestas, cabalgatas, ferias y celebraciones patronales, y los fines de semana, aunque en menor cantidad, a los parques que se extienden por las grandes ciudades. Pocas cosas hacen más ilusión a los pequeños que el mantener un globo en sus manos y, si es de gas, mejor que mejor. Lo malo es cuando el globo estalla, o se escapa, al compás de sus juegos, y la llantina se hace irremediable. O los padres le compran uno nuevo, o hay llanto para rato.

Los globeros no se pierden por Navidad buscar el mejor sitio en las puertas de los grandes almacenes, paso obligado de la grey infantil acompañando a sus progenitores. Se les ve -no pueden fallar- por las cabalgatas de Reyes. Piñas y piñas inmensas de variopintos colores se elevan por el paisaje de una muchedumbre que espera con ilusión las carrozas. No fallan en ninguna feria o romería, y algo de beneficio tiene que dar el negocio cuando vuelven año tras año a sus sitios comunes. Los globos, que tan de moda se han puesto ahora en los cumpleaños de los peques, y cuya presencia tanto decora, son un auténtico estorbo cuando los lleva un niño en la mano entre tanta algarabía. Milagro es, a veces, que un globo pueda durar más de diez minutos sin estallar o escaparse, o ser incendiado, sin querer, por algún fumador incansable.

En mis años de niño no existían esos globos con formas de peces, pájaros o escudos de equipos de fútbol, ni siquiera los atractivos de gas. El globo, más grande o pequeño, según el dinero que tuviese el padre en la cartera, era liso y normal, atado a la punta de un junco curtido, pero eso nos hacía felices, aunque la felicidad durase el tiempo que su efímera vida.

Dentro de poco, una vez pasado el Carnaval, los globeros volverán a ocupar las calles y plazas en el mismo momento que llegue el Domingo de Ramos, y las pupilas se nos iluminarán viendo esos fardos volar sobre el caserío, quizás recordando aquellos tiempos idos del "trapero" que nos regalaba un globo a cambio de las prendas viejas de la casa o las botellas inservibles. ¡Ojalá que nunca falten niños prestos a llevar un globo en la mano, señal de que algunas señas de identidad de la infancia no han desaparecido!


jueves, 23 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (42)


¡Qué hermosa y nostálgica fotografía esta que nos envía nuestro amigo José Manuel Holgado del retratero callejero! No sé si quedarán algunos todavía por ahí, por los parques y jardines de nuestras ciudades, que es donde se situaban para hacer su negocio, retratando a niños y mayores subidos en el caballo, o a los "quintos" con el ligue a punto de las niñeras y sirvientas.

Con la llegada del "fotomatón" y su implantación en grandes superficies y centros de ocio, al querido gremio de la fotografía ambulante le fue bajando el negocio hasta llegar a su extinción. Estos profesionales eran unos auténticos artistas. Parece mentira que, con esas cámaras colocadas sobre el recio trípode de madre y el cubo de cinz para los ácidos, el metol y el hiposulfito, pudiesen sacar imágenes que, aún sepiadas, se dejan ver todavía en los antiguos álbumes familiares. 

En Sevilla, eran famosos los retrateros que se apostaban en la Plaza de España del Parque de María Luisa y en la Plaza de América -para retratar a los niños con cientos de palomas alrededor-, y aquellos que tenía su territorio en los cercanos Jardines de Murillo, zona de paseo muy frecuentada por reclutas y marmotas. ¿Sabe algún bloguero si aún queda en la ciudad alguno de estos nostalgiados fotógrafos? 


miércoles, 22 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (41)


LOS CARTELISTAS

Con las grandes pantallas y truss realizados con modernísimas maquinarias de impresión digital, el oficio de cartelista de "a gordo" se ha perdido para siempre. Antiguamente, para anunciarse, y que se viera, había que recurrir a estos maestros del pincel que, en un santiamén, te pintaban una cartelera gigantesca en el cine Imperial o en el teatro San Fernando, anunciándote "Lo que el viento se llevó" o un espectáculo de Pepe Marchena. Eran artistas, algo borrachines y muy bohemios. El temple a la cola era su materia común, y brochas y más brochas. En los talleres que había en Sevilla, entre ellos el de Antonio Bautista, situado en la Avenida de Coria, en el edificio donde hoy se encuentra "Mariscos Emilio", trabajaban grandes artistas que después dieron una imagen grande como pintores, caso, el más preciado, del cotizado acuarelista José González, del propio dueño, o de mi compadre y compañero de trabajo Manuel Chávez, o de Ramón López.

