LAS BICICLETAS
Esta fotografía, del fondo de la Fototeca del Archivo Municipal de Córdoba, no tiene desperdicio. ¡Qué contento está este personajillo con su mascota y su bicicleta recién estrenada! Tras el primer sueño del caballo de cartón, el deseo de un niño era tener una bicicleta. Se comenzaba con el clásico triciclo de pedales delanteros, fuerte y recio, para seguir con esta bicicleta de "más mayor", con sus frenos de varilla, sus rodines hasta cumplir el aprendizaje, y hasta su cartuchera de herramientas que iba cogida al sillón. ¡Y a volar, convirtiéndose en un peligro público por calles y parques!
En mi barrio de El Turruñuelo, en una pequeña accesoria de la calle Arnao de Flandes, un amigo de mi padre, Genaro, tenía un modesto taller de bicicletas y las alquilaba cobrando un real por media hora trotando por allí. Por aquello de la amistad paterna, a mí nunca me cobraba, con lo que tenía la oportunidad de practicar a base de bien. Después de caerme diez mil veces, por fin la aprendí a manejar con soltura y gozaba de lo lindo echándome carreras con los chavales de mi edad. ¡Qué tiempos aquellos! Un día atropellé a mi propio mecenas, al bueno de Genaro. No podré olvidarlo.
Ya mi primera bicicleta formal y en propiedad me la regaló mi padre en el año 1963. Estaba yo interno en el Seminario Menor de Pilas, y a nuestros sacerdotes formadores se les ocurrió que sería bueno que todos tuviésemos una bicicleta para hacer excursiones a las localidades cercanas. Nuestros padres seguro que se empeñaron hasta las cejas, pero aquello era una fiesta de cientos de bicicletas que nos harían pasar ratos muy felices. Los días de descanso, con los tutores por delante, viajábamos, con la mochila de bocadillo a cuestas, a Villamanrique, a Aznalcázar, Bollullos de la Mitación, Carrión, Hinojos... ¡Qué maravillosos paseos, que alegría y contento, y qué de deporte hacíamos en aquellos años en los que nos estábamos formando! Nunca se me podrán borrar de la memoria aquellos años en los que fui más feliz que nunca, cuando la vida navegaba bajo mis pies sin otra obligación que divertirme y estudiar para el futuro.
Nunca tuve por Reyes una bicicleta. Con mi amigo Genaro no me hacía falta, y tampoco estaban los tiempos para esos derroches. Tuve que esperar a crecer un poco para que mis sueño, como el de todos los niños, se viera cumplido. Hoy sigo practicando por la ciudad y con un vecino de casi mi misma edad disfruto de lo lindo haciendo paseos culturales: la ruta de las iglesias fernandinas de Córdoba, la de los parques, la del río o la de la Judería y los importantes monumentos. Dale que te pego a los pedales de mi "Trianilla" -que ese es su nombre-, me lo paso fenomenal. Una vez que se vayan los fríos, de nuevo volveremos a esa hora y media diaria de bicicleta que tan bien nos viene y tanto nos reconforta.
Para todos los niños, una bicicleta es la gran ilusión. Para los mayores -lo que son las cosas- pura necesidad.




































