Esta semana, con una diferencia de muy pocos días, la Córdoba sabia se ha quedado sin dos de sus más importantes hijos, pero de los más humildes, y de los que más han hecho a lo largo de sus vidas por situar a esta Alemania del Sur -como así me la definiera la amiga periodista Estela Zatania- por la ciudad hermosa en la que vivo, y en la que han nacido mis dos últimos nietos.
José García Marín -da la casualidad de que los dos se llamaran García de primer apellido- fue un famoso tabernero al que se le ocurrió convertir en Arte a la gastronomía cordobesa por medio de recetas antiguas. Jamás se le llamaba por su nombre, sino por el de "Pepe El del Caballo Rojo", que tuvo en sus mesas a príncipes y reyes, estadistas, presidentes de muchos países, joyeros, estafadores, borrachos ganaderos de gran fama en la Ciudad de la Mezquita, empresarios de mucha y poca monta. Pepe "El del Caballo" siempre fue un gran caballero. Y no fue rojo, ni mucho menos, sólo el caballo que daba nombre a su gran restaurante, frente por frente a la torre dorada que es la veleta de la fe de esta Ciudad.
Número uno en posesiones de títulos a su esmerada gastronomía, a su persona, a su tesón y esfuerzo por hacer de su ciudad, desde 1962, un referente de los mejores fogones, combinando el gusto mozárabe de las delicias dulzonas de la miel y el dátil con el cordero de Los Pedroches, con los guisos tradicionales de las madres y las abuelas... Juan Peña, mi gran amigo, mi gran hermano y dueño del mesón más popular de la ciudad califal, que de seguro aprendió de la filosofía de Pepe, me ha inculcado siempre que para esperar los platos nunca deben existir las prisas porque la cocina se hace con amor.
Con el mismo amor que lo ha despedido Córdoba, con el mismo mimo y cariño, él le ofreció a su ciudad una internacionalidad gastronómica que no hubiese tenido nunca sin su humildad, sin su trabajo callado, sin su habilidad sublime y conocimiento sibarita. Pepe, con el que tuve la suerte de compartir una cierta y grata amistad, ya no está con nosotros -ley de vida-, pero todos aquellos que de una forma u otra nos sentimos con un cuarterón de cordobés, siempre lo recordaremos. Siempre estará con nosotros.
A los pocos días, otro forjador de la gran historia cordobesa fallecía en el La Cruz Roja, pegada a la Puerta de Almodóvar y a la estrecha y hermosa Judería que tantas veces cantó, junto al humedal de los aljibes de la calle Cairuán, en ese centro hospitalario en el que se divide la muerte de la ciudad antigua y la vida moderna y plena de prisas. Pablo García Baena no tenía prisas para nada, como si Góngora le marcase los tiempos de una literatura que se convirtió en gloria universal a partir de la fundación de la revista "Cántico" en 1947, a cuya parra se arracimaron, entre otros, Ricardo Molina -el gran divulgador de Antonio Mairena-, Julio Aumente, Juan Bernier, Mario López, y pintores como Miguel del Moral y Ginés Liébana.
Siempre se creía joven, y lo era en su poesía, a pesar de la edad y de su clasicismo, de su religiosidad y fe. Pero la lectura de sus poemas a nadie dejaba indiferente. Toda su alma, muy generosa, se volcaba en ellos, sin querer jamás que le llamasen poeta, tan sólo un artesano de la palabra.
Pablo recibió en vida todos los loores, esos que reciben pero siempre odian los poetas. Tuvo que estrechar la mano del Rey, pero estoy seguro que más le hubiese gustado quedarse en su casa cuidando sus geranios. En Córdoba, cualquier artista es rey, porque reside en una capital antigua que le ofrece el ánimo intenso para escribir con la mente abierta, la humanidad en sus ojos y el alma en sus labios. Así ha sido Pablo, el gran maestro de la poesía universal del siglo XX y la cola que llevamos del siguiente.
Mi río, que es el mismo que el suyo, se contempla desde diversos prismas. Mi Guadalquivir es el de mi calle Betis, tan pegada a mi nacencia. El de él, a su paso por Córdoba, es diferente:
Número uno en posesiones de títulos a su esmerada gastronomía, a su persona, a su tesón y esfuerzo por hacer de su ciudad, desde 1962, un referente de los mejores fogones, combinando el gusto mozárabe de las delicias dulzonas de la miel y el dátil con el cordero de Los Pedroches, con los guisos tradicionales de las madres y las abuelas... Juan Peña, mi gran amigo, mi gran hermano y dueño del mesón más popular de la ciudad califal, que de seguro aprendió de la filosofía de Pepe, me ha inculcado siempre que para esperar los platos nunca deben existir las prisas porque la cocina se hace con amor.
