viernes, 16 de julio de 2010

CANCIONES POR NUESTRAS VIDAS: DOS UTRERANOS INSIGNES (60)


Hoy vamos a traer a la memoria algunas de las mejores canciones, o mejor dicho, de las más famosas, de dos utreranos singulares, ambos buenos amigos y los dos, ya, por los cielos celestes del recuerdo. Por un lado a un exquisito coplero, sensible y poeta como Enrique Montoya Fernández, al que más de un tratadista ha calificado como gitano por el apellido, cuando no tenía siquiera ni un solo cuarterón. Recuerdo que una vez, viniendo con mi mujer de Madrid a Sevilla en avión, cuando aún no existía el milagro del AVE, coincidimos con él en un vuelo de media tarde que iba casi vacío. Y con él nos sentamos. Venía indignado de un programa que había realizado para TVE, donde el presentador lo había presentado como tal. Y nos decía, con toda la razón: -Si es que no soy gitano, por qué me dicen que lo soy. Si lo fuese, llevaría mi nacencia con el más legítimo de los orgullos. Así era Enrique. Jamás quería apropiarse de algo que no le perteneciese, y en aquel tiempo "lo gitano" vendía muy bien.

Por el otro lado, a alguien, también amigo, que fue un gran triunfador durante los años sesenta y setenta, y que arrasaba con su ritmo y voz endiablados allá por donde fuese: Miguel Vargas Jiménez "Bambino". Lo tuvo todo en la vida: gloria, fama y dinero, y tal como lo tenía se lo iba gastando. Sus rumbas hicieron furor por todo el mundo y su forma especial de interpretarlas, con una voz que llevaba con un poderío tremendo al infinito y un compás envidiable. La última actuación que le vi, ciertamente penosa, fue en el tablao que había debajo de casa, "Portada de Feria". Ya Bambino, aún guardando su sabor, no era el mismo, apenas si podía con sus canciones y era, desgraciadamente, un remedo de lo que fue. Los dos eran de Utrera, pero tanto Enrique como Miguel vivieron la vida de diferente manera. Ni mejor ni peor, distinta.

Enrique comenzó recorriendo los pueblos a lomos de un borrico en compañía de un paisano de su misma edad y se había puesto el nombre artístico de "El Niño de Utrera". Tras muchas peripecias, y después de trabajar en compañías modestas, logró entrar en el "Cortijo El Guajiro" situado en la actual calle Salado del barrio trianero, y hoy desaparecido, tablao por el que pasaron todas las primeras figuras del cante, el baile y el toque de la época. Trabajando allí, lo contrató Antonio Márquez para la Compañía de su mujer, Conchita Piquer, para el espectáculo "Salero de España" que ella estaba preparando. Tres años consecutivos estuvo Enrique en la Compañía de la Piquer. Tras este importante paso, donde aprendió mucho, se marchó a Nueva York, donde conoció a Sabicas y grabaron muchos discos, y de allí saltó a Cuba. A su vuelta, trabajó con Carmen Morell y Pepe Blanco y le surgió la posibilidad de grabar su primer disco con la discográfica Emi. Y con él, con una canción que metió de relleno y que había escuchado en Cuba a Antonio Machín, le llegó el éxito total. Ese chá-chá-cha, que él metía por bulerías en muchas ocasiones, se ponía en todas las emisoras, pero también en todas las veladas de barrios y ferias de los pueblos, en las atracciones y en las tómbolas. "Esperanza" se hizo tan popular que muy pronto todo el mundo se la aprendió hasta hacérnosla llegar a nuestros días. Recuerdo que viviendo con mi abuela en la calle Pureza, se nos colaba de rondón por el balcón y las ventanas la "Esperanza" de Enrique que no dejaba de sonar en alta voz en el el bar Aurelio, frente por frente de la casa esquina a la calle Rocío.

Esperanza, Esperanza/ sólo sabes bailar chá-chá-chá./ Esperanza, Esperanza/ sólo sabes bailar chá, chá, chá./ Te conocí y te enamoré/ y me ilusioné/ y ahora todo se acabó/ al conocer/ tu fingido amor/ que causó dolor/ a mi pobre corazón.// De nada vale/ la vida que vivimos/ si de mujeres nunca se sabe,/ la que no es mala/ lo aparenta muchas veces/ y la que es buena no lo parece. / Ay, qué pena me das/ Esperanza por Dios/ tan graciosa/ pero no eres buena./ Ay, qué pena me das,/ Esperanza por Dios/ tan graciosa/ y sin corazón.// Esperanza, Esperanza,/ sólo sabes bailar chá-chá-chá./ Esperanza, Esperanza,/ sólo sabes bailar chá-chá-chá.// (Refrán).

