MARIFÉ ENTRE EL CORAZÓN Y LOS OLVIDOS
El mundo de la copla se tiñó de negro y el telón de
embocadura bajó despacio, inmensamente lento, como una cortina forjada de
lágrimas. Murió en una clínica lejos de su tierra sevillana quien, a pesar de
haber nacido en Burguillos, siempre llevó en sus labios por todo el mundo el
nombre de Triana, de ese viejo arrabal, tan coplero y flamenco en el ADN de sus
señas de identidad; barrio que la vio crecer como mujer y como artista y que
siempre se estremeció con el quejío de sus cantares y hoy ha llorado, de
corazón en corazón, como si le hubiesen clavado los tres puñales de una de sus
más desgarradas canciones.
Murió en silencio, como se mueren las rosas, mustia de
pena desde que se fue su compañero. Cayó en los brazos de la muerte como una torre de arena que se lleva las olas de
la playa de la vida. Y con ella, con esa María Felisa, Marifé de Burguillos y
de Triana, de España entera y del orbe de los sentimientos, se fueron miles de
emociones de unos años que nunca volverán: los de la piompa en el gallinero del
San Fernando gritándole mil veces guapa; los de nuestras abuelas y madres que
tarareaban con ella aquella “María de la
O” desde la compañía de una radio de válvulas vestida de cretona estampada
de vivos colores; los de Alfonso, el maricón más buena gente y de mejor gracia
de la tierra, llamado “Esmeralda”, que la peinaba antes de pisar las tablas
para que saliese al altar de la liturgia del teatro como si fuese una diosa…
Y es que lo fue. Marifé se convirtió en la virgen
popular que, a golpe de composiciones de inolvidables maestros, puso yodo a las
heridas de una población que vivía las miserias de la posguerra. Ella supo
poner puente de plata a las
calamidades del momento, y se convertía en una rosa de capuchinos que ni pintá por los pinceles de Murillo, o en la señora vecina de un corral, y vendía
casi regalá la sombra, y gritaba a
ese amor imposible que había de quererlo mientras viva, subrayando que tenía
miedo, mucho miedo de perderlo, o se transformaba –la risa en los labios, la
noche en el pelo- en una loba por culpa de un desamor…
Cuántos romances, cuántas historias en la pequeña
almendra de una copla que nadie supo interpretar como ella. Fue la María
Guerrero y la Margarita Xirgu de la canción, la más grande intérprete de ese
género tan infravalorado por la intelectualidad durante tantos años, la de más
corazón encima de un escenario, la que sabía condensar más historias en dos
coplas y un estribillo que los grandes dramaturgos. Nadie supo acercarse al
pueblo llano como ella, y por eso España entera, Andalucía, y muy concretamente
su pueblo natal y su patria chica de Triana, han llorado su desaparición como
si la muerte le hubiese arrancado una rama del árbol de la familia.
Menos mal que Triana, allá por el 2001, la nombró
“Trianera de Honor” y que el Ministerio del Trabajo le concediese su Medalla de
Oro en el 2011. Pero Marifé se ha ido a la gloria llevándose la miseria de los
políticos más cercanos, el olvido más vergonzante de los que tenían el
suficiente dossier para vanagloriarse de ella. Ni los políticos de antes ni los
de ahora tomaron en cuenta concederle la Medalla de Oro de Andalucía, a pesar
de que las tengan varios mindundis
que nacieron anteayer. Y a la gloria se ha ido tan genial artista sin que el
alcalde de la ciudad de las personas,
Juan Ignacio Zoido, ni el delegado del Distrito de Triana, Francisco Pérez
Guerrero, ni el director del Distrito, Manuel Alés, asistieran a su entierro,
mientras que sí lo hicieron los alcaldes de Málaga y Torremolinos. Quieren
evadirse diciendo que estaban muy liados con lo del Viacrucis de la Fe. Lo de
siempre: donde estén las hermandades de por medio, lo demás no importa.
Marifé se ha ido con el más absoluto olvido de las
autoridades sevillanas, y muy concretamente de su delegado en el arrabal, al
que desde esta página le ruego que dimita para que se presente a Hermano Mayor
de cualquier cofradía.
(Triana Crónica. Nº 24. Febrero 2013)
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