miércoles, 13 de noviembre de 2013

DESDE MI TORRE: OTRO PASEO POR MI TIERRA


Aunque he vuelto a mi tierra varias veces seguidas, todas fueron por compromisos familiares, y necesitaba, como el pez necesita el agua, dar uno de mis clásicos paseos en solitario, sentir la luz de mi ciudad y hacer mi clásica visita adonde está su epicentro: el altar de la Virgen de los Reyes. Hacía un día de verano en Sevilla, aún caminando a las medianías de noviembre, y el sol acentuaba los perfiles de callejas, edificios y hombres. El AVE me dejó donde me debe dejar en tan sólo cuarenta minutos, y un taxis me acercó adonde van siempre mis pisadas, a los pies de la mismísima Giralda para tocar con mis manos sus sillares nobles y contemplar que no habían hecho ninguna barbaridad con ella por aquella de la modernidad. Paseo por la avenida con el horrible tranvía cuajado de publicidad, paseo a la plaza del Salvador y entrada a su templo, donde -aún siendo cristiano- se me pidió el DNI para pagar o no pagar si era sevillano o no. Ya saben, si no son sevillanos, aunque sean cristianos, pues a pagar para rezarle a tus devociones. ¡Vaya cara la de esta iglesia posconciliar! ¿Sabe algo de cómo se cuece esto en Sevilla el papa Francisco? Igual pasa en la Catedral, aunque son más finos: puedes acercarte a la Virgen de los Reyes, faltaría más, pero no al retablo mayor de la Catedral, a sus capillas, a observar, simplemente sus grandezas, so pena de aguantar una cola de dos horas y enseñar tu DNI..., y ser sevillano o no. ¿Se ha convertido la Iglesia en una sucursal de la DGS? ¡Cosas, incomprensibles, pero cosas!

Tras el breve cabreo con el clero -que ya he denunciado varias veces en estas páginas-, me dediqué a rutar con el navegador de mis sentimientos para pisar calles que hacía años no pisaba. ¡Qué pena de tantos comercios antiguos muertos en el corazón de la ciudad! No reconocí las calles Córdoba, ni Lineros, ni Puente y Pellón..., y cuando llegué a la plaza -antiguamente hermosa y romántica- de la Encarnación, me encontré con ese bodrio arquitectónico -que jamás había contemplado, sólo en fotos- de las llamadas "setas", tituladas oficialmente, por al ayuntamiento que regentaba Alfredo Monteseirín, con el nombre rimbombante de "Metrosol Parasol", una cosa tan modernísima y fuera de entorno como para ponerle una bomba. ¡Qué desastre, Dios, qué desastre esta Sevilla que ha querido parecerse a todas las ciudades más modernas del mundo para convertirse en un ridículo de sí misma cargándose a golpe de piquetas todo su patrimonio de iglesias, calles, plazas, rincones y palacios...!


Volví mis pasos tristes -recordando tiempos en los que mi padre me hacía conocer la ciudad- hacia la plaza de La Campana, que ya empezaron a cargarse a partir de los años sesenta, aún siendo alcalde de ella un paisano de mi arrabal que, además, era Catedrático de Arte; no sólo la plaza más sonora de Sevilla, sino la del Duque, la de la Gavidia, la de la Magdalena..., piezas de derribos: rejas, artesonados, puertas y esculturas que hoy están en los más exquisitas mansiones de Holliwood.

No encontré nada que no tuviese, o que fuese muy importante para mi modesta biblioteca, en la librería Beta, situada donde estaba el antiguo cine-teatro Imperial, de tan buenos recuerdos. La pasta se cargó todo. La calle Sierpes, que recorrí desde esta plaza a San Francisco, es una más de este país: las mismas tiendas de diseños, la misma ropa, los mismos rótulos... ¿Qué más da estar en Sevilla, en Córdoba, en Nueva York o en Berlín? ¿Adónde se fue el aroma de esta calle jaranera, calle de tratos, de olor a café Catunambú, de tratantes, usureros y prestamistas, de fiscales y abogados camino de la Audiencia cercana, de casa Damas y de Rubio, el de los paragüas y abanicos, de los círculos clasistas de señoritos, de los loteros mermando colas de la administración de Sagasta, de las beatas de la capillita de San José...? Sólo Maquedano -no sé qué generación- quiere ponerle sombreros a quien ya no los usa desde la República, a excepción de algún bohemio, como yo, al que tildan de locos.