Pero la canción insignia de todo el largo repertorio de Enrique Montoya, fue, sin duda, "Señorita", una creación hermosísima de Rafael de León y el maestro Juan Solano, que él interpretaba de una manera genial y era la preferida de los públicos en todas sus actuaciones:

Lleva ya casi un siglo/ con un nombre en la boca,/ y jamás lo pronuncia/ delante de la gente./ Es el nombre de un hombre/ que bordó como loca/ en sábanas de hilo,/ desesperadamente./ Cuando llega la noche/ su pesar desemboca/ en canción sin palabras, / amarilla y doliente./ Y en el mar del espejo/ su sonrisa retoca/ por si acaso aquel hombre/ volviera de repente./ Señorita/ la llaman el juez y el escribano,/ que conocen sus años/ y su pena infinita./ Señorita/ el muchacho, el niño y el anciano,/ cuando vuelve del rezo/ o sale de visita./ Y al mirar sin anillo/ la nieve de su mano,/ el pueblo soberano/ la llama señorita,/ señorita, señorita, señorita./ Señorita/ le dice la gente maliciosa,/ al notar su pintura,/ apagada y marchita./ Señorita, el cartero/ al verla ruborosa/ preguntar por la carta/ que tanto necesita./ Y ella misma al mirarse/ tan sola y ojerosa,/ con rabia dolorosa,/ se llama señorita,/ señorita, señorita, señorita.

Nadie podía sentirse más honrado que él de que su amigo, Emilio "El Moro", con el que trabajó en varias compañías, le parodiase su gran éxito. Afortunadamente, Enrique, aparte de todas su virtudes, tenía la del sencillo humor:

Y Esperanza, y Esperanza/ no sabía bailar charlestón./ Y Esperanza, y Esperanza/ tiene cara de perro pachón./ La conocí junto a Sabadell/ con Búfalo Bill,/ Melón Blando y Débora Ken./ No sé por qué me comprometí/ a darle de comer/ si no tenía ni pa mí./ De nada vale la vida que vivimos/ si de potajes nunca salimos./ Con lo que gano no me como un langostino,/ y si me caso entonces es cuando me arruino./ Y ay, que pena me das,/ y Esperanza por Dios,/ que de papas te comas un vagón./ Y ay, qué pena me das,/ y Esperanza por Dios,/ que de vino te tragues un bidón./Y Esperanza, y Esperanza/ no sabía bailar chá-chá-chá./ Y Esperanza, con la panza,/ tiene cuerpo de burra cansá./ Me la encontré en Villa Nador/ con un traje azul/ y unas medias de algodón./ Cuando salí de aquel callejón/ y la vi en la luz/ era un loro con sarampión./ De nada vale que me sigas los pasos,/ y si me sigues te parto el espinazo./ Puedes meterte de fregona en el Ocaso,/ y aunque no ganes ni pa tabaco./ Pero vete a Corea, Esperanza por Dios,/ que te harten los chinos de arroz./ Y Esperanza, y Esperanza,/ entre nosotros ya todo acabó./ Y Esperanza, y señores,/ aquí la historia ya se terminó,/ pan pan.

Enrique, que fue el primero que grabó la canción de Francisco del Val "¿Será una rosa?", consiguiendo otro gran éxito, que más tarde repetiría reversionándola Gracia Montes, grabó muchísimas canciones, acompañado por su guitarra, en homenaje a su tierra natal de Utrera y muy especialmente a su Virgen de Consolación, y aparte de las coplas comerciales grabó cosas de Lorca, de Alberti, de Machado, del propio Bécquer, de su paisano Salvador de Quinta y de su admirado Manuel Benítez Carrasco. Precisamente, una semana justa antes de su muerte, ocurrida el 28 julio de 1993, tuve la gran suerte de estar en una fiesta en una casa de la aldea de El Rocío con Enrique y Manuel, y con la guitarra de Eloy de Diego. Los tres estuvimos recitando y, de cuando en cuando, aparte de recitar, el artista se dejaba caer con algunas de sus más poéticas canciones. ¡Qué gran pena de su ausencia! Enrique Montoya, aparte de genial artista, que nadie puso nunca en duda, era una persona humanísima, cariñoso, amigo de sus muchos amigos..., y hasta de sus enemigos, y de una sensibilidad exquisita, herencia que, con su amplia sonrisa, siempre supo transmitir a su querida y larga prole. Se fue Enrique, pero su obra y exquisita amistad nos quedará para siempre.