Siempre existía el maestro -ese era González- que encargaba cuadricular el gran telón para ir dibujando las imágenes con la sola muestra de un prospecto de mano. Una vez realizado el dibujo, los ayudantes iban metiendo fondos y rellenando espacios y, hecho esto, el maestro, con dos golpes soberbios de brochas y pinceles, y otros dos de tinto peleón, dejaba a Vivien Leigh, Leslie Howard, Olivia de Havilland y Clark Gable más bonitos que la madre que los parió. Al día siguiente -porque el trabajo se solía hacer en una sola jornada, tal era la habilidad y maestría-, la de un espectáculo de Caracol con La Faraona, el anuncio de la representación de Don Juan Tenorio, o un gigantesco telón publicitario de "Lavadoras Bru". No sé si era la edad, las ganas y energías de vivir, o la tendencia natural de la misma a la guasa y al cachondeo, que para estos artistas el trabajo era una auténtica alegría. Cubos por todos sitios, unos con agua y otros con el temple recién hecho, brochas supercuidadas, babys que eran un auténtico puzzle de colores, tinto a granel y, curiosamente, mientras se pintaba siempre se cantaban canciones de las folklóricas: Marifé, Juanita Reina o La Piquer. ¡Qué mundo! ¡Quién pudiera regresar al filo hermoso de aquellos años!

Esta fotografía está tomada en Los Remedios. Era el solar que estaba frente por frente en donde hoy se alza la Jefatura Superior de Policía de Sevilla, esquina de López de Gómara con República Argentina. A mi empresa se le ocurrió montar una carpa allí y hacer su desfile de modas de Otoño, que fue presentado por los actores Lola Herrera y Manuel Tejada, y amenizado por las canciones y el humor de los componentes de un grupo que hacía un programa en TVE: "Escala en Hifi". Y ahí me ven, acompañado por mi inseparable compañero José Luis Torres -pintor y campeón de lucha libre-, pintando en dos días 360 metros lineales de valla enladrillada -con lo difícil que es eso, por aquello de  las rugosidades- con el texto "EL GRAN SHOW DE LA MODA".

Hoy, daría dinero por estar de nuevo allí metiendo la brocha en el cubo de plástico negro y perfilando textos y metiendo fondos..., pero ya no puede ser. Ni ya puedo disfrutar de aquella alegría de la juventud ni el tinto me sienta bien. Y el tinto, no les quepa duda, era el mejor aceite para el motor de los grandes cartelistas, aunque en esta materia siempre he sido un meritorio. ¡Qué pena de gremio desaparecido!


martes, 21 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (40)


LOS LACEROS

Ya apenas si se ven perros vagabundos por las calles, e ignoro si siguen existiendo esos empleados municipales, diestros en manejar el lazo, que cogían a los perros para llevarlos a la perrera. En mis tiempos de niño, allá por El Turruñuelo, era muy habitual verlos de vez en cuando a la caza de esos perros vagabundos que tantas enfermedades transmitían. Para los críos, la llegada de los laceros era todo un espectáculo. Nos apostábamos en las puertas y no pestañeábamos mientras duraba la caza del pobre animal, que iba a parar a un carro como el de la fotografía. Los chillidos de esos pobres vagabundos cuando se veían atados y posteriormente encerrados en el carromato, aún no se han podido olvidar de mi mente. La operación era cruenta, muy cruenta, pero los niños, a falta de otros distraimientos, lo pasábamos en grande.

Hoy, la adopción y compra de perros se ha multiplicado de una forma gigantesca. No podría decir con exactitud cuántos hay en mi bloque, pero forman legión. De siempre se ha dicho que el perro es el mejor amigo del hombre, y así parece ser por la cantidad que existen en todas las ciudades. Lástima que la mayoría de sus dueños sean tan guarros y tan incívicos que no recogen nunca sus excrementos. Deberían volver los laceros, pero para echarle el guante a estos ciudadanos que no saben vivir en sociedad.


lunes, 20 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (39)


LOS CANASTEROS

Los gitanos canasteros tienen todo un romancero a sus espaldas. Los mitificó Lorca, los encumbró Camarón de la Isla, los rimaron los poetas con la orilla de un río cercano y los cantaron sevillanas, fandangos, seguiriyas y soleares. Quizás ni el propio gitano canastero haya sabido nunca de tanta atención por su oficio, o por su imagen, como le profesaban poetas y poetastros. No creo que eso les llamase jamás la atención, si es que verdaderamente conocían tanta literatura alrededor de su figura. En una entrevista radiofónica que hice hace muchos años al jesuita Carlos Muñiz, y ante la pregunta de cuál sería el sentido más claro de la libertad del hombre en el mundo actual, me dijo, más o menos al pie de la letra, que a él le maravillan los gitanos canasteros, que los admiraba de verdad. No tenían preocupaciones, se asentaban a la orilla de un río, que es donde está la vida, tienían la materia prima para sus labores, podían comer de él con cierta habilidad, recibían el sol y el silencio del campo, laboraban con tranquilidad y sin presiones, vendían si podían sus artesanías y dejaban pasar la vida en plena contemplación de la cósmica Naturaleza. No le faltaba ni un ápice de verosimilitud a esta opinión de tan cualificado catedrático.

