Se iniciaba gozosa la trianera mañana dominical, entre aristas de cal azulada y rubor de clavel encendido, cuando emprendimos nuestra ruta romera, guiados por el Norte seguro de aquel Lucero que, tras los blancos muros almonteños y en medio de la inmensa marisma, estaba proyectando sus deslumbrantes destellos en lo más dentro y hondo de nuestro fervor mariano.Y prosiguió la mañana, coronada por un sueño oculto de azucenas que abrían su ceguera blanca al contacto azul y denso de su cielo y al reflejo oro encendido de su sol, cuando, peregrinos nosotros de la cercana ilusión rociera, íbamos cruzando la cinta gris del camino, entre verdor ondulante y frágil caricia de aire mañanero.
Y surgió la primera voz con sorpresa de ritmo y fondo de oración: "La Virgen del Rocío/ no es obra humana,/ porque bajó del cielo/ una mañana..." Y el eco hecho coro contesto: "Eso sería,/ para ser Reina y Madre/ de Andalucía".
Y envueltos en un repicar de crótalos, palmas y sonrisas, nos fuimos alejando bajo techo de trinos y entre rumor de ramas.
Desde la tierra cuajada de sol absoluto, campesinas de piel curtida y rosadas mejillas, bajo anchos sombreros de palma tostada, nos enviaban su sencilla y jubilosa salutación.
Cruzábamos pueblo tras pueblo. Campos de olivares y trigales sevillanos y campos de viñedos refulgentes del Condado onubense.
Y Almonte, alto e inesperado como un adelantado de nuestra fe, surgió ante nuestros ojos ávidos, como una blanca nube en cielo inmaculado.
Después, la Marisma. La inmensa Marisma como un redondo mar de profundas vibraciones; de intenso perfume y de fresco verdor.
Por un instante nuestro goce se hizo meditación. Nada se dijo. Nada se habló, pero todos los labios comenzaron a musitar una plegaria que parecía ordenada por un Arcángel invisible, que a una vez hubiese llamado en cada uno de nuestros oídos y junto a la puerta misma de nuestros corazones.
Después, como una estrofa triunfal, fue elevándose el susurro entrecortado por al aire conmovido: ¡Dios te Salve!
Y fuimos internándonos por aquella inmensidad arenosa, donde la nube de polvo era como voluta de un especial incienso de sacrificio ofrecido en holocausto de la Madre Bendita de Dios, sobre el llano sin fin de jara verde, salpicado de humildes florecillas...
Y aquí un apretado pinar de sublime y majestuosa serenidad, solo y callado, como el camposanto desconocido donde yace el cadáver del pájaro y de la rosa que del mundo vuelan y desaparecen, y al frente un extenso eucaliptal, también oculto cemeterio para el poema que nunca llega a pronunciarse y para los sueños que jamás llegan a tener realización.
Y entre un nuevo y alborozado repique de palmas y sonrisas ilusionadas, surgió una nuevo voz: "Camino del Rocío,/ largo y penoso... Y el eco hecho clamor completó al unísono: ...mas llegando a la Ermita/ todos son gozos".
Y llanos y más llanos, cubiertos de pinos jóvenes y de verde jara, salpicados de flores pequeñas y sencillas como almas de niños, blancas... malvas... amarillas... rosadas...
Y de pronto una voz: ¡La Ermita!
E inesperadamente apareció ante nosotros algo tan sumamente sencillo y tan íntimamente luminoso, que seguirá sin poder ser explicado porque nunca la palabra será suficiente para plasmar todas aquellas cosas que irradian deslumbrantes destellos de divinidad.
Y es que, sobre aquel cuadro indescriptible, había descendido, como todas las mañanas de Pentecostés, el soplo divino del Espíritu Santo, para gloria de la auténtica Andalucía, tierra predilecta de su Bendita Esposa, la Santísima Virgen del Rocío.
ANTONIO RODRÍGUEZ-BUZÓN
"Senda Rociera"
Sevilla, 1952
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