miércoles, 27 de abril de 2011

LA PRESENCIA DE LA MADRE EN EL CANCIONERO FLAMENCO (3)


El amor de la madre, tal como está de manifiesto en las coplas que manejamos, es insustituible por cualquier otro. La madre es la gran protectora, dejando en un muy segundo plano la imagen paterna. Lo decíamos al principio y nos lo vuelve a recordar esta composición del cancionero popular:

Si cual tengo padre
tuviera yo madre
no andarían estos chorrelitos
sin calor de nadie.

Por su respeto se puede llegar a matar, tal como sugiere esta copla de Salvador Rueda que inserta en su "Antología Flamenca":

Si mi madre fuera pobre
y pidiera pan por Dios,
y le dijeran perdona,
estaba en la cárcel yo.

La preocupación de una madre por la suerte de un hijo está perfectamente recogida en esta célebre copla por Taranto que cantaba Concha "La Peñaranda":

Son las tres de la mañana,
dónde estará este muchacho,
si andará bebiendo vino
o estará por ahí borracho
o una mujer me lo ha entretenío.

El amor a la madre también se expresa con comparaciones de tipos diversos. Por ejemplo, en esta copla recogida por el cancionero popular y que habla del desamor por parte de la mujer amada:

"Te quiero más que a mi madre",
muchas veces me decías,
yo no pude figurarme
lo poco que la querías.

Este brevísimo remate que se pone a la Soleá, describe a la perfección el amor a la madre sin más adjetivaciones:

Te quiero yo
más que a la madre
que me parió.

El amor a la mujer amada suele saltarse algunas normas de preferencias:

Te quiero más que a mi vida,
más que a mi padre y mi madre
y si no fuera pecado
más que a la Virgen del Carmen.

Y la sublimación total de la madre en esta copla del cancionero:

Tengo una santa en mi casa
que se parece a mi madre;
es tanta la semejanza
que ni el mismo Dios lo sabe
quién es mi madre o la santa.

O en esta otra:

Un céntimo le di a un pobre
y me bendijo mi madre,
para limosna tan chica
qué recompensa tan grande.

Y lo imposible: el amor llevado desde el cordón umbilical en este desgarrador fandango muy al uso en los años cuarenta:

Un niño estaba llorando
en la tumba de su madre,
y llorando le decía:
tengo frío y mucha hambre,
levántate madre mía.

Y hasta el perdón más sencillo por la mala vida de aquella que le dio el ser en este otro fandango de las tierras de Huelva:

Viejecita y ya ni vé
con lo guapa que ante ha sío,
para criar a sus hijos
se tuvo hasta que vender,
qué buena madre he tenío.

La terrible sensación de desamparo ante la muerte de la madre querida, copla del cancionero de Manuel Balmaseda (1881):

Ya se me murió mi madre
y a Dios le pido llorando
que nunca me desampare.

O esta seguiriya tétrica del mismo autor:

Yo le pagaré
al sepulturero
pa que me entierre donde está mi mare
si acaso me muero.

Toda protección materna se pierde ante su muerte. Nos lo dice este fandango que recoge Manuel Garrido Palacios en su libro "Alosno, palabra cantada" (1992):

Yo me encuentro por la calle
enfermo y abandonao,
desde que murió mi madre
nadie me quiere a su lao,
con ella debió llevarme.

La orfandad entra, evidentemente, en la escala de las grandes desgracias, tal como registra esta copla recogida por Camilo Gómez Cruz en su libro "La poesía del fandango" (1992):

A un ciego le pregunté
las tres desgracias más grandes:
el querer y no poder,
no tener padre ni madre,
el haber visto y no ver.

Continúan las coplas hablando de la imagen de la madre como la única y verdadera protección:

Cuando mi madre murió
mi hermanillo me abrazaba:
hermano, ya se cayó
el árbol que nos tapaba

Y mañana, un manojo más de coplas.

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