Durante 30 años, el gran artista sevillano Manolo Caracol regentó en Madrid el tablao flamenco más famoso de su tiempo: "Los Canasteros", aunque de gitano canastero tenía más bien poco su dueño. El apelativo de "canastero" va asociado siempre al mundo gitano, a pesar de que ya son pocos los que quedan por estos lares del país. En mis varias visitas anuales a la Sierra de Cazorla, casi a la altura de Cotorríos, aún existe una casucha amable, chimenea incluída, que habitaba un gitano dedicado a estos menesteres, que un buen día desapareció y del que no me han sabido dar norte los dueños del cercano hotel en el que siempre me hospedo: "El Mirasierra". Son así, y es una felicidad: hoy aquí, mañana allí. Antes, se los encontraba uno por los linderos de Úbeda y Los Villares, por la ribera del Huelma, por Andújar y Jimena, por Galaroza y por Triana, y mientras amaestraban suavemente la mimbre o la fibra vegetal de la anea, estaban rodeados de canastas, bombos, cestas, bandejas y paneras...

Recuerdo que una vez, estando en El Altozano, en la taberna del gitano José Lérida, en grata compañía con el cantaor Manuel Gerena, entró una gitana canastera vendiendo sus productos, entre ellos aquellos bombos clásicos donde nuestras madres echaban la ropa para el lavado. Tanto él como yo nos creíamos que eso ya no existía, que esos recipientes de caña se habían dejado de hacer. Tanto nos emocionó, que Manolo sacó la cartera, tiró de billetes y compró uno para él y otro para mí, que conservo como una reliquia en mi estudio.

¡Gitanos canasteros, cuántos recuerdos! Ya ni siquiera hay riberas y los ríos son surcos de barro quebrados por el sol! Ya, como me apuntaba el teólogo Muñiz, ni siquiera hay gitanos nómadas que puedan enseñarnos la forma de vivir en plena libertad. Vas a cualquier sitio y lo primero que te preguntan, antes de preguntarte ni siquiera cómo te llamas, es el número del DNI, lo meten en el ordenador y saben hasta cuando diste el último estornudo. Cada banco, cada oficina, cada gran almacén, se ha convertido en una sucursal de la Jefatura Superior de Policía. ¡Y nosotros, tan contentos!

Se han ido perdiendo los gitanos canasteros de la leyenda. ¿Qué escribiría hoy Federico? ¿Qué nombre le pondría a su tablao Caracol? ¿Seguiría cantando Camarón aquello de Flamenquita, tú que haces / tus canastitas en los puentes / siendo tan guapa y graciosa / ¿por qué vives malamente? / Canastera, canastera, canastera...

Final de una raza de sabios bohemios, habilidosos en la fragüa maestra, en el trato y la venta ambulante, pero especialmente geniales en la artesanía de la caña, el mimbre y el esparto. También las máquinas de la modernidad -una de cuyas fábricas gigantescas está en el pueblo jiennense de Arjona-, los apartó de las orillas tranquilas de aguas transparentes, de sus artilugios para la pesca de la trucha y del sol a cuyo calor se sentaban enjaretando piezas hermosas de artesanía como las que sigo contemplando en mi cuarto mientras esto escribo...


domingo, 19 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (38)


LAS TELEFONISTAS

Si hay un mundo que ha avanzado de una forma especial e imposible de imaginar hace algunos años cercanos, ha sido el de las telecomunicaciones. Casi de pronto, sin darnos cuenta, hemos pasado de aquel teléfono negro de baquelita de los años sesenta, colgado en el pasillo o en el salón de la estancia de la casa familiar, o en el despacho paterno, a las cabinas familiares de monedas que poblaban nuestras calles, y de éstas a los pesados móviles de mediados de los noventa y -¡milagro, milagro!- a un teléfono desde el que te puedes conectar a internet, a las redes sociales, saber del tiempo, leer la prensa, intercambiar fotografías y miles de cosas más que -inútil de mí para estos temas- no sé aprovechar como al contrario les pasa a mis hijos y a todos los de su generación.

Estaba yo interno en el seminario de Pilas cuando mis padres pusieron su primer teléfono: era el 331582, no se me olvidará mientras viva. Ya, al menos, podía comunicarme con ellos y ellos conmigo. Pero no era tan fácil. Para hacer una llamada, o recibirla, había que pasar por centralita: -¡Oiga, señorita, es usted tan amable de ponerme con este número de...! Y allá que clavijas que entran y clavijas que salen, con una habilidad suprema, al cabo de media hora, o una hora, y a veces más, podías conectarte por "conferencia" desde Pilas a Sevilla, equidistantes ambas unos 30 kilómetros.