He comentado lo del bar Aurelio, pero te pasaba igual en las tabernas del Altozano. El sonido de "Esperanza" me lo encontraba en las calesitas de la "Velá", y como prólogo a las películas en los cines de verano. Fuese donde fuese te perseguía. Lo mismo me ocurrió con Bambino a finales de los años 60 y en toda la década de los 70. La voz clara, fuerte y redonda de Bambino se colaba por todos los sitios y no había lugar por donde no entrasen o saliesen sus canciones por bulerías y por rumbas. Versionó a Machín con sus rumbas únicas y con un excelente acompañamiento de palmeros tras su voz. Hizo una obra maestra con este ritmo de "Dos gardenias", de "Algo de mí", de "La última noche". Le pasó lo que a sus paisanas Fernanda y Bernarda, sobre todo Bernarda en estos temas, que era capaz de meter la guía telefónica por bulerías. Cantaba como canta Utrera: a compás, totalmente diferente al de Jerez, al de la cercana Lebrija, a la de la festera Sevilla capital. Utrera siempre ha sido, es y será, por mucho que quieran morirse sus intérpretes, el tamiz y cedazo por donde pasa lo serio para convertirse en ritmo y compás endiablado. ¿Qué canción coger de Bambino? Todas, todas, todas. Cada una nos dejaban en la piel el arañazo de su voz, el redoble del compás de la caja y las palmas, y la sabiduría en torrentera de la guitarra. Como esta historia que estoy intentando contar es breve, empecemos con una canción, un bolero por bulerías, que bordó Miguel: "Payaso" (1965), con letra y música de Fernando Z. Maldonado:

En cofre de vulgar hipocresía/ ante la gente yo oculto mi derrota,/ payaso con careta de alegría,/ pero tengo por dentro el alma rota./ En la pista final de mi destino,/ una mala mujer cruzó por mi camino,/ soy comparsa que juego con mi vida,/ pero siento que mi alma está perdida.// Payaso.../ Soy un triste payaso/ que oculto mi fracaso,/ con risas y alegrías/ que me llenan de espanto./ Payaso.../ Soy un triste payaso/ que en medio de la noche/ me pierdo en la penumbra/ con mi risa y mi llanto./ No puedo soportar ya mi careta,/ ante el mundo estoy riendo/ y dentro de mi pecho/ mi corazón sufriendo,/ Payaso... Soy un triste payaso...

Era una maravilla verlo interpretar este tema, como todos los que él cantaba. No sé con que canción suya quedarme después de haberlo oído cantar tantas y tantas veces en directo en el Potaje Gitano de Utrera, en fiestas íntimas, en el mesón de mi compadre Paco Cabrera en Los Palacios, en muchos festivales flamencos a los que se convocaba en sus buenos tiempos para el fin de fiesta..., hasta llegar a esa debacle de "Portada de Feria" en mi barrio de Triana. Es que Bambino no sólo cantaba, interpretaba y sentía sus canciones, las vivía y hacía que las viviéramos. Para poner otro ejemplo, entre tantos que podríamos elegir, escojo ahora el tema por bulerías, al estilo de Utrera, "Suplicando a la cruz" de Francisco de Val. ¿Alguien lo desconoce?:

Mojé mis dedos/ en la pila bendita de sus ojos,/ la señal de la cruz/ con sus lágrimas hice./ Se marchaba muy lejos/ la mujer de mi vida/ y me quedé sin sus besos/ cual paloma perdida.// Volveré, me decía llorando,/ yo juré sus consejos seguir,/ y a una cruz solitaria en el campo/ le pedimos cantando/ que nos guíe hasta el fin.// Quedé tan solo/ como quedan los nidos en invierno,/ como queda el rosal/ cuando no tiene rosas./ Con la paz y el silencio/ escondido en la sombra,/ añorando su ausencia/ y abrazado a sus cosas.// (Refrán).

Sé, porque no soy tonto pero sí obstinado, que esta parte del blog que me propuse de "Canciones por nuestras vidas" ha dejado a muchos de mis amigos fuera de juego, y que no se atreven a opinar porque parece que sólo quiero demostrar mi archivo de canciones y coplas, cuando lo que yo esperaba era que algunos de mis blogueros, muchos de ellos licenciados en filología y expertos en materia poética, nos diesen a entender su opinión sobre la poética de la copla, sobre sus mensajes, sus hipérboles, sus reiteraciones de "luna lunera" y "limón limonero", sobre las mil y una imágenes de la copla a través de sus autores, sobre las propias contradicciones de las mismas. Pero parece que este tema no interesa, que sólo está la figura del artista que ha interpretado tal o cual copla. Un poeta puede decir muchas cosas, y yo soy un enamorado humilde de la Poesía, pero la historia de la misma sólo supervalora a algunos artistas. ¿Qué hubiese pasado si hubiese sido Manuel Machado quien hubiese escrito esta letra de Bambino, y si en vez de Rafael de León con "Señorita" lo hubiese firmado Serrat, al que admiro muchísimo? Pues eso, que estarían incluídas estas canciones en las mejores antologías de los más eximios poetas. Pero la copla, la copla del pueblo, los poetas tachados de "populares", aunque algunos eran unos intelectuales de tomo y lomo, se quedaron en el mismo camino de la nada. No se puede ser moderno hoy si no decimos que Joaquín Sabina es un gran sonetista, pero ignoramos a Rafael de León, o a Francisco de Val o a Quintero, o a Salvador Valverde...

