viernes, 4 de enero de 2013

MI FOTO DE CADA DÍA: LAS RIADAS


Las riadas, o arriadas, o las riás, las salidas de madre del Guadalquivir a su paso por Sevilla, originaron durante siglos muchas y graves desgracias en la piel de la ciudad. Célebres en el pasado siglo fueron las de años como 1902, 1904 y 1910;  la muy importante de 1912, y las de 1915, 1922, 1925, 1934 -el año más difícil de la Segunda República-, 1941 y 1947 -que fue enorme-, 1958 -primera de la que tengo memoria-, 1961 -tan desgraciada por el desbordamiento del arroyo Tamarguillo y el accidente de una avioneta en la llamada "Operación Clavel", que comandaba el gran radiofonista chileno Roberto Deglané Portocarrero, más conocido como Boby Deglané en el mundo del boxeo, la radio y el circo-, y la de 1968.

Podrían añadirse a esta lista algunas otras más o menos importantes, pero estas fueron, sin duda, las que hirieron más fuerte a muchos barrios y sectores sevillanos. La fotografía de este día está tomada en 1912, casi a la entrada de la calle Castilla de Triana con el cruce de Callao. A nuestra derecha -si aumentan la imagen la observarán muy bien-, se encontraba la "Alpargatería Valenciana", de tan grato recuerdo para los habitantes del arrabal, y que lucíría más tarde, como reclamo publicitario, un gran zapato de hombre en su fachada. Vemos al fondo la torre de la iglesia de la O y, casi diluida en la imagen, Chapina. Una iglesia de la O que ofreció misa en la célebre riada de 1947 en la puerta de la misma, sobre un tablado elevado, ofrecida por su cura ecónomo José María González Ruiz, misa a la que asistían desde balcones, barcazas y carros, muchos creyentes del arrabal, tal vez rogando que el cielo calmase sus iras.

Junto al carro, que parece de un carbonero, va una barquilla con varios hombres, que ignoro si están transportando a vecinos mayores o enfermos dentro del carruaje, o están subiendo en la pequeña y socorrida embarcación algunas viandas para poder soportar esos insufribles días sin poder bajar a la calle y con todos los negocios anegados. 

Para los niños que vivimos algunas riadas, aquello era una aventura, y nos encantaba calzarnos nuestras botas de agua para patear las calles y sentirnos a nuestras anchas sin colegio. Para nuestros padres las casi continuas riadas significaban una desgracia porque perdían enseres, días de trabajo o de buscarse la vida, y mucho esfuerzo para nuestras madres cuando las aguas se retiraban y entre todos los vecinos tenían que volver a poner salubridad en las casas o en los corrales. 

Hay impresionantes archivos de estas riadas en Sevilla. Fotografías que nos indican cómo vivíamos entonces. Con la modernidad de la Expo'92, y con todas las nuevas infraestructuras que se hicieron, tal como la de la esclusa norte, parece ya imposible que sintamos el miedo de vernos inundados, aunque no es malo rezar de vez en cuando y dejar de cantar aquella canción infantil de "Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva, los pajarillos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que lluvia a chaparrón...", tan sólo recomendada para largos tiempos de sequía.

La gente de la Alameda se acercaba al antiguo lugar de Los Humeros para ver cómo bajaba el Guadalquivir en torrenteras desde la presa de la cercana Alcalá del Río; los habitantes de Triana se arracimaban en la base de la escalerilla de Tagua para ver el nivel de la llamada "Boca del León", el mejor indicador para guardar lo de valor de la casa y salir corriendo buscando el amparo de familiares con viviendas en barrios más altos. Cuando el Guadalquivir se desbordaba por la calle Betis y los barcos de gran calado se quedaban varados en seco en el Muelle de la Sal, junto a la Torre del Oro, sólo merecía la pena implorar a Dios y rezar por lo bajini un Padrenuestro.

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