Recuerdo que en el año 1974 fui a veranear a Constantina, el pueblo natal de mi madre, alquilando la casa en la que ella misma nació, casa que había pertenecido, hermosa y gigantesca, a mis abuelos Pepe y Teresa. Tenía yo por aquel entonces sólo dos niños: mi Myriam y mi Pablo, y normalmente llamaba a mi suegra para decirle que estábamos todos bien. La central telefónica estaba situada en la principal calle de Mesones, donde mi bisabuelo, don Pedro, había tenido su botica. Para que me pasaran al número de mi suegra -336219- había que esperar una eternidad. Tan era así que en muchas ocasiones le decía a la gentil operadora: -Robledito -en Constantina todas se llaman Robledo, como la Patrona-, me siento en el bar de al lado y cuando la tengas, avísame. Puede que cayesen dos o tres cervezas tomadas con lentitud. Eso fue casi anteayer, ayer mismo...

Cuando me destinaron a Córdoba, a finales del año 1995, empezaron en España a surgir los teléfonos móviles, pero aquel aparato era el equivalente a seis barras de turrón una tras otra. Pesaba un quintal y había que cargarlo cada pocos minutos. Me acuerdo de mi director por aquel entonces, el zamorano Antonio Villamor Sogo, con ese ladrillo en la mano y, además, loco de contento porque al menos se podía comunicar con los maestros de obras, peritos, decoradores, dirección de la empresa, etc. Como digo, fue ayer mismo, casi hace un rato, cuando, de pronto, la pandemia de los móviles se extiende y no hay ser humano en todo el mundo que no lo tenga, y que, por esta causa, tenga también al mundo a su alcance.

Poco a poco, y gracias a la tecnología, hay cacharros de estos que hasta te dan miedo de cómo pueden actuar en la mente del género humano. Todo el mundo parece que se ha evadido de su problemas gracias al móvil. Todo el mundo está enganchado a estos artilugios desde los que se envían correos, se reciben al instante, te alertan de cualquier noticia, juegas con ellos, puedes apostar a la lotería, echarte un ligue, ves todo tipo de páginas que corren por la red...

Súbete al AVE y verás que no existe el paisaje que cantaba Machado al paso del tren. Nadie mira ya a su paso si es primavera o invierno, si está en el páramo o en una campiña fértil, si está llegando a Madrid o a Barcelona. ¿Había vida antes del móvil? Al parecer, no. Todos los psicólogos tratan el mundo de la droga y las diversas adicciones, pero pocos estudios he leído sobre la drogodependencia de la comunicación. Salvando la parte positiva -que la tiene-, como en caso de accidente en un coche, el aviso de una avería en carretera, o la comunicación rápida, y a veces necesaria, de una llamada urgente, creo que los móviles de nuestra generación -y eso que estamos en el principio de su desarrollo- ha creado, y va haciéndolo diariamente, una sociedad triste que se ampara en un aparato comercial; una sociedad huidiza de problemas exteriores que no quiere ser molestada en absoluto. El móvil es su Dios.

Nuestro común amigo, José Manuel Holgado Brenes, que ha ejercido como abogado de Telefónica durante muchas décadas, y que ha escrito el reciente libro "Aquí Sevilla... Oiga Fregenal" (Albores de la telefonía en Sevilla), podría contarnos muchas historias interesantes del desarrollo del mundo de la telecomunicación, ese que hoy nos tiene asfixiados con la oferta de unos "enanos de plástico y chips" con los que se puede vivir mejor, es decir, sin los que no se puede vivir.


sábado, 18 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (37)


EL CHURRERO

Esta fotografía que me envía José Manuel Holgado de su colección, está realizada en 1932 y nos muestra a un churrero ambulante rodeado por varias jovencitas que están comprando el rico producto. Yo en Sevilla no he alcanzado a ver esta imagen del churrero callejero, pero sí he conocido los afamados kioscos que se situaban en algunos puntos de la ciudad, de los cuales algunos todavía se mantienen en pie. Dos eran los puestos que más tengo grabados en la memoria: el célebre de la Macarena, y el que estaba -no sé si continua- junto al Puente de Triana en orilla sevillana. Después, por algunos barrios, había muchas accesorias que se dedicaban a este negocio y que tenían su habitual clientela.

Según los sitios, esta masa de harina, agua, azúcar, sal y levadura, se denomina de diferente manera: tejeringo -por la forma de jeringa de la churrera-, jeringo, churro, calentito -de rueda o de patata- y porra, una variante más gruesa del churro tardicional, siendo menos habitual llamarlos "masa frita".

Pocos productos como el churro han supervivido a lo largo de los años, siendo aún muy preciado en toda España y en los países iberoamericanos. El churro y el chocolate forman la unión perfecta, y así podemos verlo en los bares -que suelen también fabricarlos, aunque sin tanto arte como en los puestos callejeros- y muy especialmente en las madrugadas frías de ferias y verbenas populares, donde camiones preparados para tal fin son un auténtico negocio en estas jornadas.

