LA DUCHA
Hace calor. La ducha. Y apareces
-desnuda claridad- como una espada.
Y me dejas la carne traspasada
cuando a la lluvia, sin rubor, te ofreces.
El agua pone el río y tú los peces.
Yo no sé qué poner. No pongo nada
más que un corvo deseo; una mirada
como un puñal que clavo muchas veces.
Y el agua cesa y se acrecienta el fuego
cuando la piel recorres con cuidado
agotando tu aseo y mi paciencia.
Y miras, y te ríes, y hablas: ¿Luego?
No, luego no, mujer. Ahora el pecado,
que ha sido mucha ya la penitencia.
Joaquín Márquez

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