viernes, 6 de enero de 2012

OFICIOS PERDIDOS, COSAS Y COSTUMBRES DEL AYER (6)


EL BARBERO

Las barberías antiguas han sido verdaderas academias y ateneos de las más diversas dialécticas. Rasurarse la barba no solamente era un acto estético que se cumplía con cierta frecuencia y regularidad, sino la participación, con el barbero y su parroquia, en una conversación fecunda que iba, invariablemente, de los toros al fútbol, y de éste a la política. En la barbería, se toreaba mejor que Manolete, se jugaba mejor que lo hacía Pelé, y se dirigían los destinos de un país mejor que pudiera hacerlo Azaña o Franco. ¡Faltaría más!

Los barberos antiguos, así como los viejos taberneros, casi todos poseían el don de la locuacidad, la viveza y la chispa rápida. Recuerdo que allá por los años 80, cuando aún me quedaban muchos años para ser destinado a Córdoba, viajaba a esta ciudad con cierta regularidad por motivos de trabajo. Encontré en ella una barbería, en la Puerta de Almodóvar, que era un encanto. Su barbero, sabía de flamenco más que El Fillo, y como sabía que me gustaba y chanelaba del tema, cada vez que acudía a su cátedra con la excusa de que me arreglara las patillas o me diera un afeitado a fondo, salía de ella con una lección gratis de flamencología. No exagero en absoluto si digo que la operación del afeitado duraba dos horas. -Mire usted, don Emilio, cuando Antonio Mairena hacía aquello por soleá de... Y allá que me endiñaba, y gratis, y con extraordinario tono, una soleá de Joaquín el de la Paula o de Manolito María.

En otras ocasiones -y como a base de conversaciones llegó a sacarme de que yo era un viejo currista-, el tema  le daba por lo taurino y, con un paño blanco impoluto, dibujaba unas verónicas que para sí hubiese querido darlas el propio Curro Romero en tardes de Domingo de Resurrección. Murió el el hombre, pero cada vez que paso por el sitio en el que disfruté durante tantas mañanas, me acuerdo de él, y lo resucito metiendo un gol imposible, dando un muletazo de ensueño o fijando la historia del flamenco en un tercio inolvidable...

Ya han desaparecido los barberos. La ley los ha dejado en peluqueros a seca. En Sevilla, donde me pelaba Cobos, en la barriada de El Tardón, han muerto, lentamente, aquellas barberías-ateneos de tan rancio abolengo. Hoy, para el recuerdo, sólo nos queda el título de la ópera bufa "El barbero de Sevilla", con la música de Rossini y el texto de Cesare Sterbini, y nuestro gran Manuel Melado, con el que morirá una generación de barberos que sabían contarte la historia de España, "sui géneris", mejor que el que la inventó.

La chistografía popular, tan sabia ella, también ha sabido fijar el mundo de los barberos en sus ocurrencias, como aquel tipo que le dijo a su barbero:

-Me vas a pelar con la patilla izquierda muy alta y con la derecha muy baja. Me das cuatro trasquilones de los buenos a la altura de la nuca. Me dejas el pelo muy corto en la parte delantera  y el tupé desigual, y arriba me haces el escudo del Barcelona. 

El barbero le dice al amigo cliente: -Pero yo eso no soy capaz de hacerlo, Antonio...

-Que no, pues así es como me pelaste el mes pasao cuando estabas borracho como una cuba.

Cosas de barberos y clientes. Yo recuerdo con cierta veneración a Juan "El Legionario", en una accesoria de la calle Juan de Pineda, que tenía la mejor colección de revistas eróticas para la espera, que te pelaba, te daba conversación, te cobraba muy barato y, además, te regalaba un paquete de Winston de contrabando. Jamás pude entender dónde estaba la ganancia. Y, con mucha devoción, a mi maestro de ahora, que a mitad del pelado te dice que hay que tomar una cervecita, que ya es la hora del Ángelus. Y allí que te vas con él, a medio pelar, al bar cercano... ¡Barberos!   

Yo he visto en mis años de niñez, en lo que hoy es la avenida de San Vicente de Paúl, en la barriada llamada de Santa Cecilia, pelar en un descampado: 0'15 céntimos al sol y 0'25 a la sombra. ¡Tiempos! Pero ya pasaron aquellos barberos, hoy peluqueros y cuidadores de nuestra imagen. La ley, por aquello de evitar el SIDA, prohibió el rasuramiento, y con él nos quitaron de un plumazo las charlas políticas, los goles de Pelé y las tardes gloriosas o nefastas de mi Curro. ¡Vivir para ver!

-¿Niño, cómo te pelo?

-Como mi padre, Juan.