Qué habilidad tenían aquellos artesanos antiguos con su inmensa churrera al hombro echando la masa sobre el aceite hirviendo y dominando el palo para separar los surcos. Una vez conseguida la fritura perfecta, con los dos palos tomaban la "rueda" con una destreza de malabarista y la depositaban sobre el mostrador, donde en un santiamén -sin que se les quemasen los dedos- iban cortando con unas gruesas tijeras las tiras y liando en el clásico papel de estraza. ¡Menos mal que la modernidad ha sido incapaz de aniquilar estos puestos en los que podemos probar una buena dosis de sencilla felicidad!


viernes, 17 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (36)


EL CABALLO DE CARTÓN

Nada nos hacía más ilusión cuando éramos pequeños que montarnos en un caballo, ya fuese de cartón, ya fuese propio o el de los retratistas callejeros, o el de los carruseles, mejor que mejor si los caballos eran de los que subían y bajaban por la cromada e impoluta barra. Montar en un caballo era todo un sueño que no siempre se podía cumplir, quizás por eso los chiquillos cogíamos la escoba de nuestra madre y allá que subíamos a su lomo para jugar a indios y cowboys por las cercanías de la casa pegando tiros con la pistola imaginaria de unos dedos que se movían rápidamente para ganar la batalla al enemigo. ¡Caballos...!

Que vinieran los reyes con el sueño de un caballo de cartón era un milagro, ya que no estaban las arcas paternas para tales dispendios. Yo gocé de ese milagro y aún no me explico de dónde sacarían el dinero mis progenitores. Era un caballo de cartón, pintado de brillo en tono tordo y con las mismas ruedas que muestra el de esta fotografía. Y allí que tenía yo a mi tata Ana en todos los tiempos libres tirando de la cuerda para pasearme por el patio. No sé dónde acabaría sus días, pero posiblemente derrengado de tanto trotar y flácido su cartón de tanto ajetreo.

Tener un caballo propio de cartón de piedra era a lo más que podía aspirar un niño. De todas formas, si había que escoger caballo, a mí me gustaba más el imaginario de la escoba, porque trotaba a mí gusto y yo mismo le ponía el sonido del relincho. ¡Tiempos que nunca se olvidan de la memoria...!


jueves, 16 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (35)


LOS JUGUETES DE LAS NIÑAS

Irremediablemente, y por aquello de la educación imperante en aquellos años, en los que a las niñas había que prepararlas para que fueran mujeres de su casa, es decir, esclavas de sus padres y de sus futuros esposos, los regalos de reyes que recibían eran muñecas, para que fuesen preparándose para el porvenir, y un estuche con los más variados utensilios de cocina, con el objeto de que fueran acostumbrándose a ellos y no rechazaran jamás la frase machista de que "la mujer y la sartén, en la cocina están bien". ¡Qué tiempos! 

Antes la chiquillas estaban deseando que en la noche mágica le dejaran una muñeca como regalo. La más preciada era la célebre "Mariquita Pérez", pero como todos los padres no se podían permitir costear tan caro ejemplar, la mayoría de ellas eran de cartón muy bien coloreado y vestidas con modelitos de la época, llegando la primera desilución infantil y el primer llanto gordo cuando se empeñaban en bañarlas, convirtiéndose aquella monería de sus sueños en un amasijo de cartones lacios bañados en cola.

Tras estas muñecas de cartón piedra, ya llegaron las de plástico y goma, más tarde las andadoras y parlanchinas y, en nuestros días, las hay ya hasta que hacen pipí y caca -que tiene que ser hermoso- y no llego hasta si también hacen el amor porque no es éste mi mundo.

Pero las niñas de hoy prefieren, tal como sus hermanos varones, una Play Station, un balón de fútbol, complicadas construcciones de las más variadas calidades... Atrás quedó la cuerda saltarina -llamada cordel- el diábolo, las dichosas cocinitas y esas muñecas a las que se les iba la vida tras el primer aseo. En nuestros días, afortunadamente, son las propias madres las que ya educan a las hijas de otra manera, alineándolas en una sociedad a la que cada vez se incorpora más la mujer, injustamente relegadas no hace muchos años exclusivamente a las labores "propias del hogar".


miércoles, 15 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (34)


JUGANDO A LAS BOLAS

Ya no se ven por nuestras calles, como en nuestros años infantiles, los corros de niños jugando a las bolas -llamadas canicas en algunas ciudades-, ese juego tan singular con el que tantas y tantas horas pasábamos divirtiéndonos de lo lindo y llevando a nuestra casa el botín ganado o "empaluchada" la bolsa si habíamos tenido un mal día. Nada más sencillo y divertido que este juego que gozaba de varias modalidades y de diferentes tipos de materiales: desde las humildes bolas de barro cocido, pasando por las más sofisticadas de cristal -que normalmente eran los antiguos tapones de las gaseosas-, las muy apreciadas de china o las "superbolas" de acero que lográbamos, de los cojinetes estropeados, rogando una y otra vez la dádiva a los encargados de los talleres mecánicos cercanos.

