viernes, 7 de diciembre de 2012

DESDE MI TORRE: LOS PATIOS CORDOBESES PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD


Una de las grandes bellezas de la Córdoba íntima, de esas bellezas que hay que buscar por barrios antiguos como san Basilio, es la de sus patios, cuidados mimosamente durante todo un año para que en primavera sean una auténtica explosión de luz, aroma y color. Nada mejor para relajar los nervios que pasear por estas calles y adentrarse por esos zaguanes encontrándose uno con los múltiples milagros de la naturaleza. Trepan las buganvillas y los jazmines, las damas de noche y la hiedra de verde intenso; estallan en prismas matizados los geranios y las gitanillas, los claveles y clavellinas, las dalias y los tagetes, la flor del dinero, las rosas y los miramelindos... Desde la humildad de una maceta de barro, torneada por cualquier alfarero de La Rambla, o de una lata vieja y oxidada, la vida de las flores nos invitan a una contemplación plena de gozos...

Los patios cordobeses nos invitan a la serenidad, a la meditación, a la soledad que de vez en cuando el hombre necesita para encontrarse con él mismo. Me encanta, cuando el cuerpo me lo pide, pasear por estos quicios, patear sus calles enchinadas, escuchar el murmullo del silencio, y asombrarme ante el misterio de la anual reencarnación del color y los sentidos, y estremecerme con el sonido mínimo del agua resbalando en una fuente Me siento enano ante la belleza sencilla, pero sublime, de esta eclosión de abigarrada luz...


Patios para la conversación baja y casi conventual, patios para la siesta desde el paraíso de una mecedora de rejillas, patios para la voz de los poetas, patios en los que el tiempo se para y en los que no existen las prisas infartables. Patios para la meditación profunda, para el examen de conciencia reconfortable, para el reencuentro con uno mismo...

Ayer los nombraron Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, pero ya lo eran en mi alma desde hace muchos años: desde que pude milagrear la mirada y saber por esas macetas más de Dios que por la Biblia. Ya eran ellos patrimonio de mi vida sensorial, parte vital de mi existencia, fe en la creación del Universo, esperanza en la alegría de un cosmo abierto en pétalos, caridad eterna con la que alegrar la tristeza del prójimo...

Patios de Córdoba que soñaría Séneca en su Roma elitista y que cantaría Lucano. Patios de Córdoba que vencerían con sus hojas las espadas de abderramanes, literarios y eruditos alhakenes y poderosos almanzores. Patios a los que puso música Ziryab, por los que paseara Averroes, por los que dejase sus versos entre labios Ibn Zaydum, Juan de Mena y el Duque de Rivas... Patios que se dejaron cantar en la pluma de Góngora, en la de Luis Jiménez Martos, en la de Fernández Grilo, en la de Pablo García Baena, Leopoldo de Luis, Elena Medel y Juana Castro... Patios de los que enamorarse y para enamorarse mirando esos ojos de pura miel de las mujeres cordobesas... Patios para vivir y dejarse morir en ellos...

Hoy, sus humildes macetas ya son patrimonio de la humanidad, pero no patrimonio inmaterial, que es mentira. En Córdoba las flores tienen cuerpo: se sienten, se tocan, se acarician, se saborean como un buen "medio" de los altos "Moriles". Tienen estas macetas cuerpos de mujer. Son tangibles como los muslos de una buena hembra. Miro, me asomo a los patios cordobeses, y mi vida, tan vieja, vuelve a renacer de nuevo...


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