-¿Y cómo pelo yo a tu padre, niño?

-Fiao, maestro.

Y es que las barberías, las antiguas, han dado mucho tema para contar...


10 comentarios:

  1. Y mucho chiste, querido Emilio. El cliente le pregunta al barbero que si no tiene otra navaja. ¿Está poco afilada? Al contrario, es para defenderme.
    Recuerdo también, de entre mis lecturas, que también en la Alameda se pelaba al raso, en medio del albero, y que para los rasurados, tenian los barberos una pìedras planas ovaladas que el cliente se metía en la boca para redondear la mejilla y facilitar el afeitado. Cuando acababa,se la metía al siguiente, sin enjuagar siquiera. No se habían inventado todavía los microbios. Y menos el Sida. Gracias,Emilio, por estas entradas.

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  2. Desconocía lo de la piedra, pero la cosa tiene guasa. Más guarro no se puede ser. Es lo que tú dices, había tanta mierda que no existían ni los microbios, ja, ja, ja.

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  3. Añoro cuando me recortaba la barba (entoces negra como las intenciones de un político),el maestro de Aracena que tenía su barbería, llena de jaulas de pájaros, en la calle Betis.

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  4. Templo desgraciadamente ido de las buenas conversaciones y las canarieras llenas de trinos...

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  5. Y hasta en las cárceles había barberos; lo digo por la letra del famoso tango malagueño.

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  6. Patio de las tres palmeras,
    rincón de la barbería,
    que al que no tiene dinero
    lo afeitan con agua fría...

    ¡Benditos tangos de El Piyayo!

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  7. Bueno, realmente yo me refería a esta letra de tango, efectivamente de El Piyayo:

    Adiós patio de la cárcel
    rincón de la barbería
    que el que no tiene dinero
    lo afeitan con agua fría.

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  8. Amigo Emilio, he leído con delectación tu homenaje a los barberos y tengo que agradecerte como profesional de la navaja y la tijera que te hayas acordados de esos viejos maestros que ejerciendo esta labor artesanal pasaron tantas y tantas miserias.

    A modo de orientación te diré, que el barbero en la historia ha tenido mas categoría que el peluquero actual. En las barberías se extraían muelas y se practicaba la sangría. Mi padre se estableció en el barrio de San Julián, y el anterior inquilino de la barbería, Máximo Castaño Labrador, colocaba a un aprendiz en la puerta de la misma tocando con un palo una lata de conservas vacía formando un ruido ensordecedor y los vecinos comentaban ! Ya está Máximo sacando una muela!, el escándalo era para que no se escucharan los gritos.

    Pero en el siglo dieciocho los médicos valencianos prohibieron que se practicaran estas labores de cirugía menor en la barberías y con ello comenzó su decadencia. Seria mas tarde a finales de los años cincuenta cuando surgió el corte de pelo a la navaja, gracias a dos peluqueros franceses Mesie Hugo y Mesie Hardy, gracias a ellos comenzó un nuevo resurgir económico, ya que para la practica de este corte de pelo había que lavar la cabeza, y a partir de ahí, comenzaron a ponerse lociones para el cabello, tintes, manicuras, mascarillas, ectr.

    El barbero en la historia era un personaje que gozaba de cierta valoración, los reyes cuando querían conocer lo que opinaba el pueblo consultaba con el maestro barbero y el lo informaba de forma general de lo que opinaban los ciudadanos.

    Existía una frase terrible por los años cuarenta y era aquella que decia " Las putas y los barberos, a la vejez los espero", el barbero por aquellos tiempos no tenia tarifa, le decía una vez terminado el servicio al cliente " lo que usted quiera". Y fueron precisamente mi padre y Don. José Berro Gonzalez, los que lucharon e implantaron las tarifas en las peluquerías, gozando desde entonces de una equiparación igual de dignas a la de otras actividades artesanales.

    Emilio, perdona el "coñazo", te lo he escrito todo a vuela pluma ya que lo acabo de leer y me ha dado mucha alegría que te hayas preocupado de este colectivo. No pienses, por favor, que he querido enmendarte la plana, únicamente comentarte algo de esta actividad y si puedes y dispones de tiempo en tus visitas a Sevilla, te llevaré a mi peluquería para que veas fotos, tarifas, y herramientas de la época.


    Tu amigo Melado.

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  9. ¡Qué coñazo ni qué coñazo, amigo Manolo! Nos has dado una lección de "barberología" auténtica en sólo dos segundos. Es una maravilla tu disertación sobre tema que tan bien conoces. Las planas, amigo, están siempre para ser enmendadas y enriquecidas con la sabiduría de gente que como ti ponéis el resto de lo que ignoro.

    Un fuerte abrazo, maestro.

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