Cada niño teníamos una bolsita de tela, hábilmente cosida por nuestras madres, con un cordoncillo para cerrarla y atarla a la correa una vez terminado el juego. Una de las modalidades era lanzar una bola y había que tener tino para darle. El primero que diera a la del contrario cobraba su ganancia en las bolas pactadas, bolas que se solía entregar al compañero de las de barro, las más baratas, a menos que se hubiese también anteriormente pactado que el "tesoro" tendría que ser de china, de cristal o de acero.

Otro de los modos del juego era hacer un hoyo de poco diámetro en la tierra, adonde desde una línea definida había que intentar meterla en el agujero. A medida que se iba fallando, la línea avanzaba hasta la posición última, y así, una y otra vez, hasta lograr meter la bola en el objetivo. En muchas ocasiones, se jugaba a lo que en Sevilla denominábamos como "nicle, nacle y cholacle", que era meter la bola en tan sólo tres golpes. Había verdaderos ases de puntería en este juego, y verdaderos llantos cuando uno volvía a la casa con la bolsa vacía, es decir: "empaluchao".

Los juegos de calle, y lo he dicho en varias ocasiones, han desaparecido para siempre. Hoy los críos tienen su vida puesta en las videoconsolas y no hay quien los distraiga ni quien pueda hablar con ellos. Las calles se han quedado sin sus risas, sin sus gritos y algarabías. Tristes son las calles hoy sin estos juegos que tan felices nos hicieron a todos en los tiempos de la alta pobreza.


lunes, 13 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (33)


EL HELADERO

Esta fotografía, del archivo de nuestro querido amigo José Manuel Holgado Brenes, nos transporta a los tiempos de la niñez, cuando estábamos deseando tener unas monedas para podernos comprar un cucurucho de helado de vainilla, fresa, nata o chocolate, que devorábamos en un santiamén. El carro de los helados era exactamente igual que el que retrata la instantánea: un sencillo carrito artesanal con sus cubetas para el material, con sus ampulosas tapaderas de brillante hojalata o acero, su toldito, y unas estanterías en su costado donde se almacenaban las galletas cónicas para la bola de helado, o la cuadrada para el llamado corte. La limpieza era eje fundamental de este ambulante negocio y tantos los cuchillos como los vaciadores estaban super limpios, así como los paños para la limpieza de la tapa y los utensilios y la chamarreta veraniega del heladero.

Con la modernidad, llenas las ciudades y los pueblos de heladerías de postín, la imagen de estos heladeros fueron desapareciendo de nuestras calles y plazas, de bulevares y parques. Con ellos, se fue un tiempo imposible de recuperar y uno de los oficios callejeros más apetecidos por la chavalería.

domingo, 12 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (32)


EL BOTIJERO

Venían con sus borriquillos, cargados los serones de búcaros o botijos, desde la cordobesa Rambla, desde Lebrija, o desde la propia Triana, para vender este utensilio doméstico que a todos los que ya peinamos canas nos ha acompañado desde la nacencia. Los búcaros de La Rambla eran blancos como la patena y de los más apreciados por su porosidad y marcado estilo. Recuerdo que era norma, al menos así se lo veía hacer a mi madre, "curtirlos". Para ello, se le fregaba con abundante agua por fuera y por dentro, echando en su interior una copa de aguardiente para quitarle el sabor acre del barro. Así se solía mantener un par de días, tras los que ya se hacía la operación sencilla del llenado final y se ponía sobre un plato para recoger el agua que el botijo "sudaba" durante la primera semana.

No había frigoríficos, y un buen botijo sobre una mesa, o colgado sobre la parra del patio en sombreado lugar, como era mi caso, era un auténtico milagro en los rigores del estío, un fiel compañero al que echar mano cuando la sed nos empujaba a tenerlo sobre nuestras manos. Creo que de ahí, de aquellos años de penuria y pobreza, me viene la afición de coleccionar búcaros de todas clases y todos los países. Su torneado me trae la imagen del humilde alfarero que le fue dando cuerpo, y su presencia en mi casa me evoca la de aquellos botijos que tentaban mis padres en las tórridas tardes veraniegas.

