jueves, 13 de enero de 2011

BUENOS DÍAS, SEÑORA ALCALDESA: LA CONFESIÓN


(El confesor me dice
que no la quiera
y yo le digo ¡Padre
si usted la viera!)


Dicen en la ciudad que mucho la quiero,
que alabo lo que hace, que no soy austero.
Dicen que la piropeo en ocasiones,
que lleno su trabajo de bendiciones,
dicen que no quererla fácil me fuera,

Al que lo dice, digo:
¡Si usted la viera!

En vano les explico que es usted buena
como un caldo en la feria con yerbagüena,
que está usted entregada a los cordobeses,
que por ellos se mueve, sufre y padece,
que no hay día que no piense en la mejoría
de esta ciudad hermosa de Andalucía.
El pueblo me contesta que es gran quimera.

Al que lo dice, digo:
¡Si usted la viera!

Confiesan que mi alma tengo en sus ojos
y que ante usted me rindo pleno de antojos,
que valoro su gracia repajolera
y es mi crítica dulce y lisonjera.
Y entonces les convenzo de mi arrebato
y del fondo del pecho saco un retrato.
Córdoba al ver su imagen, luz y alegría,
en diez mil opiniones se dividía:
-Ella dice una cosa y hace otra cosa,
por una parte espinas, por otro Rosa.

-Ninguna hay como ella, digo ofendido.
¿Han olvidado ya sus realizaciones
y para sus paisanos mil ambiciones?
-Si es buena doña Rosa, ¡que en paz la quiera!

¡Y al que lo dijo, dije,
si usted la viera…!

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