Con el mismo amor que lo ha despedido Córdoba, con el mismo mimo y cariño, él le ofreció a su ciudad una internacionalidad gastronómica que no hubiese tenido nunca sin su humildad, sin su trabajo callado, sin su habilidad sublime y conocimiento sibarita. Pepe, con el que tuve la suerte de compartir una cierta y grata amistad, ya no está con nosotros -ley de vida-, pero todos aquellos que de una forma u otra nos sentimos con un cuarterón de cordobés, siempre lo recordaremos. Siempre estará con nosotros.
A los pocos días, otro forjador de la gran historia cordobesa fallecía en el La Cruz Roja, pegada a la Puerta de Almodóvar y a la estrecha y hermosa Judería que tantas veces cantó, junto al humedal de los aljibes de la calle Cairuán, en ese centro hospitalario en el que se divide la muerte de la ciudad antigua y la vida moderna y plena de prisas. Pablo García Baena no tenía prisas para nada, como si Góngora le marcase los tiempos de una literatura que se convirtió en gloria universal a partir de la fundación de la revista "Cántico" en 1947, a cuya parra se arracimaron, entre otros, Ricardo Molina -el gran divulgador de Antonio Mairena-, Julio Aumente, Juan Bernier, Mario López, y pintores como Miguel del Moral y Ginés Liébana.
Siempre se creía joven, y lo era en su poesía, a pesar de la edad y de su clasicismo, de su religiosidad y fe. Pero la lectura de sus poemas a nadie dejaba indiferente. Toda su alma, muy generosa, se volcaba en ellos, sin querer jamás que le llamasen poeta, tan sólo un artesano de la palabra.
Pablo recibió en vida todos los loores, esos que reciben pero siempre odian los poetas. Tuvo que estrechar la mano del Rey, pero estoy seguro que más le hubiese gustado quedarse en su casa cuidando sus geranios. En Córdoba, cualquier artista es rey, porque reside en una capital antigua que le ofrece el ánimo intenso para escribir con la mente abierta, la humanidad en sus ojos y el alma en sus labios. Así ha sido Pablo, el gran maestro de la poesía universal del siglo XX y la cola que llevamos del siguiente.
Mi río, que es el mismo que el suyo, se contempla desde diversos prismas. Mi Guadalquivir es el de mi calle Betis, tan pegada a mi nacencia. El de él, a su paso por Córdoba, es diferente:
Pasas y estás como una pisada antigua sobre el mármol....
¡Qué maravilla en tan pocas palabras, en un solo verso!
Pablo también se fue y Córdoba se ha quedado más muda, más huérfana de ejemplos, de vitalidades, de honestidades en el mundo del fogón, que es la comida del hombre, y en el de la pasión poética, que es la comida del alma.
La prime, de nuevo...
ResponderEliminarConocí a Pepe García hace muchos años. Por razones del trabajo de mi marido, frecuentábamos "El Caballo Rojo". Era muy atento y de exquisito trato. Me regaló un recetario personal que guardo como un tesoro. Insuperables sus salmorejos, rabos de toros, alcauciles a la montillana, y el cordero a la miel...los postres eran unas gozadas y bodega muy buena...
Me uno a tu sentido homenaje.
Con la pérdida de Pablo, nuestro gran poeta, la Cultura se viste de luto y nos deja un maravilloso legado, de esta manera siempre estará con nosotros. Preciosa entrada le dedicas, muy merecida.
Un besote.
También yo lo conocí hace muchos años, mucho antes que cuando me destinaron a Córdoba. Al inicio de mi presencia aquí iba con frecuencia con mi director y la mesa de dirección a almozar o cenar. También fueron muchos los años en los que allí celebrábamos nuestra cena de Navidad. Y, por supuesto, cada vez que venía alguien de fuera a visitarme, Pues allí, en casa de Pepe.
ResponderEliminarA Pablo García Baena hay que leerlo. Hacerlo nos lleva a Góngora, pero también a una vanguardia todavía viva.