Los había de arcilla roja, que eran los venidos de Lebrija, menos porosos que los rambleños, y también de cerámica, poco prestos a refrigerar su contenido y más aptos para una sencilla decoración del pobre hogar. Siento no recordar el pregoncillo que estos hombres lanzaban al aire para publicitar su mercancía, pregones que nuestras madres sabían de memoria de tantos y tantos vendedores ambulantes como antes existían. Sí recuerdo a la perfección que cuando en una casa se hacía la compra de un búcaro, el niño imploraba a la madre que le comprara uno para su uso exclusivo, pequeños y muy bonitos. Muchos de esos tuve en mis manos infantiles. Hoy ya no hacen falta para calmar la sed de los años perdidos, pero un búcaro, un botijo nacido de los alfares más sencillos, siempre será un buen compañero de viaje.


sábado, 11 de febrero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (31)


EL ORGANILLERO

Hace muchos años que han desaparecido de nuestras calles, de las terrazas de los bares, de los parques y de las fiestas de bautizos y bodas. Los organilleros, que en Madrid hacían habilidad del chotis y en Andalucía de pasodobles y sevillanas, han desaparecido dejándonos un reguero de nostalgia. Los recuerdo perfectamente en las muchas terrazas existentes en los sevillanos Jardines de Murillo, deleitando al personal en las serenas  noches de los sábados mientras las familias tomaban cervezas acompañadas de un buen papelón de "pescaíto" frito. Y no olvido las fiestas de mi corral. No había celebración que se preciara si el organillero no estaba presente. Dale que dale al manubrio, totalmente reluciente, las parejas bailaban y no paraban de bailar al son de "Francisco Alegre" o de las sevillanas a las que ellas mismas ponían letra: "Mi novio es cartujano, mi arma, pintor de loza, que pinta palanganas, mi arma, color de rosa..."

En las desaparecidas celebraciones de la Cruz de Mayo, el organillero era el principal protagonista. Su presencia ponía alegría en los patios vecinales y derredor de la música se formaba la fiesta. La modernidad ha hecho que estos hombres desaparezcan para siempre de nuestra visión. A mediados de los 70, en una Cruz de Mayo que organizamos mi compadre Paco Parejo y yo, en la calle Alfarería, fue la última vez que escuché música tan singular. A partir de ahí, ya no he vuelto a ver al organillero tirando de su pesado carro y sacándole al manubrio las notas que nos alegraron durante muchos años de nuestras vidas.


lunes, 30 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (30)


EL MIELERO

Esta foto de 1925, firmada por Alfonso, que me envía de su colección José Manuel Holgado, nos deja de nuevo el regusto de aquellos vendedores callejeros que venían casa por casa a ofrecernos su mercancía, en este caso la rica miel, casi siempre de la Alcarria. Yo recuerdo a estos vendedores allá por los años 50, cuando venían con sus cántaras voceando ¡el mieleeeeero...!, y recuerdo muy bien que casi todos llevaban como vestimenta habitual, encima de la camisa, una especie de camisola de color gris abrochada en un único botón a la altura del cuello. Ignoro si era la clásica vestimenta de trabajo de los manchegos dedicados a este oficio, y me gustaría me lo pudiese aclarar alguno de mis lectores.

Es curioso que su pregón sí fue recogido en Andalucía por Guichot y Sierra, allá por 1881. Pregón que tomo transcrito del libro de Bonifacio Gil "Cancionero del campo" (Taurus Ediciones. Madrid-1966):

Tres cuartos, medio cuartiyo
de miel de caña,
que con la paletiya
se rebaña.
Y quien la come un día
no se le orvía.
Y hoy sabe a merengue;
y que mañana no vengo,
que anoche me lo dijo el amo.

domingo, 29 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (29)


LOS CASTAÑEROS

Curiosamente, esta forma de ganarse la vida según la temporada no ha desaparecido de nuestras calles y plazas. El castañero aún sigue viéndose en muchos lugares de las ciudades, sobre todo en los de más tránsito, y justamente durante los meses de noviembre y diciembre, que es época por excelencia de tan excelente fruto. Nunca, al menos que yo recuerde, han dejado de hacer su aparición en muchas esquinas de todas las ciudades y casi con el mismo artilugio: el carrito para acarrear el carbón y el material, el anafe de carbón con su tubo de salida para el humo, un fuelle o soplillo de los de toda la vida, la cacerola agujereada para la preparación, las tenazas para avivar la lumbre, el cuchillo para hacer la incisión necesaria a la castaña, trapos para limpiar la mercadería y papel de estraza para hacer los cucuruchos en los que se ofrece la mercancía.

Más o menos original, estos puestos ambulantes solían ser muy parecidos, como en la fotografía de arriba de los años sesenta o como la de abajo, bastante anterior. Los castañeros se ganaban, y se ganan en este tiempo algo de jornal para sobrevivir, y lo más curioso es que lejos de entender que sólo se encuentran en nuestro país, es viejo oficio conocido en practicado en todas las latitudes. La presencia del castañero en nuestras calles es, como dijo alguien, un anticipo oloroso y crujiente de la Navidad.


sábado, 28 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (28)


EL CARBONERO

Esta fotografía de último de los años 40, la recoge Nicolás Salas en el segundo tomo de su libro "Sevilla en tiempos de María Trifulca", y nos indica en su pie que fue uno de los últimos carboneros ambulantes de Triana, llamado Antonio Rodríguez "El Lobo". Yo he llegado a conocer esta estampa por las calles de mi barrio durante algunos años. Nuestras abuelas y madres, por la falta de otra clase de combustible, sólo utilizaban el carbón para poner a "hervir las perolas", llevándose horas y horas dándole que te dale al "soplillo" para que el fogón no se apagase.

