¡La que se ha vuelto a liar cuando los sevillanos se han enterado de que no se podrá fumar en las casetas de la Feria! De nuevo, a vueltas con el tabaco y con esa ley inquisitorial que el gobierno se ha sacado de la manga para dividir a la sociedad, cabrear a una gran parte y, por supuesto, para crear una cortina de humo que tape entre tanta polémica la profunda crisis política y económica por la que este país está atravesando. Observen que cuando algo gordo está ocurriendo: un 20% de parados, encuestas negativas sobre el PSOE, posible rescate económico, alta depreciación de la estima popular a Zapatero, etc., siempre nos lanzan un bote de gases para desviar la atención sobre otros temas menos preferentes.
Leo la prensa a diario y sigo con bastante interés los programas radiofónicos y televisivos de interés general. En ellos, hasta los locutores y tertulianos no fumadores -excepto la antitabaquista radical Isabel Gemio, que hace su cruzada semanal- ponen de manifiesto que esta nueva ley sobre la prohibición de fumar, que no sobre la venta, cuyos altos beneficios se lleva el propio estado, es una aberración y un recorte dictatorial de libertades. No se han contentado con la anterior ley 28/2005, que era la justa, y que ofrecía la posibilidad de disfrutar de sus derechos a fumadores y no fumadores. No. Las leyes hay que endurecerlas, como en las dictaduras, para que el personal se entere de quién manda aquí... en temas mínimos, que en los gordos manda Europa y hasta el propio Obana. Y claro, pasa lo que pasa: que al ser injusta -porque no siempre los gobiernos llevan la razón, y la Historia nos lo demuestra- hay millones de ciudadanos que están que trinan. Entre ellos, yo, que tengo la edad suficiente para administrar mi vida y mi salud sin imposiciones. En vez de haber hecho el estado un emporio con la antigua Tabacalera, ya podían nuestros gobernantes haber empleado dinero, hace ya muchos años, en una campaña de educación antitabaco, pero jamás promulgar una ley injusta que ya está dando los primeros frutos de insumisión: casos del restaurante Guadalmina de Marbella o de la cervecería "La Espuma" de Cabra, en Córdoba, entre muchos otros que se están adhiriendo a la contranorma.
Para colmo, y para que esto no ocurra, desde el propio gobierno, a través de la ministra de turno, se nos incita a una de las prácticas más vergonzosas y peligrosas de cuantas existen: la delación, como cuando en tiempos que deberíamos olvidar se denunciaba a los vecinos, para ganar puntos, señalando de que eran rojos contrarios al nuevo régimen. Mal tiene que estar la izquierda cuando sólo está recortando libertades y auspiciando el chivatazo, aunque cuando le han caido cientos de críticas de peso han querido dar una imposible marcha atrás sobre el nefasto procedimiento.
Con lo de la Feria de Sevilla, la bomba ha vuelto a explotar, máxime cuando es una asociación de consumidores, llamada FACUA, quien se erige en veladora de la nueva ley. No sé si el presidente de la citada asociación conoce qué es una "caseta". Pues bien. Cuando al vasco José María Ybarra y al catalán Narciso Bonaplata, ambos concejales liberales del ayuntamiento sevillano, se les ocurre en el año 1846 celebrar en Sevilla una feria agropecuaria que animase el negocio en la ciudad, a su amparo, a partir de 1847, se van instalando en unas especies de carpas algunos comerciantes de vinos y coloniales para atender a tan nutrida parroquia como en el recinto del Prado sevillano se daba cita. En el transcurrir de los años, fueron los propios agricultores y ganaderos quienes, para descansar un rato a gusto o ajustar un trato con más comodidad, montan con maneras más refinadas, con cierto gusto decorativo, y con incorporación de muebles de sus cortijadas, las conocidas "casetas", que se convierten, ni más ni menos, en la prolongación de sus casas en los días feriales. Si entendemos que en nuestros días casi todas las "casetas" que componen el ferial son particulares o familiares, estamos hablando de que son "casas particulares" durante estos días de eclosión. Y, por lo tanto, ateniéndome a la propia ley -en la que, hasta ahora, no se prohibe fumar en los domicilios particulares-, en mi casa mando yo. Y punto. No debe haber otras interpretaciones ni de Facua ni de "El Cuacua", que por cierto fue un buen cantaor del barrio de la Macarena. Estoy totalmente de acuerdo con el recuadro de ayer de Antonio Burgos, en el diario ABC de Sevilla, cuando dice, textualmente, con cierta mala leche: "En las casetas no fumaremos, pero verás tú como no hay cojones para prohibírselo a los etarras en sus herriko tabernas".
