sábado, 10 de diciembre de 2011

DESDE MI TORRE: EN EL SILLÓN DEL OBISPO


Anteayer, aprovechando la visita que he tenido en este puente, mi hermana y mi sobrina, y ya que hacía un sol primaveral, me decidí a enseñarles la sierra, esa que cada mañana me invita a mirarla desde mi estudio. El día de la Inmaculada estaba esplendorosa y sus distintos verdes resaltaban sobre el cielo azul brillante. La sierra de Córdoba está a unos cinco minutos de casa, con lo cual subir a ella es un paseíto, como solemos decir los andaluces. Desde el mirador que está a mitad de camino, antes de coronar el cruce que va hacia las ermitas, la ciudad, tan llana como la palma de la mano, tiene una visión de ensueño. Desde allí va adivinando uno su callejero localizando sus edificios, sus principales arterias o la singular torre y mole de la magna mezquita, tal como si se estuviera examinando de geografía sobre un inmenso mapa que tuviese borrados sus nombres. Es un placer contemplar a la ciudad desde la altura: sin ruidos, sin tráfico, con la vista prendida en su belleza.

Cinco minutos más y ya estábamos en las célebres ermitas, que desde lejos parecen palomas posadas sobre el lomo de la sierra. Es un lugar idílico en el que sólo se respira paz. Al contrario de los muchos monumentos de la ciudad, que dejan que desear en materia de limpieza, las ermitas están cuidadas, limpias, mimadas sus flores y plantas, brillantes los guijarros de sus caminos, resplandecientes sus cales. ¿Por qué tanta diferencia? Pues, porque este conjunto de trece edificaciones diseminadas que se alzan en el llamado Desierto de Nuestra Señora de Belén, no está al cuidado de los estamentos políticos, sino de la Asociación Amigos de las Ermitas, que pone todo su interés para que estas construcciones -la primera de ellas de 1703- se sigan manteniendo con el esplendor que el sitio y el recinto merece.

Desde donde situaron el "Sillón del Obispo", en un gigantesco mirador que se abre a la ciudad, la vista de Córdoba es ciertamente hermosa. Supo el obispo de turno elegir bien el sitio para la contemplación o para la siesta primaveral. Para sentir esa sensación, no me resistí a probar el comodísimo sillón, a pesar de ser de piedra, y a dejarme retratar para el recuerdo. La vista bien merece una sentada.

El último eremita que tuvo aquí su vida de rezos, trabajos y sacrificios, falleció el año 1957, cuando el lugar estaba a cargo de los Carmelitas Descalzos. Han pasado años, muchos años, pero cuando uno pasea lentamente por los cuidados senderos, parece que detrás de una acacia, o de los repletos naranjos, te va a aparecer uno de aquellos frailes con luengas barbas breviario en mano. Recomiendo a todos los blogueros una visita a este lugar único, y seguir la ruta, tal como hicimos a la vuelta, por el Real Monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, hermosa obra del gótico cordobés, propiedad de los marqueses del Mérito desde 1911, y perfectamente restaurado; bajar hasta la joya califal de Medina Azahara y vuelta a casa en dos horas justas de excursión. A veces, y en días tan luminosos como el de anteayer, esta parte de las faldas de Sierra Morena bien merece una visita para fortalecerle a uno el ánimo.


2 comentarios:

  1. Siempre que yo recibía en Córdoba alguna visita de amigos de Despeñaperros pá arriba, los llevaba a las Ermitas. Ellos, que venían con la idea de visitar la Mezquita, el barrio de la Judería y poco más, se quedaban sorprendidos y maravillados.

    ResponderEliminar
  2. Pues la verdad es que es así, Andrés. No hay un sitio más delicioso para visitar que las Ermitas y esa mini excursión que he contado. La Mezquita y la Judería tienen su punto, pero basta sentarse un rato en este paraje idílico para alejarte del mundo.

    ResponderEliminar