
(Hoy es una maravilla de zoológico de una capital de provincias, junto al jardín botánico y la maravillosa Ciudad de los Niños, pero en el año 2000 el zoológico de Córdoba estaba para que le metiesen fuego -sin los animales dentro, por supuesto- porque las autoridades se empeñaban en mantener lo que después no cuidaban o no tenían dinero para mantener.
Remedando el célebre poema "El embargo" de José María Gabriel y Galán, veamos qué le decía a la alcaldesa un hipotético cuidador del parque en labios de Ramírez).
Pasi usté, señá Rosa, pasi usté más alanti
y que entrin tós esos,
no le dé a usté asco,
no le dé a usté mieo
que los animales
de tantica hambre
están medio muertos.
Pasi usté, señá Rosa,
y que entrin tós esos,
que entri el Ocaña pá que a mí mi explique
que es la infatrustura del ayuntamiento;
que entri el del bigote, el siñor Ferrero
pá que a mí me diga que es la curtura
sin rollo y sin cuento,
y que entri el Mellao
pa que de urbanismo me irtruya al momento.
Si venís antiyel a esta casa
sos tumba en la puerta la peste di adentro,
pero como yo sabía que veníais a vermi
le dí diez fregaos a toitos los jierros,
un regao ar suelo
y a los animalicos un cuarto de chope
pa qui estén contentos.
¡Miral, miral a los pobres,
que tien más ojeras que un tuerto en invierno!
¡Miral a los loros, más callaos que en misa,
que están anoréxicos,
y no dicen ni ¡hola!, les falta el aliento.
¡Miral la jirafa que está cuasi enana
por falta de pienso
y que se le doblan tós los días las patas
igual que la mesa que yo mesmo tengo!
¡Al león ni siquiera mirallo
porque ruge menos que el león de la Metro
y, de lo que pesa, en brazo Angel Cristo
pudiera cogerlo y enfrentarse a él cual un gato,
como hasía el gladiador Demetrio!
Pasí usté, doña Rosa,
pasi usté con esos
y mire las ganas que tié el hipopótamo
de irse al otro barrio pá está más anchico
porque aquí se muere en sólo dos metros.
¡No miréis siquiera a los monos,
que dan pena vellos,
con más pulgas que la fonda El Ocho,
que es de lo más guarro que tiene mi pueblo!
¡Ni gracia a los niños hacen ya los pobres
de la gran gazuza que están padeciendo,
por una avellana le hacen el pino
y por un platanico cogen il trapecio
que ni la propia Pinito del Oro
pudiera creerlo!
¡Qué pena de parque, qué pena de zoo!
¡Quién conoció esto…!
Y ahora hay mierda por toas las partes
con un olorcico que no güele a incienso
y con menos agua quer chorro Medina
donde no hay ni gota aunque sea invierno.
Lo mejor es que cogieran a los animales
y allí por la selva los dejaran suertos
pá qui coma cá uno a su gusto
y no mortadela, que de tanta grima
de mi desayuno a los probes les echo.
¡Embargal, embargal esti parque
al qui nunca le llega el dinero!
¡Embargallo todo
porque no me dio tiempo a vendello.
La espiocha y la pala
que sea lo primero!
Pero cuidaíto, señá doña Rosa
si algunos de ésos
es osao de tocali al Montilla
que guardo en el pozo
pá que esté mu fresco,
que lo saco cá vé que me aburro
-ques casi tó er día-
pá echarme tres medios.
Lleváisoslo todu,
todu, menos eso,
que con ese vinu
me entra er suol en el cuerpo,
y me güele y me sabe a gloria
ca ves qui lo pruebo.
Hasta otro día, señá arcardesa,
y que sargan tós esos:
er Ocaña, er Ferrero, er Mellao,
y o arregláis esto
o yo no respondo que dentro tres días
los animalicos estén ya tós muertos,
o mí peguen un bocao en el brazo,
porque es que mi miran con tantica hambre
que un día me cogen pá cardo er puchero.
¡Quí pena de parque, quí pena de zoo!
¡Quién conoció esto…!
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