Leo la prensa a diario y sigo con bastante interés los programas radiofónicos y televisivos de interés general. En ellos, hasta los locutores y tertulianos no fumadores -excepto la antitabaquista radical Isabel Gemio, que hace su cruzada semanal- ponen de manifiesto que esta nueva ley sobre la prohibición de fumar, que no sobre la venta, cuyos altos beneficios se lleva el propio estado, es una aberración y un recorte dictatorial de libertades. No se han contentado con la anterior ley 28/2005, que era la justa, y que ofrecía la posibilidad de disfrutar de sus derechos a fumadores y no fumadores. No. Las leyes hay que endurecerlas, como en las dictaduras, para que el personal se entere de quién manda aquí... en temas mínimos, que en los gordos manda Europa y hasta el propio Obana. Y claro, pasa lo que pasa: que al ser injusta -porque no siempre los gobiernos llevan la razón, y la Historia nos lo demuestra- hay millones de ciudadanos que están que trinan. Entre ellos, yo, que tengo la edad suficiente para administrar mi vida y mi salud sin imposiciones. En vez de haber hecho el estado un emporio con la antigua Tabacalera, ya podían nuestros gobernantes haber empleado dinero, hace ya muchos años, en una campaña de educación antitabaco, pero jamás promulgar una ley injusta que ya está dando los primeros frutos de insumisión: casos del restaurante Guadalmina de Marbella o de la cervecería "La Espuma" de Cabra, en Córdoba, entre muchos otros que se están adhiriendo a la contranorma.
Para colmo, y para que esto no ocurra, desde el propio gobierno, a través de la ministra de turno, se nos incita a una de las prácticas más vergonzosas y peligrosas de cuantas existen: la delación, como cuando en tiempos que deberíamos olvidar se denunciaba a los vecinos, para ganar puntos, señalando de que eran rojos contrarios al nuevo régimen. Mal tiene que estar la izquierda cuando sólo está recortando libertades y auspiciando el chivatazo, aunque cuando le han caido cientos de críticas de peso han querido dar una imposible marcha atrás sobre el nefasto procedimiento.
Con lo de la Feria de Sevilla, la bomba ha vuelto a explotar, máxime cuando es una asociación de consumidores, llamada FACUA, quien se erige en veladora de la nueva ley. No sé si el presidente de la citada asociación conoce qué es una "caseta". Pues bien. Cuando al vasco José María Ybarra y al catalán Narciso Bonaplata, ambos concejales liberales del ayuntamiento sevillano, se les ocurre en el año 1846 celebrar en Sevilla una feria agropecuaria que animase el negocio en la ciudad, a su amparo, a partir de 1847, se van instalando en unas especies de carpas algunos comerciantes de vinos y coloniales para atender a tan nutrida parroquia como en el recinto del Prado sevillano se daba cita. En el transcurrir de los años, fueron los propios agricultores y ganaderos quienes, para descansar un rato a gusto o ajustar un trato con más comodidad, montan con maneras más refinadas, con cierto gusto decorativo, y con incorporación de muebles de sus cortijadas, las conocidas "casetas", que se convierten, ni más ni menos, en la prolongación de sus casas en los días feriales. Si entendemos que en nuestros días casi todas las "casetas" que componen el ferial son particulares o familiares, estamos hablando de que son "casas particulares" durante estos días de eclosión. Y, por lo tanto, ateniéndome a la propia ley -en la que, hasta ahora, no se prohibe fumar en los domicilios particulares-, en mi casa mando yo. Y punto. No debe haber otras interpretaciones ni de Facua ni de "El Cuacua", que por cierto fue un buen cantaor del barrio de la Macarena. Estoy totalmente de acuerdo con el recuadro de ayer de Antonio Burgos, en el diario ABC de Sevilla, cuando dice, textualmente, con cierta mala leche: "En las casetas no fumaremos, pero verás tú como no hay cojones para prohibírselo a los etarras en sus herriko tabernas".

Y es curioso, Emilio, que se utilice como "cortina de humo" la prohibición del "humo" del tabaco. Pues no habíamos caído en eso de que las casetas de la Feria son "la prolongación de la propia casa"; ahí hay un fortísimo argumento al que bien se pueden agarrar los fumadores.
ResponderEliminarYo no soy muy feriante así que estoy en la misma casa todo el año, y en ella o estamos todos más "serenos" que Garfias o es que no queremos "quemar" billetes de cinco euros.
Nota: Antiguamente no se les llamaban casetas, sino "casillas".
Yo, en los papeles que tengo en las fichas de Feria, siempre las he conocido como "Casetas", pero es muy probable que también se utilizase el término de "casillas". Lo que si está claro es que era una prolongación de la casa, de ahí que se llevasen a ella los muebles "estilo sevillano", decorados con escenas de montería, a imitación de los azulejos trianeros, y sus grandes espejos de cornucopia.
ResponderEliminarNormalmente, los muebles que se trasladaban eran los que tenían en sus cortijos: aparador de rejilla, sofá, sillas y mesas de este estilo, desaparecida hoy su fabricación en nuestra ciudad, cuya continuación heredó, ya hace muchos años,la pequeña población de Galaroza (Huelva)
En muchas crónicas del XIX aparecen nombradas como "casillas". Tampoco tiene mucha importancia; era por apuntar una curiosidad.
ResponderEliminarPues eso, a atacar por ahí, que le sobra peso al argumento.
Atacaremos, al menos una vez a la semana.
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