Recuerdo los fogones en el pasillo de mi corral. Cada vecino tenía el suyo. Por eso los alquileres de las habitaciones eran con "derecho a cocina", que no dejaba de ser un mísero hueco sobre la pared con una especie de parrilla encima. Una vez que nos fuimos a vivir a El Tardón, allá por el año 1956, todos los pisos venían equipados con una cocina gigantesca de hierro, ya bastante más moderna, que era un armatoste fabricado en los altos hornos de Bilbao, que al menos tenía una puerta en la que se introducía el carbón, pero el procedimiento era el mismo: mucho movimiento de mano con el soplillo de pleita o de palma para mantener las brasas vivas. También el carbón se ha usado muchísimo, acompañado de cisco picón, en los clásicos braseros para calentarse en el invierno. Muchas muertes y graves accidentes, sobre todo infantiles, provocaron estos artilugios cuyas componentes se avivaban con la llamada badila.

No sólo había vendedores ambulantes como este que mostramos, sino que era muy normal, por su gran uso, que en cada calle hubiese una carbonería, establecimiento pequeño que, tras la incorporación del petróleo al uso doméstico, siguió existiendo hasta incluso la llegada de las primeras bombonas pequeñas de gas, que ellos se encargaban también en vender, hasta que el oficio languideció para siempre.


Cuando llegó el petróleo, con aquel olor horrible dentro de aquellas cocinas, con aquellos infernillos feísimos, al menos a nuestras madres les pareció un milagro la invención. Ya se acabó tener que ir a comprar carbón y a deshollinar cada dos por tres. También el petróleo pasó a mejor vida y empezaron a comercializarse aquellas cocinas blancas de gas que ya llegaban hasta tener tres fuegos, lo que equivalía a que se pudieran ir haciendo o cocinando varias cosas a la vez. Desde aquellos fuegos de carbón a los días nuestros de la vitrocerámica, pasó demasiado tiempo. No estaban los inventores por aquello de aliviar con rapidez tantísimos sudores de nuestras sacrificadas madres.

Con estos inventos que fueron saliendo al mercado lentamente, desapareció un oficio, aparte del vendedor ambulante y carbonero, que nos recoge la fotografía que nos manda de su archivo nuestro querido José Manuel Holgado Brenes: el de cisquero, el que convertía la leña en cisco picón para mezclarlo con el carbón. Yo pude verlos en alguna que otra ocasión en los pinares de Aznalcázar y de Almonte, pero de eso hace muchos años, tantos que me ha dado alegría recibir esa imagen que me devuelve a mis años de niñez.


viernes, 27 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (27)


EL TITIRITERO

Aunque el titiritero -según el diccionario- es aquel que construye o maneja títeres y marionetas, yo desde niño siempre he escuchado esta palabra cuando aparecían por mi corral dos o tres personas, casi siempre de etnia gitana, acompañados por la célebre cabra, a la que hacían subirse dócilmente en unos tacos torneados de madera puestos encima de una escalera. Desde lejos ya se escuchaba la algarabía de esta pequeña tropa, compuesta por el jefe del clan, normalmente un buen trompetero -los he escuchado maravillosos-, la gitana que pasaba el platillo tras cada actuación y una chavala descoyuntada que hacía ejercicios y que, en algunas ocasiones, tocaba una pandereta. Decían que venían de Hungría, pero en la mayoría de las ocasiones eran gitanos portugueses.

Hoy, por aquello de la ley de la protección de animales, es impensable seguir viendo a la cabra, pero los titiriteros siguen aún animando las calles y plazas de nuestros barrios con el singular sonido de la trompeta, aunque con menos parafernalia que en mis años infantiles, cuando se formaban coros gigantescos alrededor de ellos.

Por Triana, hace poco más de un año, estando varios amigos habituales en el "ateneo" de El Ancla, tuvimos la ocasión de disfrutar de la música de este gitano yugoslavo de la fotografía de abajo, al parecer llamado Antonio Acosta, y al que conocía el poeta Eugenio Carrasco "El Perlo de Triana", que le dedicó un soneto, que puede leer en el blog "Triana en la red". Es un genio tocando la trompeta, aunque ya lleva sobre un carrillo, para hacerse los bajos, un órgano electrónico conectado a unas baterías. ¡Hasta los titiriteros han entrado en la modernidad!

Siempre he disfrutado viéndolos, escuchando la música de la vieja trompeta y dejando en el platillo el correspondiente óbolo. Es una forma como otra de ganarse la vida, llenando el alma de cierta melancolía por el paso del ayer.