lunes, 4 de noviembre de 2013

DESDE MI TORRE: UN DÍA PARA RESUCITAR


Fue anteayer el Día de los Difuntos, en el que todos nos acordamos con tristeza de nuestros seres queridos, familiares y amigos, que la vida nos arrancó en muchas hojas del almanaque. Pero en este noviembre que está jugando al despiste climatológico, anteayer parecía primavera y el día nos invitaba a resucitar, a gozar y desembarazarnos de esas vendas que muchas veces no logran tapar nuestras heridas. Tenía ganas de volar un poco, cogí una vez más ese milagro que es el AVE, y en la estación sevillana me esperaba el abrazo y los besos de mi hija para llevarme a su casa, situada en ese otero de encanto que es -o fue- el Aljarafe. Mis nietos me ofrendaron sus mejores besos y sonrisas, y el día fue pasando entre juegos en el parque cercano, delicioso yantar y visionado de algunas películas de entretenimiento que sólo disfruto cuando estoy en compañía de ellos, riéndome como si fuese un chiquillo más.

Al día siguiente, el sábado, me tenían preparada una sorpresa, y nos encaminamos, con la compañía de unos vecinos a la bendita sierra de Huelva, que hacía años no visitaba. En la conocida Venta del Alto, nos esperaba mi hijo Pablo con su mujer y mis otros dos nietos. ¡Qué felicidad! Y entre paisaje de dehesas, pinares, encinas, alcornoques y robles, avasallándonos los castaños a medida que nos acercábamos a nuestro destino, llegamos a la hermosa y pequeña aldea -266 habitantes- llamada Castaño del Robledo, donde hicimos la primera parada para que el grupo se desplazase a pie por un sendero, paralelo al río, que llevaba a Galaroza, población donde, curiosamente, se fabrican las llamadas sillas y mesas "sevillanas", esas que decoran las "casetas" de nuestra feria y los tablaos flamencos. Decliné la larga caminata y me quedé en la pequeña aldea, caminando por sus angostas calles, fotografiando todos sus perfiles y visitando su iglesia parroquial de Santiago Apóstol, que data del siglo XVI.


Fue una maravilla pasear en solitario por aquellas callejas llenas de sorpresas y rodeado de fuertes robles y altos castañares que estaban cuajados de ese exquisito producto que cientos de visitantes se encargaban de recoger de las cunetas, en las que los coches formaban una especie de oruga metálica variopinta. Bajé al lugar de inicio y, tras una refrescante cerveza, comencé a bichear por entre las vitrinas de una tienda que ofrecía toda la maravilla de productos cárnicos del cerdo que gozan de fama mundial con los nombres de Jabugo, Cortegana, Aracena... No dudé en comprar algunas cosas, aunque pueda dispararse una vez el colesterol, eso a lo que le teme el personal y que no existía -que yo sepa- en los años que me tocó vivir de la posguerra. Y me llamó mucho la atención un puestecillo muy bien montado, al cargo del que estaba un hombre fuerte como un roble de la tierra, moreno de sol y con unas barbas como la de un antiguo fraile capuchino: manzanas, calabazas, castañas, almendras, nueces, avellanas, pasteles de la tierra... La vista se me hizo niña y no me pude resistir a comprar de todo un poco, apañando con antelación la despensa de frutos secos de cara a la próxima Navidad. Regateé con el barbudo -no sé comprar si no regateo- y se portó en el trato excelentemente bien. Es lo que tiene hablar entre gitanos.


De vuelta los hombres para recoger los coches, abandonamos la hermosa población -el pueblo más alto de la provincia de Huelva- y nos encaminamos a recoger a las mujeres y a los críos a Galaroza, aquella que nombraba el célebre "Mirabrás" que cantaba don Antonio Chacón. Una cervecita allí para abrir boca y rumbo a Fuenteheridos, que parecía estar de fiesta por el gran ambiente que se vivía en su plaza. No se cabía por ningún lado y tuvimos suerte de encontrar una amplia mesa para todos. En Fuenteheridos, en su misma plaza, nace el río Múrtigas, dando buena cuenta de ellos una placa cerámica y una docena de chorros que manan agua abundante. Fotos y más fotos. Buena comida. Compra de caprichos para mis nietos. Una temperatura de ensueño y un paisaje sobrecogedor. ¡Una bendición!


Y así, así, un Día de los Difuntos que me hizo resucitar junto a mis hijos y mis nietos, que me hizo entender que la vida seguía su rumbo y que muchas veces hay que buscarlo y no meterse en el caparazón de la tortuga. Di gracias a la vida por haberme dejado esa herencia y por la alegría que recibo al lado de los que me aman, que saben compartir mis tristezas y que me animan siempre, como anteayer, a ver la vida con los ojos del gozo. Ahí va una selección fotográfica de un día inolvidable que ya he marcado en el almanaque con una sonrisa. Espero que os guste.







6 comentarios:

  1. Hace algún tiempo recorría esos pueblos con frecuencia. Ahora los vuelvo a pisar y a respirar contigo, Emilio. Ha sido un hermoso paseo.

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  2. Yo también llevaba algunos años sin ir por allí y me supo a gloria el reencuentro con esos pueblos hermosísimos. Un día muy bueno, Ángel.

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  3. Si, un día muy hermoso como hermosa es la familia que te rodea. Me alegro muchísimo. Las fotos preciosas. Espero verte muy prontito. Un beso corazón.

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  4. Espero que te pongas pronto bien para que podamos programar otra excursión como esta y nos acompañes. Lo pasé de lujo con los niños, aunque me mermaron sensiblemente la cartera. Como siempre.

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  5. Me dejan tieso. ¡Qué habilidad, hermana, qué gran habilidad! ¿No le habrán enseñado los padres? En dos horas acaban con la paga de la jubilación.

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