martes, 25 de diciembre de 2012

LA TRIANA DE ANTONIO BURGOS: PROHIBIDO HABLAR DE LA COSA



PROHIBIDO HABLAR DE LA COSA


Si «en Sevilla hay que morir», que dice el refrán del tanatorio de la Ese Treinta, y si «Sevilla tiene un color especial», que añade la letra Titanlux de Cadaval, yo no sé Triana... 

—Pues lo de otra sevillana: «No sé qué tiene Triana»... 

Usted lo ha dicho. No sé qué tiene Triana. O sí que lo sé: tiene dentro la gracia del mucho Cádiz que le subió por el río y que incluso sigue arribando cada tarde por la escalera de Tagua, con el fresquito de la marea. Negando la mayor, la mayor obra de José María Izquierdo, siempre sostuve que Sevilla no es la Ciudad de la Gracia: Sevilla es la Ciudad de la Guasa, que no es lo mismo. La Ciudad de la Gracia es Cádiz, donde hay un humor menos ofensivo, menos retorcido, que nunca va contra nadie, sino que tiene como fin hacer feliz a la gente frente a las adversidades de la vida. Quizá Triana tiene algo de esto. Si se fijan bien, en Triana hay menos guasa que en Sevilla. El porcentaje de cristalitos en la barriga de Triana es menor que el de Sevilla, donde algunos tienen Cristalerías Erausquin enteritas. En Triana quizá hay más gracia que en Sevilla porque hay menos guasa. Más Cádiz y menos Sevilla. Más agua clara de la mar o del río y menos tierra para tirarla a los ojos del prójimo con un chiste cruel. Incluso hubo una artista que se llamaba Gracia de Triana. Que yo sepa, y que me corrija Daniel Pineda Novo, que se las sabe todas y las ha biografiado, no hubo ninguna que se llamase Gracia de Sevilla. 

Hago este largo exordio porque Triana sigue a plena producción como fábrica de gracia que luego cruza el río y hacen pasar por sevillana. Un lector, don Francisco Lama, me envía el mensaje de una foto con su correspondiente pie que circula por los interneses, al parecer creada por Manolo Peñalosa, supongo que ingenio eximio de la corte de Triana. Es la foto de un cartel puesto ante el mostrador de una tienda de Triana, parece que de repuestos de automóviles o ferretería, algo así. El letrero cuelga de una estantería como advertencia al público y dice: 

«Prohibido hablar de la Cosa». 

Como lo de «se prohibe el cante» o «prohibido escupir en el suelo por razones de higiene» de las antiguas tabernas de serrín, mosto y papalinas simpáticas que terminaban en un cante por fandanguillos ante el tomate con sal y los jartamuses (vulgo altramuces), en muchos establecimientos de Triana no se puede hablar de la Cosa. 

¿Que qué es la Cosa? ¿Qué va a ser? Lo que su mismo nombre indica: la Cosa. ¡Pues no está mala ni ná la Cosa! ¿Usted no ha visto cómo está la Cosa? 

—Desde luego, Burgos: ¡hay que ver cómo está la Cosa! 

Pues para felicidad de los trianeros, el cantón del Arrabal ha declarado muchos de sus territorios como jurisdicción exenta de lamentaciones por la Cosa. 

—Es que pones el telediario y se te caen dos lágrimas, de cómo está la Cosa. 

Pues por eso mismo. Si no se habla de la Cosa, seremos más felices. Ya está bien del tío vinagre que te viene y hace que se te caiga el alma directamente a los pies diciéndote: 

—Acabo de hablar con el territorial de un banco y me ha dicho que la Cosa está fatal, que la Cosa está mucho peor de lo que creemos y de lo que dice el Gobierno. 

—Como que la Cosa va cada día peor. Y los que saben dicen que cuando va a estar mal la Cosa es después del verano. 

Peor que la crisis, peor que la recesión, peor que la deflación y peor que la estanflación es la Cosa: que es la jindama en el cuerpo por todo lo anterior. Razón más que suficiente para que la gracia de Triana haya prohibido hablar de la Cosa. Vamos, que en la Triana marinera no se puede hablar ni del mapa de Juan de la Cosa. Si sería pesimista con la crisis del Nuevo Mundo de Colón, que en Triana le pusieron de mote Juan de la Cosa.

(Diario ABC de Sevilla. 7 de agosto de 2009)


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