Menos mal que en "Casa Moreno", con el trato amable de mi tocayo Emilio, trianero, además, para más señas, me tomé una cerveza a gusto y recibí la visita programada de mi dilecto amigo José Luis. ¡Ay, esos increíbles montaditos, marca de la casa, de esa especie de tienda de comestibles con minúscula barra trasera! Nos fuimos a la antigua carretera de Carmona para visitar el bar que nuestro amigo bloguero, mejor amigo y excelente poeta, José Luis Tirado, tiene en esa avenida con el nombre de Sevilla. Nos atendió a cuerpo de rey y hablamos de lo humano y lo divino, pero claro está que cuando digo lo que digo quiero decir que hablamos de Flamenco. José Luis regenta el bar, busca tiempo para escribir, y muy bien, toca la guitarra, tiene un coro de campanilleros de mucha solera y -¿puede tener tiempo libre este hombre?- se preocupa por asistir a conferencias, presentaciones de libros, espectáculos... ¡Gran persona, sin darle coba por su amable invitación, tantas veces aplazada por mi culpa!

Y ya sí: vuelta a mi barrio, vuelta a Triana, vuelta a mi nacencia. Pasar el puente -que puede parecer una majadería- es recobrar la salud en dos tiempos, morder el palodú de tus raíces, reencontrarte con toda tu vida en un segundo. Elisa, que nos estaba esperando desde rato muy largo, nos esperaba con su eterna sonrisa a orillas del Altozano. Para nosotros, bastaron unas chirlas riquísimas y unos boquerones pequeñitos, casi como los malagueños. Pero ese aire de la acera de San Jacinto, esa sabor a mar que aún entra desde Sanlúcar a Triana, esa serenidad, ese sentirte en tu pueblo y metértelo entero en tu piel por la epidermis, no tiene precio...

Por eso, cuando me despedí de ellos con un beso cálido de agradecimiento y cogí un taxis en la plaza de mis juegos infantiles, y volvía a mi destino, mis ojos se movían en todas las direcciones: en la torre cobalto de Santa Ana y en el río y arrabal que me dejaba atrás, en mi puente y en mi casa de crianza, en las esquinas de mis juegos, en mis padres paseando por sus calles...

Voy siempre lleno de ilusiones nuevas, y siempre me vuelvo cargado de nostalgias y recuerdos de los tiempos idos, que jamás podré recuperar.


6 comentarios:

  1. Es verdad, amigo Emilio. Mientras más lejos estás y más tiempo pasas fuera de Sevilla, más nostalgia entra. Nunca creí me pudiera pasar una cosa así.

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  2. Tendrás que aumentar las frecuencias de estas excursiones. Sácate un bono del tren y así lo amortizas.El de ayer fue un amplio recorrido por Sevilla con parada final y breve en El Altozano y la visita al bar de José Luis Tirado habrá que repetirla otro día.

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  3. Y mira que voy con mucha frecuencia. Pero los paseos que más añoro son lo solitarios, cuando quiero encontrarme con mis quicios de siempre, con los sitios adonde me llevaba mi padre, con aquellos perfiles -muchos de ellos desaparecidos, desgraciadamente- con los que fui creciendo hasta mi madurez. Vivo muy feliz en Córdoba, una ciudad muy cómoda para gozarla, pero cuando toco los sillares de la Giralda... dos lágrimas, amigos, dos lágrimas.

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  4. Querido José Luis: Ya llevo cuatro semanas seguidas viajando a mi ciudad, pero siempre han sido por motivos familiares. El día que pasamos ayer, ya lo tengo apuntado en mi almanaque de los buenos y exquisitos recuerdos. Qué fácil y qué poco cuesta ser feliz por una horas. Lo pasé muy bien contigo, con José Luis Tirado y el rato que estuvimos con Elisa en El Altozano. ¿Se puede disfrutar más con tan poco?

    Un abrazo.

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  5. Pues tendremos que repetir ese rato tan hermoso. Gracias por tus múltiples atenciones, y por tus palabras, siempre tan exquisitas.

    Un abrazo.

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