viernes, 13 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (13)


EL DITERO

Uno de los personajes más famosos de Sevilla -cuya imagen ha llegado hasta la década de los setenta- fue el ditero, ese hombre singular que tuvo la mala suerte de gozar de horrible crítica y especial odio por aquellos a los que él mismo favorecía vendiendo a "ditas" lo que se usaba en la casa.

El ditero no dejaba de ser unos auténticos almacenes en miniatura. Sobre sus hombros, vencidos por el peso de las mercaderías, se agolpaban los cortes de piqué, sarga, percal, lienzo moreno, hules, cretonas y visillos; en sus brazos, los fardos de cacerolas, los paquetes de bragas y combinaciones, los calzoncillos de popelina, los zapatos y trajes de niños "por encargo"... y, aunque parezca mentira, todavía le quedaba un hueco libre para llevar bien agarrada la célebre y voluminosa libreta de los tornillos, en las que se apuntaban las ditas y el debe de la clientela femenina, ya que eran exclusivamente mujeres las que mantenía en pie esta digna profesión.

Eso sí que eran auténticas tarjetas de crédito y no las de ahora: sin necesidad de tener cuenta bancaria, sin avalistas y a domicilio, ¡toma ya!. Y cuando la semana estaba floja y no llegaba ni para poner a hervir las perolas con algo de sustancia, pues vista gorda y un "ya te pagaré la semana que viene".

Por ésto, por sufrido y paciente, no comprendo la mala prensa que sobre el ditero echaron las lenguas de doble filo ni el temor que, por lo general, inspiraba su presencia, no a la hora de la venta sino a la del cobro, que era la hora de los grandes duelos. Cuando lo veían venir por la calle, y la economía no estaba como para desprenderse de los diez reales establecidos, las vecinas avisaban velozmente a aquellas que tenían problemas para que se escondiesen en los sitios más inverosímiles, ocurriendo cosas como la siguiente:

-Niño, dile a tu madre que salga, que está aquí el ditero.

El niño, más que adiestrado en las respuestas a caseros y cobradores de la luz, le contestaba tranquilo, no sin adivinar que el ditero había descubierto el escondite.

-Mi madre no está, sa dío a un mandao.

-¿Sí, hijo? -Le contesta el ditero, con más tiros encima que la bandera del Tercio-. Pues dile cuando vuelva que ha estado aquí el ditero, y que a ver cuándo me compra una cuartita más de cretona para la cortina, porque se le están viendo las piernas por debajo de las que tiene puestas. ¡Venga, Antonia, mira que ponerme al niño pá decirme que tampoco me vas a pagar esta semana...!

El ditero era el centro de las sátiras, de los comentarios jocosos y de los motes de rápidos: "El Malasombra", por sus apariciones; "El Longines", por su exactitud en los cobros; y "El Espárrago", por lo seco de sonrisas. Las hordas no deudoras, las que pagaban religiosamente, les tenían gran afecto:

-Mira, Andrés, quiero que la semana que viene me traigas un bracerito que esté bien pá podé pasá estos fríos que se nos va a llevá a tóos con los pies p'alante. Y a la semana, venía "El Longines", exacto y puntual, con el bracero reluciente al hombro, entregando la mercancía y apuntando el debe en la obesa libreta de los tornillos. Eran otros tiempos. Entonces, el ditero era como una especie de molesto fantasma para aquellas personas que no podían hacer frente a las ditas semanales. El objetivo más inmediato, si la suerte acompañaba, era el de librarse radicalmente de aquel indivíduo que se hacía molesto por el agobio que siempre se tenía encima, como bien recoge una publicación sevillana de 1949:

Juegue en esta lotería
si quiere tener dinero,
y tendrá gran alegría
cuando al pagarle el lotero
pueda usted decir tranquilo:
¡Se acabaron los diteros!

Pero también, la mayoría de las veces, el ditero era el pañuelo de lágrimas de muchas familias sevillanas. Con el tiempo, con las tarjetas de créditos, el sistema cambió, pero gracias a ellos fueron muchos, fuimos muchos, los que pudimos vivir con algunas humildes comodidades y salir del paso. El bardo anónimo nos trajo una letra en métrica de seguidilla, que debería ser la "sevillana" nostálgica que todos debemos cantar en recuerdo de tan memorable personaje:

No llores tú, sentrañas,
por el dinero,
que siempre habrá vacante
algún ditero.
Luego, el chiquillo
te apunta en la libreta
de los tornillos.

Ya se fue el ditero de la memoria de nuestros días, y con su pérdida ya no se escucha por las calles aquel lejano pregonar:

-¡Que traigo los platos, las tazas, tazones, vasos de agua, de vino y café, polveras, jaboneras, vinagreras, ollas, cacerolas, peroles, sartenes, medias, calcetines, vichí, tela blanca, lienzo, mantas, mantones, colchas, tela de colchones, manteles de hule y braceros de los altos horno de Bilbao que los llevaba Juan Sebastián Elcano en su costado durante las grandes guerras de Lepanto, y no se abollaban por muchos cañonazos que le daaaaaaaban! Y ¡pum!, leñazo sonoro contra el suelo, para que con el ruido salieran las "marías" a ver ese pequeño almacén ambulante que en sí mismo llevaba el ditero: ese hombre al que media Sevilla -también la otra media- le debe poner un monumento particular en su recuerdo.


4 comentarios:

  1. No había oído nunca hablar del ditero, ni conocía el oficio. Muy interesante conocer estos oficios que nunca he visto. El otro día me contaron unos amigos que existía el "lañero"...

    Gracias sr. Emilio.

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  2. El lañero, o lañador, estaba incluido dentro del oficio del latero. Lañar significa cerrar roturas en la porcelana por medio de grapas de metal, y era lo que hacían son suma habilidad estas personas.

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  3. Justo este homenaje a los diteros. El de la derecha de la foto de arriba es Paco, co-parroquiano de El Ancla, y la calle es la Central de la Vega de Triana.
    Recuerdo que llegaban al patio y cada uno llamaba con su son, su formas y su estilo... "¡Carmeeeeeeeen!", o, secamente: "¿Nieto...?". Nosotros, los hijos de las sufridas deudoras, los conocíamos sin verlos. Algunos, con los cambios sociales, se establecieron con tiendas de barrio y, muchos, se enriquecieron -trabajando, claro- con el entonces floreciente negocio de los electrodomésticos.

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  4. Esa fotografía primera -que precisamente tú me ofreciste- es excelente. Yo me acuerdo mucho de esos diteros de cuando vivía en el corral de Torrijos y de cuando iban a casa de mi abuela en la calle Pureza a llevarle cualquier cosa que ella les hubiera encargado. ¡Qué tiempos! Sabes que en mi libro "Mercados y mercadillos" les dediqué un capítulo.

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