Ha sido un descubrimiento para mis blogueros conocer la obra poética íntima de mi amigo y preceptor Paulino González Jiménez porque a todo lo que más llegaban eran a haber escuchado sus "sevillanas" de "El desamor", de "Manuela", de "Almonteño José"... de cientos y cientos de letras y sonidos que se hicieron famosos, pero nadie se metió en la piel íntima del autor. Eso mismo ha pasado con las composiciones de Enrique Montoya y de Miguel Vargas "Bambino", de los que nos llevaríamos hablando días y días intentando justificar sus obras y sus recuerdos por medio de sus autores.

Miguel Vargas "Bambino" formó también la revolución con un tema de Ochaíta y Juan Solano, "No me des guerra", en el que parece, junto con su grupo, que habían sido los inventores de ese compás especial que a todos atraía:

Quiero vivir en paz, en paz,/ no me des guerra, guerra, guerra,/ mira que soy capaz, capaz,/ de hundir mi cuerpo bajo tierra./ Y antes lo sé, lo sé, lo sé,/ yo era una llama viva y viva,/ ya no me tengo casi en pie,/ voy como un barco a la deriva./ Le pido a Dios, a Dios y a Dios,/ no seas la misma ni yo el mismo,/ y que se cierre entre los dos/ la senda negra del abismo./ Quiero vivir, vivir, vivir,/ y esto que queda, queda y queda,/ y como el barco se va a hundir/ te digo: sálvese el que pueda./ Déjame en paz, en paz, en paz,/ no me des guerra, guerra, guerra,/ mira que soy capaz, capaz,/ de hundir mi cuerpo bajo tierra.

Años de la mili, años de "La Trocha" en la calle Imperial, años en los que Bambino triunfaba por mar, tierra y aire, y hacía de la rumba o de la bulería una canción inolvidable, de esas que jamás podrán pasar olvidadas por nuestras vidas.

Para decir que Utrera siempre ha sido generosa, acogedora y amigable con todos, hay un refrán que dice: "Mátalo y vete a Utrera". Nosotros, sin matar a nadie, siempre hemos ido a Utrera a buscar el pellizco soleaero de Fernanda, el genio de su hermana por bulerías... "Una dalia cuidaba Sevilla...", las sonoridades hermosísimas de Enrique, el temperamento racial de las patadas por bulerías de La Pepa, el eco gitanísimo por tientos de Gaspar, y esa endiablada marea de Miguel, el hijo del de la Chamona, que todo, hasta los buenos días, te los daba al compás inigualable de su bendita tierra.


(En la fotografía, Enrique Montoya)

3 comentarios:

  1. Siempre he admirado y admiro a los letristas; su mérito me parece superior en el rango de los poetas. Es necesario tener algo más que habilidad con los versos.
    Las canciones te traen recuerdos, pero casi nunca la analizas poeticamente; las letras, en este aspecto, pasan desapercibidas salvo cuando el autor es, o fue, un poeta reconocido, famoso.
    Mi recuerdo de "Esperanza" es la voz y el arte de Enrique Montoya, y el comentario del popular locutor Rafael Santisteban a su acompañante escuchándolo (como espectador) en el cine Alfarería..."Este es más artista que Manolo Escobar y llegará más lejos". Empezaban ambos cantantes su carrera. Yo estaba cerca y no olvidé nunca estas palabras. Evidentemente no acertó del todo el maestro de locutores.

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  2. Emilio Jiménez Díaz16 de julio de 2010 a las 23:33

    Para mí fueron dos genios Enrique y Bambino. ¿Quién me iba a decir a mí, niño de pantalón corto por la calle Pureza que escuchaba "Esperanza", que iba a tener tanta amistad con aquel hombre. Ni que en mis tiempos de farra, eternamente enamorado del Bambino cantaor, años después llegaría a entablar con él unas conversaciones importantes de su vida y obra y asistir su decadencia.
    Ya mismo nos pasa a nosotros, por desgracia.

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  3. Hasta que el pueblo las canta,
    las coplas, coplas no son,
    y cuando las canta el pueblo
    ya nadie sabe el autor.
    Tal es la gloria, Guillén,
    de los que escriben cantares:
    oír decir a la gente
    que no los ha escrito nadie.
    Procura tú que tus coplas
    vayan al pueblo a parar,
    aunque dejen de ser tuyas
    para ser de los demás.
    Que, al fundir el corazón
    en el alma popular,
    lo que se pierde de nombre
    se gana de eternidad.
    MANUEL MACHADO

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