jueves, 8 de diciembre de 2011

DESDE MI TORRE: LA DULZURA DE LOS NIÑOS (CON EL RECUERDO AL FONDO DE RUTH Y JOSÉ)


Esta especie de graciosísima caricatura me la hizo ayer Nayara, mi sobrina adoptada. Es la nieta de un antiguo compañero mío de trabajo que vive en un bloque cercano  a casa y junto al que comparto los pocos ratos libres que tiene algunos domingos.  La niña, de cuatro años, es una monería, simpática y lista como todos las criaturas de esta generación, cuyo padre sólo tuvo el entretenimiento de engendrarla, tan de moda hoy en día. Por lo tanto, el abuelo ocupa ambos menesteres y está que se le cae la baba con ella. Yo, por extensión, soy su tito Emilio, y estoy deseando que llegue un día de fiesta como hoy para verla, reírme con sus ocurrencias y jugar con ella. Los dos, como suele decirse, "estamos chochos" con la cría.

Me enternecen los dibujos de los niños de esta edad, porque están llenos de pureza. Tengo una colección de ellos de mis hijos y de mis nietos, la mayoría enmarcados, ya que cada vez que los veo a mi alrededor vuelvo a la infancia. Gracias a mi padre también tengo guardados los que yo hacía con aquella edad, mis primeros libros y mis primeros cuadernos. Hoy, muchísimos años más tarde, aún me gusta de vez en cuando sacarlos de sus escondites y volcar sobre ellos una mirada para intentar creer, inocentemente, que el tiempo no ha pasado.

Toda la dulzura de un niño está en esos dibujos espontáneos, realizados con la rapidez de la inocencia. Hoy, cuando con un cariño inmenso publico la caricatura que me ha hecho mi "sobrina" Nayara, no dejo de acordarme de Ruth y de José, los dos hermanos cordobeses que tal día como hoy hace dos meses que desaparecieron tras un "despiste" del padre, quien desde la prisión de la ciudad continua diciendo que los niños están vivos, pero sin soltar prendas de dónde están y quién los tiene. No puedo comprender cómo a unas criaturas se puede someter a este tormento, ni a qué mente humana se le puede ocurrir un desatino de estas dimensiones. Ruth y José, como Nayara, no me tocan nada, pero, cuando veo sus fotografías por las calles, comercios y bares de la ciudad, me duelen como si fueran sangre de mi sangre, como si fueran mis hijos, y rezo para mis adentros para que aparezcan pronto, para que cojan sus estuches de lápices de colores y dejen impresas sobre el alma del papel toda la dulzura que encierran.


2 comentarios:

  1. Pues ve buscando el marco para esta caricatura tuya porque está llena del encanto de un angelito, y los angelitos deben vernos así; además, Emilio, no me digas que no te pareces...

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  2. La llevaré a enmarcar el lunes y buscaré un hueco libre en mi estudio, cosa bien difícil, pero no imposible. Mi sobrina me ha retratado a la perfección, sobre todo esas huellas de tinto antiguo en mis mofletes. ¡Genial!

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